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7 junio, 2020

En el día del periodista: El susurro de Ramón en las mejillas de Sebastián

  •   Por Jorge Abalo

           

Jueves 7 de noviembre de 2019: junto a un grupo de niños y maestros me divierto en un campamento a la orilla de la ladera de un cerro en Polvareda. El ambiente es cálido, y el día amanece apetecible para hacer largas caminatas. Al mediodía el sol se hace más intenso y entre los viejos vagones y los antiguos talleres, descubro la magia de un tiempo ido.

Es de tarde y recibo una llamada, me dicen que me quede tranquilo, pero que mi viejo se ha retovado un poco y se ha descompuesto. También dicen que preguntó insistentemente por mí. Aviso al resto de mis compañeras docentes que debo volver, pero el colectivo sólo sale al otro día. Tengo que esperar al viernes. Espero.

Es viernes 8 de noviembre, me subo al colectivo de regreso y abro El página. El drama de Bolivia aparece en toda su dimensión en un artículo de Sebastián sobre cómo la intolerancia y el odio se han apoderado del hermano país. Me pregunto con cierta liviandad si mi viejo, habría leído algo al respecto y eso lo había llevado a descompensarse. Mientras viajo hasta Mendoza, recuerdo, es abril del 76, al Ramón escapando de la Argentina con el gordo Politti, el Pinito y el Brega hacia la frontera boliviana. Logran pasar apenas, con las credenciales que alguien les alcanza de un periódico de Buenos Aires.

Vuelvo al artículo del página y observo la imagen de una alcaldesa toda pintada (había sido secuestrada y agredida) que ilustra la nota y viajo en el tiempo a algunas fotos que trajo mi viejo en su segundo viaje a Bolivia en el año 79 y que todavía conservo. Las fotos describen el escenario de represión en las calles de La Paz, cuando el entonces coronel Natus Bush dio un golpe de estado. El golpe terminó siendo el más cruento de la historia de Bolivia, pero sólo duró 15 días, ya que la resistencia popular pudo más y lo obligó a renunciar.

Llego a la terminal de Mendoza y me dirijo a la casa de mi hermana, a la casa en la cual nos vio nacer mi padre.

Dejo los bártulos y con la Laurita nos vamos para el hospital. Me espera mi viejo, que está descansando en la parte de adelante. Todavía no tiene cama. Sólo hay una habitación en la que debemos esperar hasta que se le asigne una adecuada. Me abraza y me dice chauchón cómo andás. Le digo que bien. Me siento a charlar pero no le digo nada de Bolivia. Sin embargo él ya sabe todo. Él mismo me pregunta cuál es mi opinión, le digo que leí un artículo de Sebastián, el chango que había escrito para la 5ta pata, y me dice que sí, que él ya también había leído sus artículos anteriores, y veo cómo su rostro se ilumina con cierto orgullo. No quiero dramatizar más lo que sucede allá, para que el viejo no se angustie. Siempre había sentido nostalgia por sus aventuras en Bolivia, y nos habíamos juramentado él y yo, también lo incluíamos al Nahuelito, un sobrino mío, viajar nuevamente al altiplano. Me había prometido que me iba a enseñar cómo era Bolivia, y yo me había dejado llevar por esas palabras, cómo si allá no hubiera cambiado nada en estos 35 años.

Como ya era tarde y nosotros nos habíamos adueñado prácticamente de la habitación, la médica nos conminó a salir porque éramos muchos, pero antes se tomó la molestia de revisar los exámenes y decirnos que estaban bien, que había una pequeña infección, pero que había que esperar…

Nos fuimos y se quedó el Tayil, otro de mis sobrinos, que antes de que partiéramos ya había acondicionado la pieza con algunos tangos.

Volvimos a Lavalle, un poco menos preocupado y con la certeza de que el viejo se recuperaría. Yo estaba escribiendo una novela, y había pensado en leérsela al otro día.

Hoy es sábado 9 de noviembre, se hace la tarde y vuelvo al hospital. Me quedo con el Ramón y no sé si contarle lo que sigue pasando en el vecino país, porque la crisis es cada vez más profunda y se acerca el golpe. En la sala no hay radio, ni televisión ni diarios. Las versiones que se den son las que pueda dar yo. Mi viejo me dice ¿cómo está la cosa en Bolivia? Lo veo un poco angustiado, no sé qué decirle, finalmente contesto «ahí está», estoy leyendo lo que escribe el Sebastián en Página 12, que desde hace semanas viene cubriendo el drama boliviano. Sebastián trabaja para una agencia ligada a los trabajadores rurales de aquel país. Para dejarlo tranquilo le digo «está complicado pero creo que va a ver resistencia». Mi viejo me mira y me contesta, «yo creo que ya está habiendo resistencia», y me describe nuevamente, como tantas veces, la reacción del pueblo y las mujeres durante el intento de golpe del 79.

Agrega que ya se siente bien, y que le ha dicho el médico, que si todo sigue de esa manera, al otro día nos vamos a la casa. Quiero creerle, pero el doctor no está como para corroborar dicha aseveración. Me dice despacito, que el que está jodido es el señor de al lado que ha sentido dolor todo el día. Le creo porque el señor de al lado sigue gimiendo. Le digo que descanse, es sábado a la noche y si duerme un rato, cuando se levante le voy a leer el borrador de la novela que estoy escribiendo. Me mira, se sonríe y ahora siento que siente orgullo por mí. -Bueno me dice, despertáme más tarde así me leés-

Me quedo a los pies de mi viejo sentado en una sillita leyendo no me acuerdo qué. Recuerdo las cartas de julio del 76, todavía las tengo, en las que mi viejo nos contaba cómo estaba la situación allá, como se las arreglaba para subsistir, y las ilusiones que teníamos con la marianita y la marcelita, mis hermanas, por los regalos que nos traería cuando volviera de Bolivia. Por la descripción que mi viejo le hacía a mi mamá, me parecía un viaje exuberante, lleno de aventuras alrededor de la selva, los ríos y los cerros con sus minas de plata.

Siento alrededor de mi mente, el día que el viejo cayó preso durante el mendozazo por salir a regalar el pasquín en el cual trabajaba, y que daba cuenta de lo que sucedía en Mendoza. Por mi mente pasan sus andanzas periodísticas por el diario La Libertad, junto a su mentor Perez Sande. Mi recuerdo se detiene en Domingo Politti, entrañable amigo de aventuras que todavía vive en La Paz y que alguna vez se ganó el mango como periodista en Mendoza. Mientras mi viejo descansa lo veo escribiendo en la Olivetti notas sin autor porque ha sido prohibido y soy yo el que siente ahora orgullo por él, por haberlo sido.

De pronto mi viejo se despierta y siento que todo se precipita. Son las 5 de la mañana, el Ramón me pide que lo lleve al baño se siente muy mal, está dolorido. Lo levanto y lo acompaño. Apenas puede cerrar la puerta. El dolor es ahora más intenso y apenas la abro para que salga lanza un grito de dolor. Lo alzo directamente y lo llevo a la cama. Lo acuesto y le acaricio las piernas. Llamo a la enfermera y le digo que está dolorido que por favor busque algún calmante. Sale veloz, lo tapo y lo acomodo entre las almohadas en una posición semisentada que le permite no sentir tanto dolor. Me mira y grita, -Jorgito me duele- y siento que golpea la cama. Regresa la enfermera y alcanzo a darle una pastilla. Ahora me mira nuevamente, pero ya no puede hablar, ahora soy yo el que grita y le pido a la mujer que mi papá se ha descompuesto. Vuelve nuevamente, yo lo abrazo, siento que se le va la vida en mis brazos, la enfermera le administra oxígeno, trato de ayudar porque estamos solos con ella, y veo el último aliento de mi padre pasar por al lado mío, besarme la mejilla y despacito, muy despacito, decirme que ya está, que es hora de irse, que su tiempo ya fue, que la nostalgia de los tiempos idos marca el pulso de los tiempos venideros. Y que ahora, sí ahora, es el tiempo de los hijos y de los nietos.

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Durante estos siete meses escribí cantidades de textos sobre mi padre, pero nunca pude publicar ninguno. La historia que acabo de contar es real, pero es aún más dolorosa, puesto que esa misma noche, sufrió un supuesto ACV el compañero periodista Sebastián Moro en el departamento que habitaba desde hacía más de un año en La Paz.

Todo hace pensar, por los rasguños y moretones que tenía en su cuerpo, que Sebastián fue víctima de la represión y del golpe que se desató contra el pueblo y los periodistas en La Paz, y que el mismo había ido describiendo todas las semanas en el diario nacional.

Sebastián fue llevado a la clínica Rangel de esa ciudad, y su hermana Penélope junto a su madre llegaron inmediatamente a la clínica en medio del golpe, y con un gobierno como el argentino que no lo reconocía como tal.

El día miércoles 14 de noviembre, Domingo Politti, el entrañable amigo de mi viejo y que vive a dos kilómetros de la clínica se acercó para constatar el estado de salud de Sebastián Moro y me alertó sobre su situación.

El Sábado 16 de noviembre, Sebastián falleció en la clínica.

El día 30 de noviembre hubo una conmemoración en honor a Sebastián. Asistí con mi esposa Laura. Me senté en un rincón, esperé a que Penélope se acercara, y cuando lo hizo, le dije que era el hijo del negro Abalo. Me reconoció y me dio un abrazo fuerte, me dijo que ella lo había querido mucho al negro.

Yo también la abracé, aunque en realidad creo que mi abrazo, fue el abrazo de mi viejo que le decía a Penélope susurrando en sus mejillas que la nostalgia de los tiempos idos, era la fuerza de los tiempos venideros.

Para construir una sociedad más justa.
La que soñó él.
Que al fin y al cabo fue la misma que soñó el Seba.


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