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Así eran de niños los jugadores de River: conocé sus historias de esfuerzo para llegar al fútbol grande

Por El Despertador

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17 diciembre, 2015

Los futbolistas millonarios están ante el partido más importante de sus carreras: el domingo disputarán la final del Mundial de Clubes, un partido que sueñan desde la más tierna infancia

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Todo empezó a dos cuadras de su casa, en Porteña, Córdoba, un pueblo de no más de 6 mil habitantes. A esa distancia, estaba la canchita de Porteña Asociación Deportiva y Cultural, donde Marcelo Barovero se revolcaba de palo a palo. Tenía sólo 5 años cuando su hermano, Julio, 12 años mayor, lo llevó a jugar. No fue delantero, ni volante, ni defensor. Barovero es arquero prácticamente desde el primer día.

“De chico era muy tímido y muy buena persona. Siempre digo que la procesión le debe ir por dentro, porque si no no entiendo cómo se atrevió a tomar la capitanía de River. Los hermanos lo cargan porque no habla. Siempre fue arquero y ahorraba moneditas para comprarse los buzos, se los tengo todos guardados”, cuenta su madre, Esther.

Siempre en Porteña, a los 11 años a Barovero le surgió una oportunidad para probarse en Newell´s, pero la rechazó. A los 14, a través de un amigo, consiguió una prueba en Atlético de Rafaela. Al principio, recorría dos veces por semana los 80 kilómetros entre su pueblo y Rafaela. Desde los 15 años comenzó a vivir en la pensión de la Crema y ese año, en 1999, recibió un llamado muy especial: pese a que no jugaba en divisiones inferiores de AFA, José Pekerman y Hugo Tocalli, a cargo de las selecciones juveniles, lo convocaron para que se entrenara en el predio de Ezeiza. La primera vez que se vistió de selección, pese a que luego nunca llegó a disputar un partido oficial, fue el 1° de octubre de 1999. Carlos Goyén, quien entrenaba a los arqueros en Rafaela, lo trajo en su auto. Trapito compartía las prácticas con Juan Pablo Carrizo, quien aún no atajaba en River. Fueron nueve meses vestido de celeste y blanco entre Rafaela y la gran ciudad. “Muchas veces esperaba horas en Retiro”, reconoce Marcelo.

“Tenía 15 años y prácticamente no conocía Buenos Aires. Era muy callado, pero lo que me gustaba era que transmitía seguridad, aunque siempre daba la sensación de que le faltaba un poquito. Seguramente fue una equivocación nuestra no convocarlo para grandes torneos de juveniles. Pero fijate que con la selección mayor le pasó lo mismo”, dice ante la consulta decanchallena.com Tocalli, quien luego en 2008 como técnico de Vélez pidió que compraran el pase de Barovero. De Trapito, quien reconoce que si no hubiera sido futbolista, sería verdulero, el oficio de papá José, quien se sigue despertando de madrugada y todas las mañanas carga el camión para repartir verdura.

Gabriel Mercado, el pibe que aprendió a cabecear con los centros de su padre

 

“Fue en zapatillas, en realidad con lo que teníamos porque éramos muy humildes”, dice Javier Mercado, el padre de Gabriel.“Tenía 6 años, era chiquito, pero se notaba que quería jugar. Todos tenían dos años más que él. Insistimos y le hicieron un lugar. Anduvo bien, se paró adelanto e hizo algunos goles”. Así en el club JJ Moreno de Puerto Madryn empezó la carrera de Gabriel Mercado, de ese defensor que comenzó como delantero y a base de esfuerzo se convirtió en una pieza importante para distintos entrenadores.

Allá, en el Sur, en el fondo de la casa, papá Javier tiraba los centros con la mano y Gabriel cabeceaba como ahora lo hace en el área propia y la rival. Destruyendo plantas y vidrios, aunque con el entusiasmo de quien busca trascender. “Le rompía todas las plantas a mi vieja. Mi mamá tiene poca relación con los vecinos por culpa mía, yo vivía pateando la pelota”, reconoció alguna vez Gaby. Cuenta la leyenda en Puerto Madryn que con él en el equipo siempre eran campeones y hasta una vez hizo 15 goles.

Cómo llegó al fútbol grande. En los veranos algunos clubes de Buenos Aires iban a jugar torneos a Madryn. En 1998 fue Racing y disputó un partido contra JJ Moreno. Mercado ocupó un lugar en el banco, porque era un año más chico que los de su categoría. Entró y anduvo bien. El técnico de la Academia era el brasileño Germán Borges, quien le dijo al padre de Gabriel: “A la noche paso por su casa, quiero hablar con usted y su esposa”. Les dijo que le veían condiciones al nene y les ofreció llevárselo un mes a Avellaneda. Gaby tenía 10 años.

Su madre no quería saber nada, pero a Gabriel le entusiasmaba la idea y logró convencer a sus padres. Mercado se subió al micro en el que el plantel de Racing había ido a Madryn y así empezó su aventura en el fútbol grande. Pasó un mes y su madre viajó a buscarlo. “El nene se queda acá”; le respondieron en Avellaneda. Le consiguieron colegio, acordaron todo, se fue a vivir con sus abuelos”. A Madryn volvió sólo de visita. Por ahora, sigue ese viaje que empezó de niño.

Jonatan Maidana, humildad y River tatuado en la piel

Jonatan tenía sólo dos años cuando papá Ramón le hizo el regalo más preciado: una pelota de fútbol, que lo acompañaba a todos lados. Ese juego de niños se convirtió en mucho más que eso en la vida del futbolista de River que hace más tiempo está en el club, cinco años.

Todo le costó a Maidana, el mayor de cinco hermanos varones, de un hogar humilde de Glew. Su padre trabajaba cargando camiones de papá en el mercado central y daba todo para que Johny pudiera llegar a ser futbolista. “Le estoy muy agradecido porque se rompió el lomo para que yo me concentrara sólo en el fútbol. Mi mamá, Carmen, también”.

Jonatan empezó su carrera en Los Andes y por los largos viajes para ir a entrenarse sólo pudo completar primer año del Polimodal. “Terminar el secundario es una cuenta pendiente”, reconoce. “Tomaba el 501 hasta la estación de Longchamps. Me iba en tren hasta Lomas y de ahí el 540 hasta Los Andes”. Ese era el periplo. Sus buenas actuaciones en el ascenso lo llevaron a Boca, que pagó 100 mil dólares por su préstamo. Debutó en la Primera xeneize ganando un trofeo internacional: la Recopa 2006. Tras jugar en Ucrania y en Banfield, recaló en River. Sufrió el descenso, el ascenso y todos los últimos títulos. Tanto que terminó con River tatuado en su piel.

Eder Álvarez Balanta, talento colombiano

Balanta nació en Bogotá y viene de una familia en la que nunca le faltó nada. Su padre es economista y su madre, enfermera. Aunque nació en la capital de Colombia, es hincha de Atlético Nacional. Se probó en la escuela de fútbol Fair Play y allí lo vio Silvano Espíndola, ex compañero de Maradona en Argentinos Juniors.

Espíndola lo vio y se sorprendió. Lo preparó un año e hizo contacto con sus dos amigos de las inferiores de River, Jorge Gordillo y Claudio Viscovich. Le hicieron una prueba y quedó. “Se probó de 5. Después lo tiramos atrás. Era muy serio, educado, con ganas de aprender”, le cuenta Gordillo a canchallena.com. En 2011 empezó su aventura en River, el domingo jugará su partido más importante.

Leonel Vangioni y la emoción de su abuela Ramona, hincha de River

 

Antes de llegar a River y dar cinco vueltas olímpicas en tres años, el único título deVangioni era con Riberas del Paraná a los 12 años, el club donde empezó a jugar. Eran tiempos en los que se divertía con la pelota hasta que llegó la chance en las inferiores de Newell´s. Fue cuando sus abuelos empezaron a tener un rol fundamental. “Fueron como mis padres. Me daban plata para el colectivo o el remise, me compraban los botines. Éramos una familia de clase media con buenas y malas”, dice el Piri.

Por los viajes a Rosario, Lionel sólo pudo completar hasta tercer año del secundario. En esos tiempos jugaba como media punta en las inferiores de Newell´s, hasta que un DT lo ubicó como carrilero, su puesto que en River se terminó desdoblando en lateral. Ahora, su padre, Armando, organiza las caravanas de la familia para ir a verlo al Monumental desde Villa Constitución. Para Ramona, su abuela, hay un plus: es fanática de River y se emociona cuando ve al nieto con la Banda.

Carlos Sánchez, una infancia dura, una carrera con esfuerzo

 

Carlos Sánchez sabe de carencias, de momentos duros. Los transitó en el fútbol y en la vida. Cuando tenía 8 años, su padre lo dejó en la calle junto a sus cuatro hermanos y a su madre. Necesitados, se fueron todos a vivir a lo de un tío en un barrio humilde de Montevideo. “Éramos 10 en una vivienda, estábamos apretados. Muchas veces no teníamos para comer. Yo almorzaba bien en el colegio y después me las arreglaba como podía”, contó alguna vez en El Gráfico.

Sánchez pasaba sus días en un complejo similar a Fuerte Apache. Su madre siempre le decía que agradecía que no hubiera terminado en las drogas. “Comía bien al mediodía en el colegio y después me arreglaba con lo que se podía. Mi madre trabajaba como empleada doméstica”, explicaba Carlos, quien jugaba por plata en cancha de tierra. Había lugares que, si ganaba, lo esperaban con un revólver.

A los 8 años, su madre lo llevó a jugar a Nueva Juventud y empezó su carrera, una trayectoria que en River tocó su punto máximo.

Matías Kranevitter, el caddie que eligió el fútbol

 

En el campo de juego hace todo sencillo y fácil. Pero llegar fue un largo camino paraMatías Kranevitter. En la cancha de tierra que está pegada a su casa en Yerba Buena, Tucumán, empezó a mostrar su talento, que al principio dividía entre el fútbol y el golf, un deporte que es familiar ya que su tío es el golfista César Costilla y su primo, el Pigu Romero.

“Tuve que elegir entre el fútbol y el golf. A los 12 años, iba al colegio a la mañana, a la tarde trabajaba como caddie y a partir de las 6 practicaba fútbol. No paraba. Me pagaban 15 pesos, de los cuales le daba 10 a mi mamá”, recuerda Kranevitter y lo dice todo. Empezó en las inferiores de San Martín de Tucumán, pero debió dejarlas porque su padre Claudio, taxista, no podía pagar la cuota. Recaló en Unión Aconquija. Allí lo vio un reclutador de talentos y le ofreció ir a probarse a River.

Tenía 14 años cuando viajó a Buenos Aires. “Llegó con una mano atrás y otra adelante, no lo recomendó nadie. Ya tenía una condición de entrega, sacrificio y lucha notable”, explica Gabriel Rodríguez, actual coordinador de las inferiores millonarios y que por entonces desempeñaba el mismo cargo. Empezó entonces la vida del Colorado en la pensión de River con otros 100 chicos del interior. El tiempo en que no era titular, la obligación de madurar de golpe en Buenos Aires y una vida lejos de su familia, a la que la plata no le alcanzaba para visitar seguido al mayor de seis hermanos.

Leonardo Ponzio, un pequeño pícaro

 

Dice Leo Ponzio que en Las Rosas, Santa Fe, su pueblo, se siente mejor que en cualquier otra parte. Va al banco, sale, es uno más. Allí, dio sus primera pasos como futbolista en el Club Atlético Williams Kemmis, donde él era un delantero algo “morfón”, como alguna vez se definió en El Gráfico. Incluso en Newell´s se probó como atacante a los 14 años.

De allí, pasó a jugar a Primera Arbolada de Arrecifes, a 200 kilómetros de su casa. Había que sacrificarse e instalare en la pensión. Fue cuando tocó a su puerta Roberto Puppo, el coordinador de las inferiores leprosas, quien le ofreció probarse. Quedó. Su padre lo llevaba a un cruce en la ruta para subirse a una combi a la terminal de micros de Rosario, desde donde se tomaba un colectivo a Bella Vista, donde se entrena Newell´s.

De nuevo a vivir lejos de casa, en una pensión con pocos lujos. Polenta, fideos, alguna vez carne, un lugar donde había que esconder los alfajores para que nadie se los robara. De joven Ponzio llamó la atención de las selecciones juveniles. Hugo Tocalli recuerda aquellos tiempos: “Lo conocimos cuando tenía 15 años. Era un pícaro del fútbol, inteligente y muy vivo dentro de la cancha. Siempre nos llamó la atención por su poca edad en ese momento. Venía todas las semanas a entrenarse a Ezeiza desde Rosario y no se cansaba nunca. Tenía una felicidad inmensa. En esa época jugaba de central y era bueno como líbero también. Después lo usamos de marcador de punta o volante derecho”.

Lucho González, de vivir en una pieza alquilada al mejor fútbol europeo

 

“La primera plata que cobré en el fútbol fue un premio en el que ganamos un partido y nos dieron como 1700 pesos. Me acuerdo de que compré un juego de living y un modular, todo para la pieza donde vivíamos”. Hoy,Lucho González es un jugador con experiencia y kilómetros de sobra en Europa. Cuando empezaba en Huracán era un joven muy humilde que vivía con sus padres en una pieza alquilada en Parque Patricios. Hermano de mayor de la familia, no fue su primer aporte. A los 21 años, se dio el gusto de comparles la casa a sus padres. “Si hoy estoy jugando, es gracias a ellos”, decía en una entrevista con LA NACIÓN y contaba que le había ofrecido a su papá que no trabajar más.

Empezó en el fútbol en plaza España y a los 9 años pasó del baby de Hindú Club a Unidos de Pompeya. Al poco tiempo lo llevaron a la prenovena de Huracán, donde hizo todas las inferiores hasta su debut en 1999, ante Racing (perdió 2 a 1 el 28 de abril, por la 10a fecha del Clausura).

Rodrigo Mora, el domador de perros

 

“Mi padre era albañil y me pedía que lo ayudara. De repente se daba vuelta y yo no estaba. Me iba a jugar al fútbol. Entonces, se enojaba, me decía que su trabajo nos daba de comer, que el fútbol, no. Ahora, no dice nada, ja”. Rodrigo Mora tenía 12 años y en Rivera, Uruguay, a metros de la frontera con Brasil, la pelota lo atrapaba.

Proveniente de una familia muy humilde y de padres separados, Mora perdió a su madre a esa edad y se fue a vivir con su papá y sus cinco hermanos. Se apoyó mucho en su padrino, César López, su descubridor en el fútbol, quien tenía una escuelita y rápidamente le vio condiciones a Morita y supo explotarlas. También le enseñó a ser muy valiente: el padrino adiestraba perros para la policía y Rodrigo lo ayudaba. “Me ponía las mangas y los provocaba para adiestrarlos, era mucha adrenalina”, contó alguna vez el atacante.

Iniciado en equipos locales de su ciudad, tomó notoriedad en el fútbol uruguayo en Juventud de las Piedras. De allí, saltó a la fama en Defensor Sporting, desde donde pasó a Benfica de Portugal. Volvió poco tiempo a Peñarol y en 2012 recaló en River. Alternó buenas y malas, Ramón Díaz no lo tuvo en cuenta, volvió con Gallardo desde Universidad de Chile y hoy disfruta un momento único.

Lucas Alario, el niño que jugaba descalzo

 

Alario nació en Tostado, Santa Fe, pero se crío en Cuatro Bocas, Santiago del Estero, un lugar de no más de 300 habitantes. Sus padres debieron recorrer 50 kilómetros para que naciera en un sanatorio. De niño le gustaba jugar descalzo y mostraba su talento en San Lorenzo, el equipo de su pueblo. Se probó en Newell´s y no lo llamaron. Un amigo lo llevó a Colón y quedó, con el detalle que recién comenzó en inferiores a los 16 años.

“Empezó de grandecito, se le estaba por ir el tren”, reconoce su padre Abel. Lucas es el menor de tres hermanos. Vivió siempre en el campo hasta que el fútbol tocó a su puerta. De los 16 a los 23, su vida cambió para siempre. Debutó en la Primera en Colón, descendió, hizo un gol para ascender y en julio de este año llegó a River. Casi no compran su pase por un problema en la rodilla derecha que se le detectó en la revisión médica. Terminaron arreglando por el 30 por ciento de su ficha, una inversión de 1,3 millones de dólares que ya valió goles en la semi y la final de la Copa Libertadores y en el pasaje a la definición del Mundial de Clubes.

El pequeño Muñeco

 
Foto: Archivo Gabriel Rodríguez
 
Foto: Archivo Gabriel Rodríguez
 
Foto: @diegoborinsky

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