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Entre la espera y la esperanza (de ofensas y reencuentros)

Por Jorge Abalo

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1 enero, 2014

Recuerdo que cuando era niño, y llegaban las fiestas, nosotros la pasábamos con mis viejos, mis hermanas, mi abuelo, mis tíos y mis primos. Éramos diez personas. Y recuerdo también, que yo no quería que nadie se moviera.

Recuerdo que cuando era niño, y llegaban las fiestas, nosotros la pasábamos con mis viejos, mis hermanas, mi abuelo, mis tíos y mis primos. Éramos diez personas. Y recuerdo también, que yo no quería que nadie se moviera. Mejor dicho, que nadie se fuera. Mis primos, más grandes que yo, a eso de la una y media de la mañana ya pensaban en marcharse para el boliche, y mis hermanas para el baile. Yo como era el pequeño, sólo quería comer mantecol con mis primos, reírme escuchándolos, y tirar cañitas voladoras con ellos en la calle.

Pasó mucho tiempo, y después como uno va reproduciendo la cultura, me toco a mí, ser el mayor, y ya con sobrinos pequeños sentados a la mesa, era el que me levantaba para irme. Por supuesto, que comiendo previamente el mantecol y tirando cañitas voladoras.
Pasaron muchos años, y con algunos de mis primos nos alejamos. Por distintos motivos. Por diferencias vaya uno a saber, ya ni las recuerdo siquiera. Creo que me ofendieron alguna vez, y no me gustó, tenía mi orgullo, y mis convicciones, y tal vez ellos habrán sentido lo mismo, en otro momento.
Pero cuando vinieron mis otros primos de un rincón del mundo, exiliados, nos reencontramos. No recuerdo bien en qué casa. Nos saludamos, nos abrazamos en forma adusta. Y sin darnos cuenta, nos pusimos a charlar. Y con la charla, vino el diálogo. Y con el diálogo, la posibilidad…
Por eso, me quedé pensando ahora, en estas dos palabras: ofensa y reencuentro. Una palabra la encontré en el acto que se hizo frente a la explanada municipal de Lavalle, cuando el padre Juanito oraba junto al resto de los congregados: “y perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”… Y vi la cara de cientos de personas, diciéndolas. No sé si lo creían, pero me pareció una buena oportunidad.
Y ayer, cuando miraba las fotos de los muchachos municipales que estaban de huelga, y que trajeron para colocar la carta que ellos escribieron, los reconocía a casi todos, buena gente, que optó por otro camino.
Tal vez, si, sólo tal vez, termináramos el año perdonando las ofensas.
Entonces, sí, sólo tal vez, podríamos comenzar el año, reencontrándonos.
Parece lejos, pero menos que antes. Ya por lo menos nos hemos sentado a la mesa común. Falta que alguien abra el mantecol y que otro lo corte.
Y que entre todos nos animemos a tirar cañitas voladoras.
¡Feliz año, es el ferviente deseo de quienes hacemos El Despertador.


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