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El peronismo se une para protestar

Por El Despertador

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enero 28, 2016

Es la segunda vez que una decisión de Mauricio Macri logra unificar a un peronismo disperso y carente de un liderazgo. La primera fue cuando designó por decreto de necesidad y urgencia a dos miembros de la Corte Suprema de Justicia, sin que antes pasaran por la necesaria aprobación de, al menos, dos tercios de los votos del Senado. Esta vez fue la decisión de aumentar en más del 150 por ciento la coparticipación que recibe la Capital Federal de los impuestos federales. Las personas elegidas para integrar la Corte tienen prestigio profesional y son moralmente intachables. La Capital fue tercamente perseguida durante los años kirchneristas. Es el cuarto distrito entre los más poblados del país (sólo superado por Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe), pero es el que menos porcentaje de coparticipación recibe entre todos los distritos del país.

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A pesar de todo, el gobierno de Macri debería hacer una reflexión sobre los modos de actuar o sobre el sistema de toma de decisiones. Resulta obvio señalar que el Presidente pudo resolver fácilmente varios problemas desde que asumió porque el Congreso está en receso hasta el 1º de marzo. Y, además, porque la Justicia está durante enero en el período anual de vacaciones. A partir del primer día de marzo, Macri tendrá a los tres poderes del Estado funcionando en plenitud. El Presidente carece de mayoría propia en las dos cámaras del Congreso. Ningún partido la tiene en la Cámara de Diputados. En el Senado es mucho peor: ahí el peronismo es el que tiene la mayoría. La relación con los distintos peronismos (desde Sergio Massa hasta el incorregible kirchnerismo) será, por lo tanto, crucial.

El aumento de la coparticipación de la Capital se justificó en la necesidad de transferirle recursos por el traslado al gobierno porteño de 15.000 efectivos de la Policía Federal.

No se trata sólo de 15.000 salarios más. Al ser fuerzas de seguridad, necesitan también de armamentos, uniformes, patrulleros y comisarías. No obstante, ¿era necesario modificar la coparticipación para compensar esos gastos que ya no hará el gobierno nacional? ¿No hubiera sido suficiente una transferencia presupuestaria? ¿O, en todo caso, la política no obligaba a que la Capital formara parte de un paquete de tres o cuatro provincias, algunas peronistas, beneficiadas por una modificación en el reparto de la coparticipación? ¿La política no imponía un diálogo previo entre el gobierno nacional y el resto de las provincias para explicarles por qué se beneficiaba sólo a la Capital, el distrito donde nació y creció el partido del Presidente?

El conflicto motivó una reunión urgente de los gobernadores peronistas en San Juan, donde se juntaron halcones y palomas, que antes estaban distanciados. Los más moderados cuestionaron seriamente el método del equipo presidencial; los más duros criticaron directamente la forma y el fondo de la cuestión. Los gobernadores tienen ascendiente sobre todo en el Senado, aunque algunos diputados peronistas decidieron escuchar a los mandatarios provinciales luego de decepcionarse con los manejos del cristinismo. En el Senado, el cristinismo es más débil todavía: sólo 12 senadores (de los 41 que el peronismo tiene en total) firmaron una declaración contra la decisión de la vicepresidenta Gabriela Michetti de despedir a 2000 empleados que cobraban sin trabajar. El jefe del bloque peronista, Miguel Pichetto, que avaló la resolución de Michetti, vapuleó a esos cristinistas díscolos con una frase corta y definitiva: “El jefe soy yo”.

¿Para qué, entonces, abroquelar a los gobernadores en una misma posición beligerante, cuando ni siquiera era necesario? El hecho fue tan revulsivo que hasta provocó la rebelión de gobernadores aliados, como el correntino Arturo Colombi y el mendocino Alfredo Cornejo. El caso también provocó fricciones dentro del propio gabinete de Macri. El ala política del equipo presidencial (Rogelio Frigerio, Emilio Monzó, Federico Pinedo y la propia Michetti) prefirieron encontrar un culpable en el ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay, uno de los que firmaron el decreto sobre la coparticipación de la Capital. Puede ser que Prat-Gay se esfuerce poco en hacerse de amigos dentro del gabinete, pero es cierto que en una crisis desatada por un decreto firmado por el Presidente y por el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y por una cuestión de la Capital, la responsabilidad de Prat-Gay es relativa.

Según el testimonio de un gobernador peronista, Frigerio se enteró de la decisión sobre la coparticipación porque ese mandatario lo llamó en el acto para quejarse del decreto del Presidente. Ya había sucedido con la designación de los jueces de la Corte. El presidente provisional del Senado, el macrista Pinedo, no tuvo ninguna información previa y el ministro de Justicia, Germán Garavano, se enteró pocas horas antes de que se consumara la decisión. Frigerio resultó una figura política elogiada casi unánimemente por oficialistas y opositores, pero no se puede condenar a un ministro del Interior a comenzar siempre de cero. Sucede lo mismo con Garavano: es un ministro respetado por jueces y fiscales, incluida la Corte Suprema, pero no se lo puede obligar a explicar decisiones que a veces no comparte.

Los peronistas moderados, que los hay, suelen elogiar al equipo económico del Presidente. Incluso ponderan a sus ministros dedicados a los temas sociales. Pero encuentran un déficit en el armado político de la administración, que, sin embargo, no carece de equipo político. El problema es la importancia (o la no importancia) que los funcionarios que rodean al Presidente le dan a ese equipo político. De hecho, resultaría especialmente grave que Frigerio no haya participado antes de la decisión de modificar la coparticipación de la Capital. Al ministro del Interior se le encomendó la relación con todos los gobernadores. Los hechos consumados, sobre todo cuando afectan a sus interlocutores permanentes, son la peor noticia para los ministros políticos. Extraño en un gobierno que se jacta de trabajar en equipo.

Entre tanto revuelo peronista, Macri tuvo una buena noticia. Los encuentros de los últimos días lo notificaron de la poquedad política de Cristina Kirchner. Tanto los gobernadores que fueron a San Juan como los intendentes bonaerenses que llegaron a Santa Teresita dejaron muestras palpables de la necesidad del peronismo de alejarse del cristinismo puro y duro. Cristina lidera una corriente de oposición sin cuartel y sin tregua al gobierno de Macri. El cristinismo enloquece de furia por pobres problemas. “Una cosa es pelear por la coparticipación y otra cosa es hacerlo por el despacho de Máximo”, ironizó un gobernador. Ésa es la diferencia entre el cristinismo y el peronismo.

Es cierto, por otro lado, que muchos de los actuales gobernadores peronistas (no es el caso de algunos de ellos, como el pampeano Carlos Verna, que antes era senador) toleraron durante los ocho años de Cristina los métodos más unitarios que recuerde el país en el reparto de los recursos federales. Pero es igualmente veraz que Macri les había prometido un nuevo trato y que ellos creyeron en esa promesa. Lo cierto es que en San Juan los más renombrados gobernadores peronistas se alejaron de Cristina. “Yo sólo voy a El Calafate para ver el Perito Moreno”, asestó Verna. “Quiero un jefe del peronismo que no reciba órdenes por teléfono”, se despachó el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, en clara alusión al modo de mando telefónico de la ex presidenta. Urtubey criticó también duramente a Milagro Sala, a quien conoce demasiado bien porque su provincia es vecina de Jujuy. Sala fue convertida ahora en la primera mártir del cristinismo en el llano.

Hasta Sergio Massa se vio obligado a hacer declaraciones de implícita solidaridad con los gobernadores peronistas. “Soy adversario de Macri y quiero ganarle en 2017 y 2019”, dijo ayer luego de olfatear, con la precisión que él suele tener para estas cosas, que el Presidente padecía cierta fragilidad frente al peronismo. Urtubey fue más directo: “Quiero que le vaya bien a Macri, aunque seré una alternativa a él en la presidencia de la Nación”, adelantó. La interna peronista se olvidó de la propia interna por un rato para cuestionar al Presidente. Hay soluciones por las que vale la pena pagar un costo político. Pero ¿para qué hacer un sacrificio por cosas que se pueden resolver con sólo hacer política?


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