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22 septiembre, 2020

Un relato imperdible: La Campana de Severiano Mayorga

  •   Por El Despertador

           

¡Cuidado con nuestros temores!
En ocasiones nos ocurre lo que tememos.

Dedicado a mi amigo Orlando
González (El dueño del Condado).

Cansados de cabalgar durante toda la mañana y toda la tarde, a la caída del sol divisamos el «lindero» del puesto «La Vizcachera».
-Allí vamos a cenar y pasar la noche. En ese lugar viven dos viejitos, don Segundo Videla y doña Mercedes, la señora- dijo mi tío Cholo que nos había llevado a mi primo Walter y a mí al desierto, con la esperanza de cazar quirquinchos.

A nosotros, que en esa época éramos adolescentes, se nos antojaba el viaje una verdadera aventura, por primera vez salíamos de la finca en la Colonia Francesa, para internarnos en las enigmáticas soledades del desierto.
-¡Ni se les vaya a ocurrir reírse cuando conversen algo el viejito o la viejita, y si les da risa más vale que se salgan del rancho con cualquier pretexto!- agregó mi tío entre severo y divertido.

Una jauría de perros flacos salió a nuestro encuentro. Entre ladridos y movimientos de sus colas se acercaron a nosotros. Walter y yo, respetuosos del ceremonial aprendido de antemano, no descendimos de nuestras cabalgaduras, hasta que el dueño de casa nos invitase a hacerlo.
-¡Güenas tardes, señor, pase y siéntese!- Saludó alegre y respetuoso el anciano, limpiándose la mano que ofrecía en una bombacha bataraza y remendada.

 

 

 

Golpeaba un amasijo contra un palenque de palos torcidos de chañar, amarillentos y duros, tarea que abandonó al vernos.
-Buenas tardes don Segundo ¿ya no se acuerda de los amigos?- Mi tío, descubriéndose, le estrechó la mano, y bajó del caballo.
-¡Pero si es don Cholo Martínez pues! ¿Y cómo dice que le va yendo?
-Aquí andamos, con mi hijo y mi sobrino, dando una vuelta a ver si nos llevamos algunos cascarudos pa’ la casa.

Yo noté que mi tío se mimetizaba con las costumbres y hablaba casi de la misma manera que lo hacía el anciano.

Don Segundo se nos acercó. Y sonriente nos alargó la mano.
-Mayor gusto joven, pase y siéntese.

Al estrechar su mano nervuda y callosa, parecía que había agarrado la pata de una tortuga.

Enseguida desensillamos, y debajo de la enramada del rancho nos sentamos y fuimos agasajados con mate que cebaba el hombre, y tortilla al rescoldo, exquisita. Yo pensé que esa masa estaría también golpeada contra el palenque.

El lugar era como todos los puestos del desierto. Un rancho miserable de quincha, con piso de tierra apisonada, un balde con su burro y su manga, un corral de palo a pique, lleno de cabras y chivos, un ramblón, dos algarrobos gigantes y algunos chañares que sombreaban mezquinamente el lugar. Lo demás…arena y médanos a los cuatro vientos.
-¿Y doña Mercedes por dónde anda?-, preguntó mi tío por cortesía.

Don Segundo guardó silencio un instante, y mirando el horizonte contestó:
-No, la vieja me dejó solo. Falleció pa’l invierno pasao. Empezó con una tos y un dolor de pecho, y se fue empiorando de golpe. La llevé a Lavalle al dotor, de ahí me la mandaron pa’l Hospital Central en la ciudá, y la segunda noche empezó con un ronquido y a quejarse, y a la madrugada se cortó la pobrecita.
-Siento mucho el atraso- le dijo mi tío dándole le mano, y nos instó a mi primo y a mí con una mirada significativa a que lo imitáramos.

Yo me sentí un tanto extraño, pues era la primera vez en mi vida que le daba el pésame a alguien, pero remedé la fórmula que expresara mi tío.
El viejo agradeció cumplidamente nuestras condolencias, y guardó silencio un buen rato, mientras armaba un cigarrillo sacando tabaco de una guayaca gastada. Lo encendió y lo fumó todo sin sacarlo de los labios. Me pregunté cómo lo hacía sin que le molestase.

Comenzaba a anochecer, y con las sombras llegaba un viento que agitaba tristemente las ramas del algarrobo cercano.
-Sírvase don Segundo- le dijo mi tío mientras le pasaba una bolsa arpillera con algunas papas, algunas cebollas, dos zapallos «coreanos» que habíamos traído en el «carguero» desde la finca, y una damajuana de tinto.
Los puesteros agradecen especialmente dos cosas, que para ellos constituyen bienes muy apreciados, las verduras y el vino. Eso les permite variar un poco la dieta y… ¿por qué no? Alegrar un poco las noches.

Con mi primo exploramos un poco los alrededores, y aprovechamos para mear detrás de un médano. Al rato volvimos y una olla tiznada hervía en el fogón. El olor era apetitoso, pero tenía algo extraño.
-¿Papá, que vamos a cenar?- preguntó Walter, y mi tío haciéndole señas que se callara, con la vista significativamente le señaló un cuarto trasero de cabra que se hallaba colgado de un chañar, y cubierto con un trozo de tela mosquitera, para que no se le asentaran las moscas.

Adiviné que el guisado sería de cabra.

Ya entrada la noche, la luna llena, como una esfera sangrienta se dibujó hacia el este. Miré las estrellas, y las ramas del algarrobo con un fondo de cielo oscuro y nubes claras, más el ruido del viento me produjeron una extraña sensación.

Fascinación, inquietud y la rara impresión de estar en el momento justo, en el lugar indicado en el mundo. ¿Para qué? No lo supe, pero intuí que algo debía ocurrir, y yo estaba allí.

Cenamos en unos platos de latón, una especie de sopa gorda, de cabra vieja con papas y fideos. Nunca he vuelto a sentir ese exquisito sabor. ¿Sería el hambre?

Comenzó a refrescar un poco, y el viejo nos invitó a entrar en el rancho, puso una pava tiznada al fuego, y encendió un candil. Afuera, el viento continuaba meciendo, a la luz de la luna, las ramas del algarrobo.
-¿Papá vamos a dormir aquí adentro?- preguntó Walter a mi tío.
-No mi amigo, no los he traído al campo pa’ que duerman bajo techo ¡carajo!- contestó mi tío con esa voz entusiasta y esa risa franca que tenía.
Siempre lo recuerdo así.

Don Segundo apareció con un mate de asta, se sirvió el primero, lo escupió sobre el piso de tierra, y atento, le ofreció el segundo a mi tío.

El anciano, mientras suspendía entre sus dedos anular y mayor la guayaca, y armaba un cigarrillo, comenzó a conversar de los campos, de los chivos, de doña Mercedes, en fin, refería las cosas que una a una formaban su rutina y su existencia. Yo vi que Walter, sentado en un tronco, había apoyado la espalda contra la pared, y comenzaba a cabecear. Por mi parte, la luna y el viento, y la soledad del lugar me fascinaban de tal manera, que no aguanté la tentación, y le pregunté:
-Dígame señor ¿es cierto lo que cuentan del «gritón»?
-Sí pues, así ha de ser nomás joven. Yo mismo i sentido a veces a la hora e’ la oración, andando por ahí, un grito, como de alguien que me llamaba, desde atrás de un médano. No hay que hacerle caso, si usté joven lo escucha, no le conteste, porque si lo hace es pior, se le empieza a acercar, y cada vez grita más juerte, y es capaz de reventarle los oídos.
-¿Y en estos tiempos todavía pasan esas cosas?- lo interrogó mi tío, y yo adiviné algo de socarronería en su pregunta.

El hombre, pitando su cigarrillo, y sobándose la pierna, le contestó:
-Por estos campos antes pasaban muchas cosas, la «Salamanca», el «petiso con la novia», el «angelito», ahora ya mayormente es todo más tranquilo. El que dicen que una vez lo pelió al petiso fue el finadito Marcos Cabrera, y le asentó una guasquiadera con un arriador. Y otra vuelta, una noche de luna clarita, como esta, se les presentó al «Chulo» Parlanti y a mi compadre Sandalio Ríos, que habían hecho noche en un médano, cerca ‘el puesto «El atravesao», y le hicieron frente. ¡Al Chulo no lo iba a asustar así nomás, es un hombre muy capaz! Pero i sentido de otros a los que ha dejao moraos negros de los golpes que les ha dao. Güeno, dicen que el petiso es…ya sabimos quien»

Yo me hallaba sentado de frente a la puerta, dando la cara hacia el exterior; pretextando que me levantaba para estirar las piernas, cambié de lugar y fui a sentarme al lado de mi primo, de frente al interior de la vivienda. No era por nada pero…

Nos miramos con mi primo que se había despabilado, y la verdad es que no nos dieron muchas ganas de reírnos cuando hablaba el viejo.

Don Segundo comenzó a relatar algo que captó nuestra atención:
«Supe tener allá en mis años de mozo un vecino; un tal…Severiano Mayorga. El hombre tenía su puesto pa’l lao ‘el naciente. Yo tardaba unas dos horas más o menos pa’ llegarme hasta su casa. La mujer se le había muerto de joven, y él había criao a un tontito que le ayudaba con los trabajos del puesto. La verdá es que el hombre no era malo, nos sabíamos juntar pa’ las fiestas e’ la Asunción, o pa’ las fiestas e’ las Lagunas; o pa’l tiempo e’ la recogida. Como les cuento, el hombre no era malo, pero era muy créido en todo lo que le contaran; y una vez que había ido pa’l lao e’ la Colonia Francesa, hablando con el dotor, este le había contao que hay una enfermedá, en que el hombre queda como muerto, pero no está muerto. Creo que le dicen la pilesia…o algo así…No, no, no es esa…güeno no importa. Y el dotor también le había dicho que muchos que tienen esa enfermedá, los parientes los velan y los entierran creyendo que están muertos, y resulta que los pobrecitos viven, y lueguito se despiertan en el cajón, enterraos vivos, como quien dice; y se mueren desesperaos y ahogaos por falta di aire.

El asunto es que a Severiano se le dio por pensar que él andaba enfermo de ese mal, y todo el tiempo se la pasaba asustao pensando que lo iban a enterrar vivo cuando se muriera. Cuentan que hasta de noche se despertaba soñando que estaba en el cajón abajo e’ la tierra. Dicen que una noche llamó al tontito y le dijo: «¡Feliciano vení pa’ acá! Escuchame bien lo que viá decirte: si a mí me llega a pasar algo malo agarrá esta campana, le hacés un aujerito al cajón donde me pongan y le metés una soguita, y dejá nomás que me entierren así, pero que la soguita salga pa’ajuera e’ la tierra, y se la atás a la campana, pa’ que si yo me llego a despertar allá abajo, tiro e’ la soguita, toca la campana, y ustedes me sacan antes que me muera de verdá».
¡Ustedes pueden creer que se había tomao el trabajo de ir a lo Di Chiara en la Colonia, y se había comprao una campana!

Güeno, y como dicen que el mal viene si uno lo llama, el asunto es que una tardecita le agarró un ataque mientras encerraba las cabras, y ahí nomás Severiano Mayorga quedó seco».

Afuera, el viento se entretenía armando remolinos de arena, y seguía jugando con las ramas del árbol, y la sombra de éste danzaba sobre el arenal; la luna llena, inmensa, delataba las formas fantasmales de la aguada, el rancho y los médanos.

Estábamos solos, solos en ese ancho mundo, yo pensé que así sería vivir en la luna.
«Lo velaron ahí mismo, donde había vivido, y el Feliciano, pobre inocente, se olvidó lo que el finao le había encargao. El asunto es que la campana quedó guardada en un baúl que había en el rancho. Estuvimos toda la noche en el velorio, y le rezamos un poco. Al otro día, después de almorzar, lo enterramos en un reparito que había atrás de los corrales. Allá quedó Severiano, tal vez mirando pa’ siempre el campo, su rancho y sus cabras.

Algunos nos quedamos con el Feliciano, que había sido como su hijo, un rato, como pa’ acompañarlo, y de a poco a la hora e’ la oración nos fuimos yendo cada jote a su chañaral como quien dice. Al otro día, por la tarde se me ocurrió acercarme de nuevo pa’ ver si el pobre Feliciano, que no sé si les dije que era medio faltito, necesitaba algo. De camino me lo encontré por la picada a mi compadre don Lorenzo Azaguate, que iba pa’ aquel lao, y cuando llegamos al rancho del finao, no hallábamos al Feliciano por ningún lao. Mi compadre lo rastrió y lo halló muy cerca rezando y descompuesto de miedo. Nos contó lo de la campana, y nos dijo que durante toda la noche la campana había estao tocando sola, a cada rato, que él la escuchaba, y que no se había animao a entrar al rancho…en fin que pensaba que algo malo había, y que quería que lo desenterráramos a Severiano. Nos miramos con mi compadre y no supimos que hacer. Pero el inocente insistía tanto en que sacáramos el cajón pa’ ver si el finao estaba muerto de verdá, que mi compadre me dijo: «Está bien compadre, encomendémonos a Dios, y hagámosle el servicio a este pobre muchacho, sino nunca va a tener paz». Así es que persinándonos cavamos y levantamos el cajón. ¡Cuándo lo abrimos!

El viejo guardó silencio unos momentos, y haciéndose cruces continuó:
«¡Jesús, María y José, nunca en mi vida i visto cosa igual! El pobrecito Severiano estaba todo arañao, muerto, medio de costao en el cajón, y con una cara e’ miedo como no le i visto a nadie. Créanme ¡pánico, pánico! tenía ese hombre en el rostro ¡Parecía como que se había querido morder el cuello e’ la camisa!

Al muchacho lo mandamos pa’ atrás del rancho, y con don Lorenzo lo acomodamos como pudimos, y lo volvimos a enterrar al pobrecito.»
«Hoy por hoy, ese puesto es el que llaman «La Campana», y está todo abandonao, el rancho es una tapera. Dicen que si uno pasa por ahí de noche, se siente la campana tocar y es el finadito que llama pa’ que le hagan compañía. Yo cuando i pasao me tapo las orejas, y me encomiendo a Dios. También dicen que si alguna noche, uno en cualquier lugar siente una campana es porque Severiano Mayorga se va a llevar a alguno pa’ que le haga compañía.»

Acabó de contar el relato don Segundo, y nosotros nos retiramos a dormir. Tiramos el apero debajo de la enramada, y nos acostamos.
Walter, más afortunado que yo, al poco rato dormía profundamente, igualmente mi tío. Yo sentía el viento, miraba la claridad de la luna e imaginaba mil cosas extrañas.
De a poco me fui durmiendo…

El tañido no era fuerte, pero si regular y me despertó. Tardé un momento en tomar conciencia donde estaba. Pero había cesado. Entonces recordé todo, y atemorizado llamé a mi tío.
-¿Qué pasa Juancho?- me contestó entre dormido.
-Tío, escucho una campana- le dije en voz baja.
-Es el cencerro de la madrina en el corral, dormite y no tengas miedo- Me dijo.

Un poco más tranquilo, intenté dormir. Así lo estaba haciendo, cuando nuevamente llegó a mis oídos el sonido lejano de una campana.
Aterrorizado me cubrí hasta la cabeza…

Dormido, sentía que alguien me tiraba de los pies. Di un brinco, y ya aclaraba, vi a mi tío que, muy serio nos llamaba a Walter y a mí.
-Despiértense muchachos- nos dijo- el viejito ha amanecido muerto en la cama…

Han pasado cerca de cuarenta años, y aún hoy, cuando escucho una campana, me estremezco, recuerdo aquella noche lejana, la campana de Severiano Mayorga; e interiormente ruego porque no sea para mí el llamado.

Reseña del autor

Juan Edgardo Martin es abogado y escritor. Autor de los libros de cuentos: «CUENTOS DE LA COLONIA FRANCESA» y «COLONIA FRANCESA: LOS COMPAÑEROS DE LA LUNA Y OTROS RELATOS».
Además ha presidido la Sociedad Argentina de Escritores en Mendoza, y es autor otros libros inéditos: «Los desesperados» (Novela) «Cuentos de café y de fútbol» (Cuentos); «Narraciones escabrosas» (Cuentos); «Las Historias de la Historia» (recopilación de escritos publicados en LOS ANDES Y MDZ); «Colonia Francesa: Historias de la tierra brava» (Cuentos); «Prosa irreverente» (Ensayo). Su obra ha sido presentada en San Luis invitado por el gobierno de dicha provincia y en la feria del libro de Buenos Aires invitado en su momento por el gobierno de Mendoza, y en Malargüe invitado por esa comuna.


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