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Democracia y capitlaismo: un tema para reflexionar

Por El Despertador

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10 diciembre, 2013

El siguiente no es una artículo periodístico sino una monografía completa desarrollada por estudiantes de la U.N.Cuyo sobre la relación entre la democracia y el capitalismo ¿existirá una alternativa más social a esta relación?

Autores: Débora Carallol, Franco D’Amelio y Antonella Sisti

DEMOCRACIA Y CAPITALISMO: rumbo a una nueva alternativa 

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En este ensayo trataremos dos tematicas que suelen ser relacionadas de manera indistinta pero que -como veremos- no necesariemente deben serlo: democracia y capitalismo.Para comenzar, es necesario remontarnos a los orígenes de la democracia, analizando primordialmente su etimología, proveniente del griego: demos, que puede traducirse como “pueblo” y krátos, como “poder”. Algunos pensadores consideran que el primer ejemplo de sistema democrático fue la democracia ateniense, la cual halló su origen entre los siglos IV y V a.C.Ésta se dividía en dos tipos: la democracia directa y la democracia representativa.La democracia directa se utilizaba en las sociedades reducidas, como lo era Atenas en aquellos siglos. Los participantes se reunían en una asamblea y exponían sus opiniones intentando convencer a los demás de que su punto de vista era el correcto. Después de conversar y deliberar, votabany la opinión que más votos tenía era la ganadora. Con respecto a la democracia representativa, el pueblo se limitaba a elegir representantes, para que estos deliberen y tomen decisiones, de forma jerárquica. Este grupo actuaba según las necesidades de la sociedad y debía velar por el bienestar de la misma.

La democracia se define, también, a partir de la clásica clasificación de las formas de gobierno realizada por Platón, primero, y Aristóteles, después, en tres tipos básicos: el primero, monarquía, es decir, gobierno de uno; el segundo, aristocracia, es decir, gobierno “de los mejores” para Platón, “de los menos”, para Aristóteles; y el tercero, democracia, es decir, gobierno “de la multitud” para Platón y “de los más”, para Aristóteles.

Si volvemos a la actualidad, hoy en día es necesario que la democracia se dé en una república, es decir, en un sistema político que se fundamente en el imperio de la ley –constitución– y la igualdad ante ella como la forma de frenar los posibles abusos de las personas que tienen mayor poder, del gobierno y de las mayorías. El objeto de esto es proteger los derechos fundamentales y las libertades civiles de los ciudadanos, de los que no puede sustraerse nunca un gobierno legítimo. A su vez la república escoge a quienes han de gobernar mediante la representación de toda su estructura con el derecho a voto. Un exponente clave para hablar de república es Maquiavelo, a quien se le atribuye la frase “el fin justifica los medios”. Él mismo se declaraba partidario de la república, partiendo del supuesto de que toda comunidad tiene dos espíritus contrapuestos: el del pueblo y el de los grandes -que quieren gobernar al pueblo-, que están en constante conflicto. Para Maquiavelo el mejor régimen es una República bien organizada, por eso toma como ejemplo la República Romana, aquella que logre dar participación a los dos partidos de la comunidad para de esta manera contener el conflicto político dentro de la esfera pública. Como carácter principal de la República encontramos la división de poder del Estado en tres funciones principales –ejecutivo, legislativo y federal- conformando un sistema de pesos y contrapesos, donde cada una de estas funciones se controla a sí mismas y a las demás.

Más allá de esta breve introducción,creemos necesario continuar elanálisis de las diferentes definiciones de democracia  y así intentar comprender  la complejidad del sentido del término para encontrar su relación con el capitalismo. Tomamos como uno de los principales referentes a O’Donell, quien en su texto “Democracia, Agencia y Estado”, presenta la mirada de distintos autores que escriben sobre el tema. Expondremos el enfoque de cada uno de ellos, que intentan explicar qué es la democracia según sus ideas, y así podremos contrastar los puntos de vista.

Entre los distintos pensamientos, encontramos a Schumpeter, quien afirma que la democracia es un “método político que posee un cierto arreglo institucional para llegar a decisiones políticas –legislativas y administrativas- en el que los individuos adquieren poder para decidir por medio de una lucha competitiva por el voto de los ciudadanos”. Otro autor, Przeworski, afirma que “es un sistema en el que los partidos políticos pierden elecciones. Hay partidos, división de intereses, valores y opiniones. Hay competencia organizada a través de reglas. Y periódicamente hay ganadores y perdedores”.  Al contrario, Di Palma argumenta que “la democracia se basa en el sufragio libre y limpio en un contexto de libertades civiles, así como en la existencia de partidos competitivos, en la selección de candidatos alternativos para los cargos y en la presencia de instituciones políticas que regulen y garanticen el papel del gobierno y de la oposición”. Finalmente, para hacer claro el contraste de definiciones, Dahl, habla sobre la poliarquía, o democracia política, la cual consiste en “Primero, funcionarios electos. Controlan las decisiones sobre las políticas públicas. Segundo, elecciones libres y limpias. Tercero, los funcionarios electos son elegidos y removidos de sus cargos por medios pacíficos. Cuarto, prácticamente todos los adultos tienen el derecho a presentarse para ocupar cargos públicos. Quinto, libertad de expresión. Sexto, alternativa de información. Séptimo, autonomía de asociación. Estos son derechos políticos inherentes al proceso democrático”.

 

Como podemos apreciar, las distintas definiciones de democracia varían desde concepciones más minimalistas, como la de Schumpeter, a otras más generales como la de Dahl. En ellas, los distintos autores hacen hincapié ya sea en los partidos políticos, en la inclusión de las minorías o en las libertades que son consideradas como condiciones imprescindibles para que se desarrolle la democracia. Y es en este punto, el de las libertades necesarias,  donde se genera una discusión que hace imposible un consenso para definir concretamente el concepto de democracia, ya que según O’Donell es relativo e imposible determinar a ciencia exacta cuáles son las libertades imprescindibles y cuáles no. Además, a esto se le suma el hecho de los límites internos de cada una de esas libertades, ya que, por ejemplo, la mayoría de los autores está de acuerdo en que la libertad de expresión es una fundamental. Sin embargo, el autor reflexiona hasta qué punto existe verdadera democracia si existiendo la libertad de expresión y de información no se prevé una cláusula que impida la formación de oligopolios mediáticos. Y, por último, otro aspecto que se presenta como obstáculo, según O’Donnell, para alcanzar un consenso de la definición del término democracia, es que las nociones y las prácticas en torno a las libertades varían según el contexto histórico en el que estén situadas. Por ejemplo acciones que hoy son consideradas antidemocráticas en relación a la libertad de expresión en Argentina no lo eran hace cincuenta años.

Ahora bien, como habíamos dicho anteriormente, para llevarse a cabo una democracia es necesario que esté inserta en una República. Y en relación a esto, una de las principales motivaciones por las que se cambia de un régimen monárquico al republicano es el aspecto religioso. La mayoría de Monarquías tenía una religión oficial de Estado de la que no se podía disentir, mientras que las repúblicas, con la libertad de culto, dejan este aspecto a la libre elección del ciudadano. Con respecto a esto, Durkheim en su libro “Formas elementales de la vida religiosa”, nos plantea una interesante hipótesis sobre la religión, afirmando que es una cosa eminentemente social, ya que las representaciones religiosas surgen de representaciones colectivas que expresan realidades colectivas; los ritos son maneras de actuar que no nacen más que en el seno de grupos reunidos y que están destinadas a causar, mantener o rehacer ciertos estados mentales de esos grupos. Independientemente de la veracidad o no de los postulados durkhianos lo que se destaca es que las religiones respetan las libertades individuales y el hecho de poder creer en lo que cada uno quiere.De esta manera, las variaciones que ha sufrido en la historia la regla que parece gobernar nuestra lógica actual prueban que, lejos de estar inscripta eternamente en la constitución mental del hombre, depende, al menos en parte, de factores históricos, en consecuencia sociales. Durkheim, además, mantiene la idea de que la complejidad de los sistemas religiosos es directamente proporcional a la complejidad de las sociedades. Esto explicaría el hecho de que sociedades menos complejas tengan sistemas religiosos menos elaborados.

Las ideas de Durkheim sobre religión no estipulan lo que debe considerarse como “cosas sagradas”, dejando así un campo fecundo para la extensión de su modelo, desbordando el campo de las religiones y grupos religiosos. Así surgieron nociones tales como las de “religión civil” o “religión de estado”. Si se considera por ejemplo los Estados Unidos, puede sostenerse que tienen su propio conjunto de objetos “sacralizados”: la bandera, Abraham Lincoln, Martin Luther King, etc. Otras utilizaciones del modelo pertenecena organizaciones deportivas profesionales, grandes empresas o incluso grupos de música Rock.

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Es en este punto donde podemos relacionar a la religión protestante, la cual es mayormente seguida en Estados Unidos, con los principios del capitalismo. Weber escribe su artículo “La ética protestante” en el cual señala un hecho crucial que debemos tener en cuenta:  en la Europa moderna, los protestantes participan con el porcentaje más elevado, en relación a la población total, en la posesión del capital, en la dirección y en los más altos puestos del trabajo especializado, y más aún entre el personal técnico y comercial mejor preparado de las empresas modernas. Los primeros centros de desarrollo capitalista a principios del siglo XVI eran firmemente protestantes. Así, podemos caer en la explicación típicamente marxista, que procede principalmente de los escritos de Engels, que sostuvo que el protestantismo era un reflejo ideológico de los cambios económicos en que se incurrió con el incipiente desarrollo del capitalismo. Sin embargo, al negar que éste sea un punto de vista adecuado, la obra de Weber parte de una aparente anomalía. Aclarar esta anomalía exige no sólo un análisis del contenido de las creencias protestantes y una evaluación de su influencia sobre las acciones de los creyentes, sino también una especificación de las características concretas del capitalismo occidental moderno como forma de actividad económica.

El espíritu del capitalismo moderno viene caracterizado por una singular combinación de la dedicación a la ganancia de dinero por medio de una actividad económica legítima, con la excesiva acumulación de ese mismo dinero. Entonces, podríamos definir al capitalismo como un sistema económico en el que los individuos privados y las empresas de negocios llevan a cabo la producción y el intercambio de bienes y servicios mediante complejas transacciones en las que intervienen los precios y los mercados. De existir un fundador de este sistema sería el filósofo escocés Adam Smith, que fue el primero en describir los principios básicos que definen al capitalismo. En su obra “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”, escrita en 1776, Smith intentó demostrar que era posible buscar la ganancia personal de forma que no solo se pudiera alcanzar el objetivo individual, sino también la mejora de la sociedad.

Si volvemos a la actualidad, el acontecimiento más importante de la historia reciente del capitalismo fue la publicación de la obra de Keynes, “La teoría general del empleo, el interés y el dinero” en 1936. Al igual que las ideas de Adam Smith en el siglo XVIII, el pensamiento de Keynes modificó en lo más profundo las ideas capitalistas, creándose una nueva escuela de pensamiento económico denominada keynesianismo. Además, Keynes demostró que un gobierno puede utilizar su poder económico, su capacidad de gasto, sus impuestos y el control de la oferta monetaria para disminuir, e incluso en ocasiones eliminar, el mayor inconveniente del capitalismo: los ciclos de expansión y depresión.

Con toda la “revolución keynesiana”,  se asumieron unos nuevos valores sociales, y en las ideologías económicas y sociales dominantes se dio un giro significativo en favor de los ideales de progreso e igualdad. Incluso en los países más liberales se terminó asumiendo que el Estado debía “privilegiar a las masas con un mínimo de protección y ayuda, como se ha impuesto la exigencia de reducir las diferencias entre las rentas de las distintas clases sociales o la de luchar contra las depresiones económicas.

De ese modo surge el Estado del Bienestar, de la preocupación por proporcionar colectivamente unos servicios sociales de manera creciente, para facilitar la igualdad de las oportunidades de todos los ciudadanos. Su fundamento moral consiste en el reconocimiento de la dignidad del ser humano. En cuanto se reconoce que cada individuo tiene un valor único, el Estado trata de intervenir en las funciones normales de la sociedad para asegurarle ciertos derechos inherentes e inalienables. Entonces podríamos decir que el Estado del Bienestar emplea su poder para modificar la reproducción de la fuerza de trabajo y para mantener a la población no trabajadora en las sociedades capitalistas.

El Estado capitalista asume dos funciones básicas: acumulación y legitimación. Así, el Estado debe procurar mantener o crear las condiciones más favorables tanto para la “acumulación rentable de capital”, como para el logro de la “armonía social”. Los países capitalistas avanzados precisan de las políticas de bienestar social, pero resulta que no pueden afrontar una creciente intervención estatal en ese ámbito. El “proceso de acumulación de capital social” resulta contradictorio, al generarse barreras contra ese mismo proceso. Entonces, podríamos describir así la situación: mientras que el Estado socializa cada vez más los costos sociales, el excedente social -incluyendo los beneficios- continúa siendo apropiado por el sector privado. La socialización de los costos y la apropiación privada de los beneficios crean una crisis fiscal. De ello resulta una tendencia de los gastos estatales a incrementarse más rápidamente que los medios para financiarlos.

Ahora bien, existe también una mirada en cuanto a las libertades y derechos políticos que según la perspectiva de Guillermo O´Donnell en “El régimen democrático” él mismo atribuye numerosos derechos a los ciudadanos (políticos) a la hora de elegir.  Y, por otra parte, cada uno tiene el derecho de intentar ser elegido y al mismo tiempo dispone de la autoridad y enorme responsabilidad de participar en decisiones de gobierno vinculantes sobre el territorio de un Estado. Estos derechos y libertades definen al ciudadano como un agente y se refiere a todos los ciudadanos, independientemente de su condición social y de características adscriptivas. Implica la presunción de capacidad de tomar decisiones consideradas razonables como para tener importantes consecuencias. Los individuos pueden no ejercer tales derechos y libertades, pero el sistema legal de un régimen democrático construye a todos como igualmente capaces de ejercitar tanto estos como sus obligaciones correspondientes.

Entonces, estos individuos políticos  cuentan con la asignación legal de los derechos y obligaciones correspondientes implicados por la apuesta democrática, es decir participar en elecciones limpias, votar y ser elegido y tomar parte en actividades afines, junto con algunas libertades concomitantes tales como la expresión, asociación, acceso libre a la información y libre movimiento, necesarias para el ejercicio efectivo de esos derechos.

Esta condición es universalista en el sentido de que dentro de la jurisdicción del Estado se asigna en iguales términos a todos los adultos que cumplen con el criterio de la nacionalidad. Y es, también, pública en el sentido de que los derechos, libertades y obligaciones que se asignan implican un sistema de reconocimiento mutuo entre todos los individuos, independientemente de su posición social, como portadores de esos derechos, libertades y obligaciones.

Con respecto a este tema, Atilio Boron, afirma que la democracia supone el efectivo disfrute de la libertad por parte de la ciudadanía. Sin embargo, esta no puede ser un mero “derecho formal” que en la práctica no tiene la posibilidad de ser ejercitado. Es decir, una democracia que no garantiza el ejercicio pleno de los derechos consagrados en sus leyes, se convierte, en una farsa.

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En este sentido  vemos necesario citar la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH): un documento declarativo adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1948 en París. En ésta se recogen en sus 30 artículos los Derechos Humanos considerados básicos, como la universalidad, interdependencia e indivisibilidad, la igualdad y la no discriminación, y el hecho de que los derechos humanos vienen acompañados de derechos y obligaciones por parte de los responsables y los titulares de éstos.

La Declaración supone el primer reconocimiento universal de que los derechos básicos y las libertades fundamentales son inherentes a todos los seres humanos, inalienables y aplicables en igual medida a todas las personas, y que todos y cada uno de nosotros hemos nacido libres y con igualdad de dignidad y de derechos. Independientemente de nuestra nacionalidad, lugar de residencia, género, origen nacional o étnico, color de piel, religión, idioma o cualquier otra condición. El 10 de diciembre de 1948 la comunidad internacional se comprometió a defender la dignidad y la justicia para todos los seres humanos.

Volviendo sobre el tema de fondo, la democracia, podemos señalar que con el paso del tiempo aparecen nuevas formas de pensar la misma o de identificarla no sólo  con una democracia liberal y dentro del marco del capitalismo.

En este marco, podemos poner como ejemplo la política de Hugo Chavez, quien plantea una democracia socialista y representativa. Su presidencia se destacó principalmente por el cambio en línea ideológica de la llamada Revolución Bolivariana hacia el Socialismo del siglo XXI, lo que causó el surgimiento de una firme oposición política y disidencia que rechaza dicha orientación. Mientras sus simpatizantes catalogan al gobierno de Chávez como democrático, participativo y progresista, sus detractores lo han calificado como una dictadura sutil y demagógica, fomentando una “integración represiva”.

El socialismo del siglo XXI es un concepto que aparece en la escena mundial en 1996, a través de Heinz Dieterich Steffan.  El término adquirió difusión mundial desde que fue mencionado en un discurso por Hugo Chávez desde el V Foro Social Mundial.

El modelo de Estado socialista del siglo XXI es un socialismo revolucionario que debe directamente de la filosofía y la economía marxista, y que se sustenta en cuatro ejes: el desarrollismo democrático regional, la economía de equivalencias, la democracia participativa y protagónica y las organizaciones de base.  Supone que es necesario un reforzamiento radical del poder estatal democráticamente controlado por la sociedad para avanzar el desarrollo.

 

En el marco de la Revolución Bolivariana, Chávez señaló que para llegar a este socialismo habría  una etapa de transición que denominó como Democracia Revolucionaria. Hugo Chávez expresó “Hemos asumido el compromiso de dirigir la Revolución Bolivariana hacia el socialismo y contribuir a la senda del socialismo, un socialismo del siglo XXI que se basa en la solidaridad, en la fraternidad, en el amor, en la libertad y en la igualdad” en un discurso a mediados de 2006. Además, este socialismo no está predefinido. Dijo Chávez “debemos transformar el modo de capital y avanzar hacia un nuevo socialismo que se debe construir cada día”.

Revolución venezolana

Su tesis es que el camino más expedito para alcanzar la sociedad más justa a la que todos anhelamos es con una alianza entre el socialismo y el liberalismo, una vez que el socialismo haya dejado a un lado al estatismo y el liberalismo haya dejado a un lado al capitalismo.

Hugo Chávez implantó una política de programas sociales, muy activo y que desde el 2003 son llamados “misiones”, de la cuales las más publicitadas son las educativas. En total son veintiuna misiones sociales.

También en su discurso de 2006, Chávez propone la conformación de un socialismo indigenista, es decir, un gran movimiento articulado mundial, antiimperialista, alternativo que abarque el mundo entero y tenga capacidad de crecimiento, de conexión y de lucha.  Se refiere a un sólido movimiento auténticamente socialista en el planeta. Habla de “indigenista” haciendo alusión a no copiar modelos sino a hacer uso de la autonomía, diversidad y fuerza originaria de los mismos pueblos. Porque ellos mismos han conservado sus raíces socialistas y esas van a ser el impulso para un nuevo socialismo: nuevo, fresco, indoamericano. Además propone que las corrientes cristianas auténticas antiimperialistas tienen mucho que aportar al proyecto socialista del S.XXI en América Latina.

Capitalismo, ¿la única opción?

Como se comentó al inicio de este escrito, a lo largo de la historia han existido distitnos métodos de organización político-social. Uno de ellos, y sobre el cual basamos este ensayo, es la democracia. Sin embargo al referirnos a este sistema debemos hacer claras distinciones sobre cuál es el tipo de democracia a la que estamos aludiendo. De lo contrario, como lo expresa muy claramente Atilio A. Borón en “La verdad sobre la democracia capitalista”,  al “Hablar de “democracia” sin ningún adjetivo significa hacer caso omiso de las enormes diferencias existentes entre el modelo clásico griego […] las incipientes estructuras y prácticas democráticas que aparecieron en algunas ciudades del norte de Italia en los albores del Renacimiento […]y, por último, los distintos modelos de democracia ensayados durante el siglo XX en algunas sociedades del capitalismo avanzado.” (A. Borón, p48).

Como vemos hablar de democracia no es referirse a un concepto estanco y pasivo sino que su significado puede variar notablemente según el contexto ideológico, político, geográfico, histórico, etc. La democracia, al igual que el capitalismo, ha ido cambiando desde sus orígenes griegos en el siglo VaC hasta la actualidad ligada en mayor o menor medida a los cambios políticos, económicos, sociales y culturales que han atravesado las distintas sociedades.

De la misma manera podemos observar fácilmente que desde el capitalismo primigenio hasta el actual diversas transformaciones han afectado a este sistema político-económico. Para entender mejor en qué consiste dicho sistema, el escritor Xavier  Vega lo explica en su libro “La gran historia del capitalismo”. Él cita al escritor Fernand Braudel diciendo que el capitalismo consistiría en: “esquivar las reglas de la competencia para obtener beneficios excepcionales” y con ello “la búsqueda de posiciones de monopolio, obtenidas sobre todo por el alargamiento del circuito comercial hasta convertirlo en opaco” (X. Vega p6).

   Ahora bien, ¿cuál es la relación existente entre estas dos nociones, capitalismo y democracia? ¿Se necesitan mutuamente? ¿Es imprescindible la presencia de uno para el correcto funcionamiento del otro?

Para tratar de arrojar algunas luces a estos interrogantes acudiremos a las distinciones sobre el término democracia y su relación con el capitalismo que expone Atilio A. Boron.

Este autor afirma,como citábamos antes, que no se puede hablar de democracia por sí sola, sin ningún adjetivo, dada sus múltiples variaciones a lo largo de la historia. Sin embargo adjuntarle el adjetivo “capitalista” a dicho término sugiere una contradicción tan grave como disimulada. Boron cita al filósofo mexicano Carlos Ferreyra quién asegura que decir democracia burguesa/capitalista es “un concepto monstruoso” porque “oculta una circunstancia decisiva en la historia contemporánea: la democracia se ha conseguido y preservado, en mayor o menor grado en distintas latitudes, contra la burguesía”. (Boron, p50 )

Entonces ¿debemos considerar que la única opción a esto es caer en el comunismo?. Quienes desarrollamos este ensayo consideramos que esta relación dialéctica entre democracia capitalista o “capitalismo democrático” como dice Boron y comunismo es una falacia. Ésta fue alimentada por los voceros del capitalismo –especialmente durante la Guerra Fría- para convencer a las masas insertas en países centrados en el capital de que ésta es la única opción frente al “demonio rojo”. Sin hacer juicios de valor sobre el comunismo, ya que no es el fin de este trabajo, diremos que existe una tercera posición a la cual adscribimos.

No se trata, como se dijo a medidados del siglo XX en Argentina del peronismo, sino de una democracia socialista o tal vez “socializada” sería una expresión más precisa para evocar el sentido que buscamos y no caer en la carga semántica con la que cuenta el socialismo.

Esta democracia “socializada” a la que nos referimos trata de una democracia de masas, que se ajuste la noción linconiana, es decir democracia es: “el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Un sistema donde prime el bienestar general y no el del capital.

 

Pero antes de continuar exponiendo este concepto, que es el eje central de nuestra tesis, brindaremos algunos ejemplos de por qué una democracia vinculada al capitalismo es poco fiable a nuestro entender.

La democracia en sus orígenes griegos ya mostraba una contradicción que desde el punto de vista de sus gestores no era tal. Si bien como anticipamos democracia es “gobierno del pueblo” en la antigua Grecia el pueblo que podía decidir estaba conformado por algunos varones adultos nativos del lugar y que hubiesen terminado su entrenamiento militar. Mientras que esclavos, extranjeros y mujeres no podían decidir, es decir que así  se estaba excluyendo a la mayor parte de la población.

Esta lógica utlizada hace más de 2500 años siguió vigente hasta el siglo XIX y bien entrado el siglo XX. Cabe citar por ejemplo que en Mendoza, al año siguiente de la redacción de la Constitución de 1853, la constitución provincial comenzó a ser redactada por el publicista Juan B. Alberdi. En la carta constitucional de esta provincia se establecía un “voto calificado” que limitaba la participación política  reservando el derecho al sufragio, y el acceso a los cargos, a quienes fuesen propietarios  y supiesen leer y escribir”.

Si bien esto fue abandonado en lo formal rápidamente dado que “no respetaba el espíritu de la constitución nacional” en los hechos la democracia siguió restringida a élites gobernantes. El “gobierno de los notables” (1880-1916) fue un periodo que ejemplificó esto dado que los cabecillas económicos –generalmente ligados familiarmente- utilizaban una relación de caudillismo o padrinazgo para conducir el voto de sus trabajadores o simplemente efectuaban fraude electoral para permanecer en el poder.

Con la aprobación de la Ley Saenz Peña en 1912 (que establece el voto universal, secreto y obligatorio) la situación anterior se atenuó aunque sin modificar en gran medida las relaciones de poder. Aun así el voto permaneció restringido para las mujeres en Argentina hasta 1947 con la firma de la ley     13.010 durante el gobierno populista de J.D. Perón.

El capitalismo, como dice Boron, siempre se ha opuesto al ejercicio pleno de la democracia, ya que ésta “fue el resultado de siglos de luchas populares contra la aristocracia y la monarquía al principio y después contra la dominación de los capitalistas, quienes se desvivieron para impedir o demorar la victoria de la democracia” (Boron, p50).

En la actualidad aunque parezcan haber desaparecido en lo formal las influencias del capital sobre el ejercicio pleno de la democracia advertimos que esto no es del todo cierto en la realidad. Podemos citar un ejemplo más que elocuente de apología al voto calificado, entrando en la segunda década del siglo XXI, por parte de la inmensa cadena de noticias CNN. En la edición del 12 de noviembre de 2012 el programa “Mirador Mundial” de dicha cadena hizo una contundente apología de las restricciones al sufragio partiendo de la pregunta “¿El voto debe ser universal…sin distinción… o calificado, es decir aquel que tiene un determinado nivel cultural, social?”. El conductor Camilo Egaña procedió luego a leer las opiniones del “público” a la pregunta en la red social Twitter. La mayoría de los comentarios leídos estaban a favor del voto calificado, uno de ellos decía “calificado (el voto) ya que los países deben ser conducido por personas preparadas” a lo que Egaña comenta “¿ven cómo refleja un poco el sentimiento en general?”. El último mensaje fue de un usuario denominado “Bulorca” quien dijo “El voto es para quien lo entiende” y con esto el conductor cerraba el segmento dando a entender a su audiencia que la tendencia en la opinión pública era hacia el voto calificado.


No es de extrañar que sea esta cadena multimillonaria la apologista de la restricción al sufragio universal teniendo en cuenta que su fundador  Ted Turner no ha sido conocido por el respeto hacia el bien colectivo. En 2008 recibió denuncias en Neuquén ya que se negaba a abrir huellas que permitiesen el ingreso a los ríos Collón Curá y Limay donde tiene estancias; incumpliendo así lo establecido por la Constitución Nacional Argentina. Por citar una de las tantas demandas en su contra por violaciones de derechos civiles o ciudadanos a través de sus empresas u inversiones.

Volviendo al punto de la relación entre el socialismo y la democracia citaremos un ejemplo que deja en evidencia la clara diferenciación que hacemos en esta noción con la  del comunismo antidemocrático.

En 1968 Checoslovaquia (hoy Rep. Checa) integraba la U.R.S.S. cuyo régimen se caracterizaba por la concentración del poder, la prohibición de la oposición política ya sea a través de partidos, clubes de discusión, organizaciones sindicales o la prensa. Desde 1960 se empezaron a gestar reclamos de reformas en el Partido Comunista checo que fueron desoídas hasta que en 1968 asumió el control Alexander Dubček, uno de los principales reformistas. Éste inició una serie de cambios que rescataban la “tradición democrática checa”  que se inició con el reconocimiento de la nacionalidad eslovaca, la liberación de la censura a la prensa el 5 de marzo y prosiguió con la puesta en marcha de su “Plan de Acción”. En él se estableció el modelo del “socialismo de rostro humano” permitiendo entre otras cosas la organización sindical, el derecho a huelga, la participación de los partidos políticos y la inclusión de más términos humanitarios y democráticos. En definitiva lo que pretendía este joven mandatario era promover los principios igualitarios y de justicia social del socialismo pero dentro de un régimen democrático.

Esta apertura a los parámetros de la democracia tomada por Dubček no fue recibida a bien por el Kremlin y se intimó al presidente checo a que abandone su postura. La reforma democrática que había adoptado Checoslovaquia fue interpretada por el centralismo soviético como una amenaza en lugar de una alternativa político-social. Ante esto el 20 de agosto de 1968 este país fue invadido por casi todos los miembros del Pacto de Varsovia (Unión Soviética, Alemania Oriental, Bulgaria, Polonia y Hungría) logrando así derrocar al presidente reformista colocando en su lugar a Gustáv Husák quien volvió atrás con las reformas democráticas y castigó a sus defensores. Dubček fue asignado como oficial forestal y se lo dejó fuera del poder político.

Aquí vemos cómo se puede hacer una clara diferenciación entre una democracia socializada o un “socialismo de rostro humano” que contemple las virtudes democráticas y un comunismo dictatorial y represivo.

Habiendo realizado ya la distinción entre un comunismo de línea “dura” y una propuesta de democracia socialista pasaremos a desarrollar con claridad nuestra postura sobre la alternativa política al “capitalismo democrático”.

Borón plantea citando a Rosa Luxemburgo que “no hay socialismo sin democracia, ni democracia sin socialismo”. Esto sintetiza en gran medida la característica principal de la democracia a la que como autores nos adscribimos.

Según el citado autor la democracia para nosotros “socializada” debe cumplir con las siguientes cualidades: “una formación social caracterizada por la igualdad económica, social y legal y un relativamente alto […] nivel de bienestar material que permita el desarrollo pleno de las capacidades e inclinaciones individuales y facilite la infinita pluralidad de expresiones de la vida social”. A esto agrega que por lo tanto “la democracia no puede florecer en medio de la pobreza e indigencia generalizadas, o en una sociedad marcada por profundas desigualdades en la distribución de la propiedad, los ingresos y la riqueza […] La democracia política no puede prosperar y echar raíces en una sociedad como la capitalista, estructural e incorregiblemente antidemocrática”.

Otra cualidad de la democracia es la capacidad de elegir libremente, sin embargo como afirma Boron “Nuestras “elecciones libres” en América Latina están limitadas a decidir cuál miembro del mismo establishment político, reclutado, financiado y cooptado por las clases dominantes, tendrá la responsabilidad de manejar los asuntos del país”. (Boron, p 52)

En definitiva, y a modo de conclusión de este escrito, consideramos que la verdadera alternativa para construir una democracia real es aquella que haga hincapié en el protagonismo real de la ciudadanía (entendida ésta como todos aquellos habitantes mayores de edad con aptitud mental necesaria para votar sin distinción de raza, género, religión, nivel socioeconómico u otra distinción semejante). Una democracia por y para el pueblo donde la idea del “bien común” supere a la del capital y en la cual cada nación ejerza una soberanía plena sobre sus recursos tanto tangibles (especialmente los recursos naturales) como así también los intangibles.

América Latina está atravesando desde la última década un proceso de democratización real tomando como principal ejemplo a Venezuela con Hugo Chávez pero también citando las gestiones de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y por supuesto las acciones de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Sin embargo en tanto no se haya avanzado hacia una estabilización y consolidación de sociedades con democracias socializadas sugerimos a los lectores y a la población en general adoptar una postura crítica respecto de toda acción de gobierno dado que los principales grupos económicos aún ejercen una importante influencia sobre el aparato político en favor de intereses elitistas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FUENTES

 

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Brachetta, M; Bragoti B.; Mellado V y Pelagatti, O. en “Te contamos una historia de Mendoza (de la conquista a nuestros días)”. EDIUNC 2011.

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