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Un envase que marca la diferencia

Por El Despertador

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24 septiembre, 2015

Sentí terribles ganas de insultar y gritar que ofendía a este pueblo. Pero, muy por el contrario actué con amabilidad solicitándoles que “por favor nos ayudaran a mantener la limpieza”.

No obtuve respuestas agradables. Y hasta les confieso, sentí algo de temor por mi integridad. Pero en esta zafé…y me quedó el placer de haber sido fiel a esa actitud lavallina de cambio.

En Lavalle aprendí muchas cosas que en corto o largo tiempo me han llenado de satisfacciones. Entre ellas, el gran valor que se da al respeto por las personas y sus costumbres. Aunque claro está, existen excepciones. Aquí me enseñaron a querer los valores culturales; y me demostraron que cuando se quiere es posible instalar cambios y progresar. Es por eso, simplemente por eso, que a diario yo también me afiance como un defensor de las costumbres lavallinas, aunque en ocasiones deba enfrentar a visitantes desconocidos. ¿ A qué viene esta referencia?, pues aquí va. Pero antes les quiero agradecer por mostrar siempre los valores propios.

Fue apenas pasadas las 7,30 , cuando circulaba en mi pequeño automotor con destino a Villa Tulumaya. Como de costumbre, lo hacía despacio y atento a la posibilidad de disfrutar del paisaje, que aunque parezca el mismo, para mí no es así. Cada día tiene su color.

Tras dejar la ruta 40, girando al Este por la Provincial 34, el paisaje me pareció más atractivo. Siempre me resulta así, no solo por la vegetación y variable de verdes, además de lo agradable de encontrarse con el cálido brillo del sol. La limpieza también es un toque esencial. Y en esto no solo juega la tarea continua de la municipalidad. Y puedo atestiguar del valor agregado lavallino, al menos en estos tramos de caminos. Desde hace un tiempo casi no he visto arrojar objetos a través de las ventanillas de los automotores. Es un signo de responsabilidad que invita a ser imitado. Estoy convencido que de tanto insistir, eso está sucediendo, aunque se den sorpresas, que hasta puedan terminar en momentos riesgosos.

Esa misma mañana, cuando ya circulaba por la 34 me dieron la sorpresa los ocupantes de una camioneta Ford de color rojo que terminaba de pasarme en las cercanías del ingreso al barrio Jarilleros. En tal momento dejaron caer una botella plástica vacía, la que luego de rodar en la banquina terminó en la profunda acequia situada en la margen sur de la ruta. El detalle no pasó inadvertido para un ciclista de la zona, quien no tardó en insultar a gritos a los ocasionales visitantes. Por cierto que el reclamo no fue escuchado. La acción me causó molestia, pero más me lastimó la impotencia que debió sentir el ciclista en cuestión. Digo, el lavallino de referencia. Fue cuando aceleré la marcha y no hizo falta tanto esfuerzo para encontrarme junto a la camioneta. ¿Aceleré tanto? Para nada. Estuvieron de mi lado los cortes de dos semáforos- Sentí terribles ganas de insultar y gritar que ofendía a este pueblo. Pero, muy por el contrario actué con amabilidad solicitándoles que “por favor nos ayudaran a mantener la limpieza”. No obtuve respuestas agradables. Y hasta les confieso, sentí algo de temor por mi integridad. Pero en esta zafé…y me quedó el placer de haber sido fiel a esa actitud lavallina de cambio. Muchas gracias.


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