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30 septiembre, 2020

José Santos Guayama: Montonero de las lagunas

  •   Por El Despertador

           

José Luis Burba

No ocurrió solo una vez que la historia oficial omita datos, acomode situaciones y arroje resultados falsos.

También es habitual que se oculten identidades de criollos que lucharon por sus ideales en contra del poder central. Uno de estos casos es el de José Santos Guayama, llamado “el lagunero”, que con su tropa bien montada acompañó al Chacho Peñaloza y a Felipe Varela.

No fue sanjuanino ni mendocino ni puntano, “fue Huarpe” , y tal vez por eso su nombre se escucha solo en las lagunas de Guanacache y El Rosario.

Esta es una breve recopilación de su vida y sus actos. Vida de lucha, pendencia y sufrimiento, y actos de valor y arrepentimientos.

¿Quién fue “el lagunero”?

José de los Santos Guayama, «el hombre que murió nueve veces», fue un célebre gaucho argentino. Fue uno de los líderes de la «rebelión lagunera», en Guanacache (límite entre Mendoza, San Juan y San Luis).

Habría nacido entre 1830 y 1833 en una familia de origen Huarpe, aunque ya acriollados, es decir gauchos. Su padre, Gregorio Guayama, se había radicado en la zona aproximadamente en 1826, momento en el que adquiere una finca llamada “Cruz de Jume” en el distrito Las Lagunas (Guanacache), de allí su sobrenombre de “lagunero”.

Guayama transcurrió su niñez y juventud en una zona precaria y olvidada, llena de carencias. Resulta indudable, pues, que la formación de su carácter guarda relación con las ínfimas condiciones del terruño natal. Santos era alto, de buena contextura física, tenía cabello renegrido y vestía a la usanza de los paisanos, con poncho, chiripá y calzoncillo cribado. Se dice que era buen cantor y mejor guitarrero.

Santos vivió en 1850 agregado a una familia a la manera de lo que en esa época se entendía por “criado”. Al parecer presenció un hecho de sangre con arma de fuego y una muerte que lo marcó para siempre.

Tuvo dos hijos con una mujer llamada Agapita González. Por esa época habría vivido en la Represa de Las Liebres. Resistió como bandolero durante varios años, hasta su captura y fusilamiento. Tras su muerte fue y será objeto de culto popular en la región que habitara.

La rebelión lagunera

Se decía de las Lagunas de Huanacache (o Guanacache) y del Rosario:

“…subsistía allí un núcleo de cultura Huarpe con sus cultivos, tejidos, alimentos y bebidas tradicionales, pescaban con canoas y redes, producían admirables artesanías trenzando la totora y proveían sal, pescado y otras mercaderías a las poblaciones cuyanas, sin embargo, aguas arriba, el aprovechamiento de los ríos para riego fue convirtiendo en pantanos gran parte de los estanques naturales y la zona sufrió un proceso de desertización. Algunos grupos indígenas llegaron al lugar escapando a la destrucción de sus asentamientos, y fue un santuario para perseguidos y desclasados de variada procedencia”.

Aquella zona fue «impenetrable» para la policía por más de 40 años. Cuando aguas arriba, en el piedemonte mendocino, se cortó el agua que llegaban a las lagunas y estas comenzaron a secarse, Santos Guayama lideró la «rebelión lagunera» en 1860.

Su vida de montonero

Luego de la batalla de Pavón en 1861, el unitarismo porteño bajo las órdenes de Bartolomé Mitre, sugiere la absoluta destrucción de los focos federales del interior, y para ello encarga tan nefasta acción a oficiales tales como Sandes, Paunero e Irrazábal, para los cuales el fusilamiento sin juicio previo o el paso a degüello serán las instancias predilectas que usarán para “civilizar” el país.

Santos es un gaucho astuto y extraordinario jinete y un día de 1862 traba amistad con el caudillo federal Ángel Vicente “El Chacho” Peñaloza, de quien fue su lugarteniente hasta su muerte en 1863.

En 1866, en el marco de la revolución federal de los colorados, Felipe Varela llegó a Jáchal. Guayama se le sumó con una partida de “Laguneros”. Varela consiguió reorganizarse con 1.000 soldados. Pero desde ahí no podía con sus enemigos unitarios Taboada y Arredondo.

Se retiró hasta Antofagasta de la Sierra mientras esperaba que los federales de Antonio Latorre se le sumaran. Alcanzó a ocupar Salta y Jujuy en octubre de 1867. Allí cumplieron un papel importante las fuerzas “laguneras”, quedando diezmadas pero no derrotadas. Habrían encontrar en su debilidad objetiva la voluntad subjetiva de resistencia.

Guayama ocupó Orán, pero ya no le quedaban más de 100 hombres. Al final, cruzó con Elizondo la frontera.

La cruzada federal de Felipe Varela luego de la muerte de El Chacho estaba en marcha, y José de los Santos Guayama, lugarteniente de Varela en el combate de Pozo de Vargas en 1867. Varela “perdió” la batalla, pero Guayama y Elizondo salvaron una parte muy importante de la caballería y muchas armas que les quitaron a las tropas de Antonino Taboada.

Dentro de las varias letras que tiene la famosa Zamba de Vargas, una de ellas recuerda a los “laguneros” de Guayama:

A la carga, a la carga dijo Varela
Salgan los laguneros, rompan trincheras

Rompan trincheras si, dijo Varela
Carguen los laguneros de dos en fondo

De dos en fondo si, dijo Guayama
A la carga muchachos, tengamos fama

Lanzas contra fusiles, pobre Varela
Que bien pelean sus tropas en la humareda
Otra cosa sería armas iguales

Varela asciende a Guayama al grado de Teniente Coronel. A partir de allí ya es intensamente buscado por las autoridades de San Juan, Mendoza, La Rioja y San Luis, todas provincias bajo regímenes liberales, y empiezan las andadas del gaucho “lagunero”.

El 7 de agosto de 1868 lo vemos atacando La Rioja capital, pero es rechazado, aunque en el segundo intento el día 19 del mismo mes, logra hacerse con la ciudad y el aprovisionamiento de 200 fusiles. La victoria le saldrá a su encuentro también en Chilecito, días más tarde.

El gobierno mitrista, siendo Domingo Faustino Sarmiento su Ministro de Guerra, queda estupefacto ante los triunfos de Santos Guayama, por lo que da inicio al exterminio definitivo, por medio de una “guerra de policía”, de las montoneras federales del noroeste argentino. La consigna para el gobierno riojano aquel 20 de noviembre de 1868 fue terminante: “Ataque y destruya la montonera de Guayama”.

Guayama se mantuvo un tiempo en Los Llanos riojanos. Lo atacó el comandante Ricardo Vera y lo venció en El Garabato, en febrero de 1869. El marzo lo atacó el mayor Antonio Loyola en Las Jarillas.

Corre la noticia de que Santos Guayama, Sebastián Elizondo y otros caudillos menores se sometieron voluntariamente a las autoridades de La Rioja, pero aquello no fue sino el producto de un sensacionalismo imaginario, dado que en abril de 1870 Guayama resurge en el pueblo de Caucete (San Juan), junto a 200 hombres, ante la sorpresa de todos.

Gobernaba la provincia de San Juan José María del Carril, el cual, sin perder tiempo, ordenó perseguir tenazmente a la montonera gaucha con las fuerzas de la Guardia Nacional a las órdenes del Comandante Villa. La persecución duró un día entero, hasta que la Guardia Nacional sorprendió en una hondonada a los huidizos gauchos de Guayama que se encontraban acampando allí.

El ataque furtivo y sorpresivo los desbandó, haciéndoles perder prácticamente toda la caballada. Se sabe que del escollo José de los Santos Guayama pudo escapar por la Quebrada de Guayaupa, acompañado de un asistente.

A partir de allí impera el más absoluto silencio en torno a Guayama. Nadie logra dar con este representante del federalismo criollo. El último dato obtenido era que andaba oculto con solamente cinco de sus montoneros. Las profundas desapariciones de Santos Guayama motivaron que en más de una ocasión se detuviera a personas de similar aspecto para ser luego fusilados, todo por creer que al fin se había dado con él.

En este sentido, el Gobernador de Mendoza, Arístides Villanueva, creyó tomarlo prisionero en la localidad sanjuanina de Santa Clara. Villanueva no solamente incurrió en una invasión jurisdiccional contra San Juan sino que, además, fusiló dos sujetos pensando que uno de ellos era Guayama y el otro alguno de sus colaboradores.

En enero de 1871, Guayama estaba operando en San Luis, cuyo gobierno pidió a Mendoza y San Juan una acción combinada. Era jefe de policía en San Juan, Benjamín Bates, quien envió al comandante Francisco Vila a atacar a Guayama.

Lo alcanzó en la Punta del Médano. En ese momento, Guayama con su gente asaltaban una tropa de carros. El guerrillero logró fugarse con 200 hombres. Vila y su gente mataron 23 montoneros y tomaron 29 prisioneros, pero no lo alcanzaron a Guayama.

Un hombre de Vila, el Mayor Carrizo, informó al intendente general de policía, el Mayor Agustín Gómez (más tarde gobernador de San Juan), que la policía de Las Lagunas protegía a Guayama hacia el sur, del lado mendocino.

En febrero de 1872 volvió a aparecer en Caucete y Cochagual. Tres presuntos colaboradores de Guayama fueron detenidos en San Juan. Eran los hermanos Castro, Gregorio Correa y Salvador Merlo.

El 21 de febrero de 1872, el ministro de guerra de Sarmiento, Martín de Gainza, ordenó la represión y escarmiento. Gainza no le reconoce que se trate de un caudillo político, y dice que por esa razón está impune. Gainza dice que Guayama, es “salteador de caminos”, y por esa razón “está fuera de ley de la Naciones”.

Es el concepto de Sarmiento: “la constitución y las libertades están para los hombres de opinión que difunden sus escritos por la prensa, para masa popular está la policía de seguridad y el código penal”.

Guayama contestaba a sus críticos: “Pero amigo, yo nunca maté a nadie… cuando veo que la gente no tiene pa’ comer y los que pueden dar, son mezquinos y comen ellos solos… yo les quito a esos pa’ darle a los necesitaos… Yo no asalto, ni mato a nadie pa’ juntar y engañar a mi gente. Ellos me siguen porque no tienen trabajo y yo les doy de comer… Y si me siguen… mejor”.

Guayama (que cuatrereaba y robaba contrabando ajeno), se apoderó de unas 80 mulas, y con una caballada muy grande y 50 hombres se fue hacia la frontera. Dos vecinos cuyanos (Escudero y Ceretti), fueron asaltados por el invicto “lagunero” que les exigió rescate en onzas de oro.

En octubre de 1872 merodeó entre Puente del Inca y Uspallata. Luego retornó a Las Lagunas. Una partida enviada desde San Juan, ultimó a José del Carmen Valenzuela, que era en esa época, el segundo de Guayama.

En febrero de 1873 apareció en la Sierra de Minas en Los Llanos. El juez de paz de Ulapes retuvo a 9 guerrilleros. Una comisión policial puntana entró en San Juan y avanzó hasta Caucete tratando de alcanzar a Guayama. Pero en lugar de capturarlo o exterminarlo a este y a su gente, lo que hicieron los policías puntanos fue robar caballos, además de degollar a un hombre y a un niño.

El gobierno sanjuanino no podía dar caza a Guayama, recriminaba al Gobernador mendocino Villanueva por mentiroso y tenía que protestar ante el gobierno de San Luis porque quedaba demostrado que era peor la policía que cualquier bandidaje.

Cuando Domingo Faustino Sarmiento gobernaba el país, una vez más, aparece Guayama en Caucete, durante los primeros meses de 1874. Algunas crónicas indican que Guayama promocionaba por algunos ranchos sanjuaninos la candidatura de Carlos Tejedor (quien fuese después Gobernador de Buenos Aires), para presidente de la República a partir de 1874. Otros lo emparentaron haciendo favores en “actos comiciales bravos”, rozándose, según parece, con destacados elementos de la política cuyana.

El Coronel de caballería don Agustín Gómez fue elegido gobernador de la provincia de San Juan a inicios de 1878. Antes había sido Intendente General de Policía e Inspector General de Milicias, cargos desde los cuales intervino en cuanta misión de responsabilidad le cupo, entre ellas la de perseguir numerosas veces a la montonera federal de Santos Guayama.

No obstante ello, en lo que en principio pareció ser algo insólito, Gómez solicitó ayuda a Guayama para que le sumara los votos de sus numerosos amigos, a lo que Guayama accedió. Pero esta apacible convivencia entre el “lagunero” y la gobernación sanjuanina duró muy poco. Una de las primeras medidas tomadas por el Coronel Gómez fue librar una lucha sin cuartel contra lo que llamó “el gauchaje salteador”.

La amistad con el Cura Brochero

Uno de los episodios más insólitos que la patria gaucha nos ha dejado durante su existencia fueron los misteriosos y míticos encuentros que, en medio de los montes riojanos, mantuvieron el cura José Gabriel del Rosario Brochero y el Teniente Coronel montonero Santos Guayama.

Brochero, que conocía sus andanzas siempre le tuvo estima y respeto al gaucho rebelde, y por eso le insistió para que regresara a la “vida normal”. Las montoneras hacía rato que se había silenciado, si bien varios de sus caudillos permanecían escondidos por desconfianza, temiéndoles a las “civilizadas” autoridades que los buscaban por cielo y tierra para exterminarlos.

El cura gaucho estaba próximo a inaugurar una Casa de Ejercicios Espirituales en la Villa del Tránsito (hoy Villa Cura Brochero, Córdoba), promediando el año 1877.

José Gabriel Brochero anhelaba inaugurar las sesiones espirituales contando con la presencia de su amigo José Santos Guayama, el viejo guerrero de la montonera gaucha que era perseguido tenazmente por las tropas unitarias. En un célebre documento en que enumera a los cuatro grandes amigos de su vida, Brochero incluye a Guayama.

Pero no iba a ser sencillo atraer al indómito montonero para que sea parte de la inauguración de la Casa de Ejercicios que había montado, con mucho esfuerzo, el cura Brochero, pues Santos Guayama era un prófugo de la ley y porque su cabeza tenía precio.

Brochero buscó infructuosamente la redención de su amigo y se internó en el desierto, en su zona de influencia realizando una inmensa tarea evangelizadora que podía costarle la vida. El presbítero Pedro Aguirre López llegó a hablar así del cura gaucho:

“Su enjundia de sacerdote y hombre criollo aparece en toda la prestancia del apóstol abnegado y celoso, que olvida los peligros para conquistar un alma para el bien y el honor. Nadie, ningún jefe militar, ningún civil, ningún sacerdote, se habría atrevido a internarse en el desierto en búsqueda de la oveja perdida. Sólo Brochero pudo hacerlo”.

Según Ramón J. Cárcano “Brochero se propuso desarmarlo y hacerlo entrar a la vida civilizada de trabajo y de sosiego” a Guayama. Vagó varios días en solitario el cura criollo por La Rioja, acompañado únicamente por su pensamiento cristiano de ayuda al prójimo. Hay otra versión que indica que Brochero se dirigió a La Rioja acompañado por Rafael Ahumada, un colaborador suyo.

En esas largas jornadas, los resultados fueron nulos, hasta que un buen día se topó con algunos gauchos que lo conocían a Guayama.

Brochero les interrogaba por su jefe, pero un misterioso silencio impedía ubicar el sitio exacto donde se hallaba refugiado, sin embargo, jamás se dio por vencido, de allí sus persistentes caminatas en medio del monte y campos despoblados.

Cuando los objetivos de su tarea misional empezaban a flaquear, dio con un hombre que era amigo y servidor del gaucho montonero. Esta persona era un hombre de confianza de Guayama, y como tal le prometió conducirlo hasta donde se encontraba, no sin antes prevenirle sobre los riesgos que eso podía acarrearle al cura gaucho.

Se asegura que éste consintió la situación sin pensarlo dos veces. José de los Santos Guayama ya había sido notificado de la presencia de Brochero, por tal motivo sugirió que el inminente encuentro se realice en un bosque espeso e impenetrable. El cura se apareció en el lugar indicado de forma puntual, pero el gaucho montonero no asistió a la cita. Algunas crónicas señalan que Santos Guayama desconfiaba del cura ya que creía ver en él un hombre manso que se traía consigo una celada para capturarlo.

El sacerdote, por cierto, no era de esos. Brochero quería atraer a los antiguos montoneros que aún sobrevivían para que no sigan muriendo envueltos en la impunidad.

Pasados algunos días del primer encuentro fallido, el cura Brochero volvió a tratar de encontrarse con Guayama, quien aceptó nuevamente el convite. Esta vez, el religioso iría acompañado del amigo de Guayama que encontró apenas pisó suelo riojano y que le previno de los riesgos en que incurría su misión.

En esta ocasión, su escolta haría de intermediario entre el cura y Guayama. Arribados al lugar pactado, ni rastros había del Teniente Coronel montonero. Entonces Brochero y el amigo de Guayama trazaron un plan: aquél se quedaría en el lugar donde se iba a llevar a cabo la ansiada reunión, mientras que éste, experto baqueano de la zona, trataría de hallar a Guayama y traerlo ante la presencia de Brochero. Y así hicieron, nomás. Como a 200 metros fue encontrado el desconfiado gaucho “lagunero”, que hacía un buen rato espiaba de lejos a su compañero y al cura.

Ya anochecía en medio de la nada los dos hombres, hablaron largo y tendido. Nadie quiso interrumpir ese momento sublime, de allí la soledad que los rodeó. Brochero aseguró que lo sorprendió la cultura y la corrección en el habla que mostraba Guayama, y que, incluso, demostraba cierta elegancia en el vestir. Tenía en la ocasión, asegurará el propio Brochero años más tarde, un chaleco blanco de piqué y gran cadena de oro.

En el transcurso de la entrevista, que fue larga, Guayama acusa signos de remordimiento que quedarán plasmados en una serie de extensos versos que transcribe para dárselos, luego, a Brochero.

Las propuestas que le hizo el cura Brochero al ex lugarteniente de Felipe Varela eran generosas. Le prometió entregarle una estancia con numerosa hacienda, dándole una fuerte participación en sus productos, lo que conseguiría de un acaudalado propietario de su Departamento (San Alberto), en la provincia de Córdoba. Al mismo tiempo, Brochero ofreció pagarle todas sus deudas y conseguirle un indulto por parte del Gobierno Nacional. Aseguran que Santos Guayama, agobiado por las persecuciones le pidió más que nada por esto último.

Lo único que consta con certeza es que Brochero invitó a Guayama a los Ejercicios, y que Guayama aceptó, aunque sabiendo que estaba fuera de la ley, podía ser prendido por cualquiera y sometido al último suplicio. Santos le pidió entonces al cura que para ir a los Ejercicios necesitaba de un salvoconducto otorgado por el Presidente de la República (Nicolás Avellaneda), documento que tan sólo él podía conseguirle. El cura se comprometió a ello y se despidieron.

El general Julio Argentino Roca, ungido como ministro de Guerra durante ese mismo año de 1877, ante la requisitoria que le hizo Brochero por el indulto para su amigo Guayama, respondió que por parte del Gobierno Nacional no se le molestaría, pero que esto mismo no podía asegurarle respecto a la acción común que podría entablarse ante los tribunales ordinarios. Nunca se conseguiría un indulto ni un salvoconducto porque no había voluntad política para perdonar a los gauchos montoneros.

El esforzado Brochero fue en busca de Guayama una vez más, quizás para darle tranquilidad o para darle esperanzas de que algún día su vida dejaría de correr peligro.

Este nuevo encuentro en los montes fue en vano, ya que Guayama mantuvo con firmeza su desconfianza. Ni él ni sus hombres irán a la flamante Casa de Ejercicios Espirituales del cura Brochero en Córdoba, seguramente por temerle a la autoridad.

Captura y muerte del “lagunero”

Como era común en los bandoleros populares, Guayama «robaba y repartía», protegiendo a los más pobres. Un dato curioso son los numerosos informes sobre las «muertes» de Santos. Se han registrado por lo menos nueve comunicados oficiales sobre su muerte, lo que confirmaría la obsesión por librarse de él. Arístides Villanueva puso especial empeño, sin lograrlo.

Confiado de que poco y nada le sucedería luego de haber colaborado en el triunfo del Coronel Gómez en las elecciones para Gobernador, Santos Guayama bajó sus defensas y fue entonces que una partida de 15 soldados, a cuyo frente se encontraba el capitán Mateo Cano, lo detiene una mañana de diciembre de 1878 en la casa de un amigo en la Capital de San Juan.

Enseguida es trasladado al cuartel de San Clemente donde se le labró un sumario que, misteriosamente, desapareció con el tiempo, tal vez debido a ciertas declaraciones muy comprometedoras para personas de hondo arraigo en la sociedad sanjuanina.

Acusado de “coimear” a una parte de los guardias y, por ende, de encabezar un motín (jamás probado dentro del cuartel donde se hallaba detenido), José Santos Guayama y dos supuestos cómplices fueron fusilados el martes 4 de febrero de 1879. Tenía entre 46 y 49 años.

El periódico “La Unión” del 6 de febrero pone en tela de juicio el procedimiento llevado a cabo, al señalar lo que sigue: “Guayama y los dos soldados han muerto fusilados por orden del mayor de la Guardia Municipal, porque, se dice, que este cuerpo intentaba una sublevación. Si es así, nosotros negamos desde luego la facultad que se ha atribuido el mayor al mandar ejecutar a Guayama y los soldados; como se sabe, Guayama estaba sometido a la justicia ordinaria y todo hecho y tentativa por parte de aquél a libertarse, debía ser comunicado al juez que conocía en la causa, para que ordenara las medidas que el caso reclamara, para lo cual tiene facultad”.

Y agregaba: “Pero nunca se puede admitir que un jefe militar arranque de un juez natural los presos confinados a su custodia y proceder a ejecutar en él, sentencia de muerte. El mayor que ha ordenado la ejecución del martes no ha podido pasar sobre el artículo 18 de la Constitución Nacional, ni sobre el artículo 14 de la Provincial, sin cometer un acto violatorio y repugnante al Código Fundamental”.

Al enterarse de tan lamentable procedimiento, el cura Brochero lloró su pérdida como si se tratara de un familiar. Cinco años y dos días después de la muerte del gaucho lagunero, Sebastián Elizondo, antiguo compañero suyo de la montonera, será uno de los que venguen su trágico final al asesinar al por entonces senador y ex gobernador sanjuanino Agustín Gómez, quien había traicionado a Guayama.

La devoción en las lagunas

En las ermitas del desierto (las «travesías» cuyanas), sobrevive su imagen, y aún ahora, en las fiestas de El Rosario y la Asunción, los promesantes afirman que una figura de San Roque (retocado como un criollo), muy milagrosa «en realidad es Santos Guayama».

La historia argentina lo ha olvidado, pero su pueblo no. El poema “Los Gauchos de Guayama”, escrito por el poeta Miguel Martos, en un tramo recuerda así al honrado gaucho federal:

Montonero de Guayama,
el del poncho calamaco
y la vincha colorada…
el del caballo de acero
y la montura chapeada;

El que lleva su hidalguía
en la punta de su daga
y el que tiene cien victorias
en su lanza de tacuara…
¿Adónde vas, montonero,
montonero de Guayama?.

Los datos oficiales son escasos, por omisión, error o mala intención se evitó documentar la historia para evitar investigaciones posteriores. Esa falta de información oficial fue suplantada por el imaginario popular que convirtió a Santos Guayama en un personaje de culto.

Ejemplo de ello es el poema que antecede al Bailecito de Guayama, compuesto por el guitarrista, intérprete y cantautor de música popular, Santos Ramón Vera:

Dicen que Santos Guayama era un hombre de avería.
la verdad, es que defendía la dignidad de su pueblo,
en una patria asaltada por traidores y egoístas.

Dicen que anduvo San Juan, Mendoza, también San Luís,
Comarca que por raíz a la raza Huarpe ancestral
virtudes del puma dan para luchar y vivir.

Con su escuadrón lagunero empujando un ideal,
«No van delante de nadie… Ni a la rastra de nadie van»

PAYADA POR GUAYAMA

Por ese entonces vivía
Santos Guayama, el matrero,
Siempre andaba en pie de guerra
que al frente de montoneros,
dominando valle y sierras
y atacando a los puebleros.

Los jueces lo condenaron
a morir sin remisión,
“por ser contumaz ladrón
y sanguinario homicida”;
mas él defiende su vida
con la bravura del león.

Pero ¡oh misterios humanos!
no era Guayama un bandido
de corazón pervertido
y alma sin sentimiento…
-muchas veces era herido
por crueles remordimientos.

Por senderos solitarios
lo han visto, baja la frente,
lamentarse tristemente
de la vida que llevaba…
-cuando la noche cerraba
le oían cantar doliente:

“Qué triste es vivir la vida
con el alma dolorida,
sin más pasión ni esperanza
que el rencor y la venganza!

¡Qué triste es vivir errante
con la amenaza constante
de ser con juria matado
como el peor de los malvados!

Mas hombre honrao yo he sido
y con la ley he cumplido,
viviendo cristianamente
ante Dios y ante la gente!

Jueron la humana codicia
y las grandes injusticias
las que mi vida amargaron
y mi rencor despertaron…

Por eso tengo el consuelo
de esperar que allá en el cielo,
cuando me dicten sentencia,
me juzguen con más clemencia…”

Oyendo hablar de aquel hombre
que tantos males causaba,
Brochero en firme pensaba
visitarlo en su guarida;
-y ese encuentro lo planeaba
aún a costa de su vida.

Y envuelto en su poncho criollo,
una mañanita clara,
en su macho Malacara,
emprende la correría
sabiendo que en su osadía
el poder de Dios lo ampara.

No lleva armas de muerte
pa dominar al matrero;
como cura y misionero
se vale de la oración
pa infundirle sumisión
al hombre más altanero.

Cruzando sierras y valles,
ríos, bosques y llanuras,
con ansiedad y premura,
si darse pausa ni tregua,
más de noventa leguas
anduvo aquel santo cura.

Y recién allá en la Rioja
lo encuentran al viejo bandido,
en los bosques escondido
por temor a una celada…
dende lejos su mirada
sus pasos había seguido.

Cuando el cura lo descubre
alza el Cristo con su mano
y: “No desconfiés, hermano!
le grita con voz muy juerte,
dame el gran gustaso’e verte
y charlar como cristianos…”.

Guayama lo mira fijo
mientras despacio murmura:
“¿Cómo saber si este es cura
o melico disfrazao?
a muchos han engañao
con la santa investidura”.

Pero pronto se da cuenta
que aquel hombre era sincero;
y con gesto caballero
aprieta la mano amiga
que el güen cura le prodiga
a pesar de ser matrero.

“Gracias, gracias, señor cura,
dice el gaucho conmovido,
sé que soy un perseguido
e indino de su visita…
más usté dirá qué cuitas
a mis pagos lo han traído”.

“Yo vengo, le dice el cura,
pa hacerte cambiar de vida;
vos sos oveja perdida
del redil de los cristianos;
si seguís de contramano
te va a agarrar la partida.

“No es posible que sigás
viviendo como matrero;
no seás gaucho altanero,
ganate el pan con decencia…
hacé caso a tu conciencia,
sé hombre honrao y sincero”.

Es el caso que Brochero
le habló de un modo tan santo,
que Guayama sintió espanto
de la vida que llevaba,
y aunque vergüenza le daba
redamó un amargo llanto.

-“Llorá nomás, dice el cura,
mas no perdás la esperanza,
yo mesmo te doy mi fianza,
si te hacés ejercitante,
de ir hablarle al gobernante
pa que te indulte la pena;
pa que llevés vida güena,
sin temor, en adelante”.

Gustoso acepta Guayama
lo propuesto por el cura;
y aunque la cosa le es dura,
promete bajar al llano
y vivir como cristiano,
dejando sus aventuras.

Ansí acabó la entrevista
que todos tanto temían;
Brochero a todos decía:

“Yo lo juzgo un hombre güeno;
provoca su desenfreno
el odio y la prepotencia;
pero con bondá y pacencia
se le puede poner freno”.

Mas naides quiso escucharlo
y en la cara se le rieron.
“Es imposible, dijeron,
que un hombre tan inhumano
llegue a ser un güen cristiano”.
y el indulto no le dieron.

¡Cómo entristeció su alma
tan brutal incomprensión!
porque aquella negación
todo lo echaba a perder;
sólo quedaba tener
pacencia y resignación.

Y al enterarse Guayama
que nada se conseguía,
rianudó sus correrías
de pillaje y rebelión;
al negársele el perdón
más feroz se lo volvía.

Mas un día lo apresaron
sigún la gente imagina,
traicionado por su china
y al verse ya prisionero
le escribió al cura Brochero:
“¡Véngase, que me asesinan!”

Se apresta el gaucho a acudir,
dejando todo de lao,
al angustioso llamado…
y cuando la marcha inicia
le traen la triste noticia
que a Guayama lo han matao.

Sollozó algunos instantes
y murmuró esta oración:
“Dios mío, ten compasión
de este mi fiel amigo…
Tú también eres testigo
Que tuvo güen corazón…

Si jué rebelde y matrero,
jué más por incomprensión…
¡tratalo con compasión!
perdonale sus pecados,
así como has perdonado
a Dimas, el güen ladrón”.

Fuente: Triviño, Presbítero Julio.
“El Cura Brochero”, 1964.

Bibliografía

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DIARIO LOS ANDES. 2003. Santos Guayama escapa al olvido. Domingo 21 de Diciembre Edición impresa. http://archivo.losandes.com.ar/notas/2003/12/21/cultura
GALASSO, N. 2012. Santos Guayama: El lagunero. http://www.periodicovas
ILLANES, D.C. 2016. Santos Guayama. Historia de San Juan. Diario Libre. Info. http://www.diariolibre.info
O´DONNELL, P. 2008. Caudillos federales. El grito del interior. Grupo Editorial Norma. Buenos Aires. 352 p.
REVISIONISTAS. 2008. José Santos Guayama. www.revisionistas.com.ar
TIGRE CAPIANGO. 2009. Los encuentros míticos del cura Brochero y Santos Guayama. http://aurora-arg.blogspot.com.ar


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