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19 mayo, 2020

Matea y Pedro: amor en medio de las cosechas

  •   Por Jorge Abalo

           

Corría el año 1909 y en la Argentina las corrientes inmigratorias se hacían presentes en el sueño de la vieja oligarquía de poblar el territorio con inmigrantes europeos, en la racista creencia de que los mismos eran trabajadores, frente a un mestizaje indolente y «flojo». Tal vez esa creencia perdure hasta hoy.

Por lo tanto, esas corrientes no fueron ajenas a nuestro departamento, y mucho menos a un distrito como 3 de Mayo, que fue recogiendo los primeros extranjeros a fines del siglo XIX, y comienzos del XX.

De esta manera se fue poblando el territorio departamental, y con la llegada de colonos criollos y extranjeros, alemanes muchos de ellos, el norte lavallino se fue convirtiendo en Colonia Tres de Mayo.

Cuenta la historia que en una pequeña bodega, que hoy ya no existe, propiedad de inmigrantes árabes, los Abraham, creció una importante finca en la zona.

Eran tiempos de trabajo duro, de sol a sol, donde los derechos de los trabajadores no contaban mucho, aunque si habían enormes luchas para modificar las relaciones de explotación en las que se encontraban millones de argentinos e inmigrantes que trabajaban durante jornadas agotadoras de más de 12 horas.

Es en esa misma época en la que don Pedro Bechara y doña Matea Gonzalez, uno inmigrante, la otra bien criolla, según propia definición, se vieron en las barracas del galpón de los Abraham, en la vieja bodega, donde decenas de obreros vivían y compartían la humilde y rudimentaria vida de las viñas.

Las épocas de cosecha duraban dos meses en aquellos tiempos, y allí el joven y Matea se enamoraron. En los sucesivos cinco años se vieron solo cinco veces, durante los dos meses de cosecha. Así y todo, al transcurrir el quinto año, los enamorados decidieron casarse.

Al tiempo, los jornaleros partieron, como tantos otros, en busca de una vida mejor,

Viajaron, como lo hacen hoy día cientos de trabajadores golondrinas, dentro y fuera de Lavalle, siempre con la misma idea, buscando una vida digna para ellos y sus familias. Encontrando un lugar y desencontrándolo. ¿Sería que la vida les depararía algo diferente?

Cuenta también la historia que hacia el año 1945, estos esposos, ya con hijos, volvieron a Tres de Mayo para quedarse en la finca de don Juan Puerta, que los albergó para trabajar. Allí, mediante un crédito de los tantos que obtuvieron en esa nueva época, los esposos pudieron comprar una parte de la finca al mismo Abraham.

Lugar donde por primera vez se encontraron para amarse para siempre. Lugar al que el trabajo los sometió a angustiosas penurias. Lugar al que le debieron todo porque allí se conocieron. Y sitio, al que habrían de quedar aferrados para todas sus vidas, no sólo por los recuerdos del pasado, sino porque al comprarlo, pudieron volver a su terruño con el orgullo de saberse dignos propietarios.

Será por eso que el dueño de la tierra, Don Abraham le dijo a Don Pedro antes de fallecer: «te fuiste como obrero y volvés como el dueño de mi finca». ¿Resentimiento, resignación, o simple esperanza de saber que depositaba en gente honesta su antiguo patrimonio? Por las dudas, Don Pedro, jamás preguntó.


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