Despertador Online

El diario del Oasis Norte de Mendoza

Alegorías

23 diciembre, 2020

ZONDA

  •   Por Juan Martin
           

“Cuenta la historia que en aquel pasado tiempo en que sucedieron tantas cosas, reales, imaginarias y dudosas…” JORGE LUIS BORGES (“La Luna”)

CAPÍTULO I

El fantasma de tierra negra se agigantaba en el horizonte triste de aquella tarde gris.

El cielo palidecía, como intimidado por la próxima llegada del ingrato visitante. El sol se había ido convirtiendo en una bola amarillenta, y si bien se opacaba de a poco, el ambiente era caliente.
Seco y caliente.

Todo se volvía áspero, hostil, el atardecer aparecía por anticipado. El día terminaba de mala manera.

Era la hora triste del zonda.

Dentro de poco llegaría del norte, como un enviado del desierto, destinado a atormentar hombres y bestias.
Las mulas se ponían como locas, y no obedecían. Los obreros de la tierra preferían dejarlas en paz en sus corrales. La gente, de a poco, se encaminaba a sus hogares, huyendo del intruso.
Las primeras ráfagas iban llegando y los álamos, arabios y olivares las recibían estoicamente. Cascotes resecos y blancuzcos se desgranaban en pequeños perdigones de tierra. Las tiernas yemas de los sarmientos sufrían el azote caliente.

Todo era marrón, viejo, los ojos se irritaban.

El mundo había extraviado todo lo que había en él de azul, verde y lozano. La esperanza era algo perdido y olvidado.
Un hombre bebía solo en el mostrador del almacén. Esa noche debería caminar por las calle de “Las Cortaderas”, hacia el norte, a cumplir con su palabra. Marcharía bajo la bóveda verde de ramas de arabios, por la calle angosta y arenosa. Pasando la Finca “Santa Amalia”, debía andar un buen trecho, y al llegar a la vieja cruz de hierro, cumpliría lo prometido.
Amancio González, “el Ruso”, tal como le decían desde niño, no acostumbraba a desdecirse.

Si el “Ruso” González, había dicho una cosa, pues así debía ser. Todos los que le conocían sabían eso.

El hombre tomaba pausadamente su vaso de vino tinto, y afuera el zonda agitaba los cañaverales, hacía rodar las bolas de cardo ruso, y convertía a la Colonia Francesa en un caserío envuelto en una bruma parda.

En la hora de la oración las mujeres rezaban en sus casas el Rosario, aferrando con sus manos secas las cuentas:

“Santa María Madre de Dios
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén…”

El hombre era alto, enjuto, de rostro seco y curtido; un par de patillas renegridas enmarcaban un semblante tostado por el sol. Según la vieja costumbre, llevaba su manta colorada colocada sobre los hombros, y el cuchillo escondido en la vaina y apresado bajo su faja, por detrás de su cuerpo.

Pagó su trago el Ruso, se ajustó la faja negra que llevaba a la cintura, y armó un cigarrillo de a poco.
-La puta, tarde fiera, ojala no se nos incendie algún potrero. Nunca falta un zonzo que le dé de comer al zonda- dijo Enrique Albacete, el dueño del almacén.
-Ya está casi de nochecita, don Enrique, va siendo hora de irse- contestó tranquilamente el Ruso.
-¿Y, amigo?, no me diga que va a cumplir la apuesta de anteanoche- Albacete llenaba pacientemente una botella de vino que iba sacando con una goma de una bordelesa que había al fondo del lugar.
-Ya es hora y “puestas son puestas”, y a lo jugao… pecho- el Ruco abrió un poco la puerta de gruesa madera, y una ráfaga caliente le dio en la cara.
-Pase buenas noches don Albacete.
-Hasta mañana Ruso.

El hombre se persignó y salió despacio a la intemperie, se ajustó el barbijo del sombrero, y caminó a paso firme y sereno por la calle de Las Cortaderas hacia el Norte. Recibía el viento de frente, las ramas de los álamos crujían en lo alto, y las sombras avanzaban sobre el pueblito triste y desierto.
Andando por la calle polvorienta unos trescientos metros hacia el norte, las casas terminaban y sólo había fincas a ambos lados del sendero. Allí siguiendo el camino (que de a poco se iba convirtiendo en huella), uno encontraba de trecho en trecho alguna casa o ranchito a la orilla, luego todo se iba espaciando, hasta que como a los tres kilómetros comenzaba la finca “Las Cortaderas”, lugar donde había una vieja bodega y la administración de la propiedad.

A mitad de camino estaba, a la orilla de la calle, la cruz del “finao don Estanislao Villegas”, tal como le decían todos en el lugar.

El hombre del poncho colorado caminaba resuelto y tranquilo hacia el norte, entre la tierra y el viento que barría la noche ya oscura.

Seguramente al otro día comenzaría a sentirse algo de frío, pues siempre el zonda regresa desde el sur sobre sus pasos. Pero esta noche era caliente todavía.

CAPÍTULO II

Cuatro hombres jugaban al truco en “La Cantina Vieja”, así le decían a un almacén de Ramos Generales, propiedad de don Carmen Polvercich.
-¿Y, compadre?, ¿cómo andamos pa’l primero?
Preguntaba con una sonrisa socarrona Lorenzo Jofré.
-Usté dice… ¿pa’l envido?- Santiago “el zorro” entrecerraba sus ojos, molesto por el humo del cigarrillo al que acaba de dar una larga chupada.
El Ruso y Benito Barona se miraron inteligentemente y aquél respondió secamente:
-¿Envido ha dicho Lorenzo?
-¡Quiero!- se entusiasmó Santiago Fernández.
-¡En su casa, lo van a querer mi amigo, treinta y tres y la mano castiga al culo!
Benito Barona extendió sobre la mesita un siete y un seis de bastos, y allí finalizó la partida.

Continuaron los amigos tomando cerveza hasta muy tarde, y cuando decidieron retirarse, Lorenzo, que sabía que el Ruso debía “cortar” el camino a su casa pasando por la calle de la cruz del recordatorio, que terminaba en la de Las Cortaderas, le dijo medio en broma, medio en serio:
-Llévese unas velas Ruso, así le prende al finao, pa’ que no lo joda, cuando pasa por allí de noche.
-No creo en ánimas, Lorenzo, así es que paso siempre silbando.
Todos sabían que el Ruso era hombre de carácter.
-Así será si usté lo dice, pero que las hay, las hay, como dice el dicho- Santiago hablaba con una sonrisita entre serio y divertido.
-Dicen que hay que matar el ánima de una puñalada, pa’ que deje de penar: clavando un cuchillo en la tierra junto a la cruz una noche oscura, y dejar el cuchillo clavao, y buscarlo al otro día. Pero no creo que nadies lo haga.- Esta vez Lorenzo Jofré hablaba en serio, y miraba fijo al Ruso.
-Vea Lorenzo, pa’ que se desengañe que los muertos no asustan, el viernes, si es noche cerrada, los espero a los tres cerca ‘e la esquina ‘e la calle ‘e la cruz y la calle ‘e Las Cortaderas, unos cien metros antes, donde está el Carolino, y voy y lo hago…

Los amigos, luego de apostar la vuelta para todos, se habían despedido, y esa noche, el Ruso pasó caminando frente al nicho. Una vaga inquietud lo invadió, pero comenzó a silbar una tonada, y continuó su camino. La luna iluminaba, entre tajos de claridad dejados por las ramas de un pimiento, una cruz de hierro con unas flores secas…

CAPÍTULO III

Dicen que hace muchos años un tal Estanislao Villegas tenía un puesto de cabras mas allá de la Finca Las Cortaderas, cuando en esos lugares sólo había potreros de pasto.
Estanislao era un hombre muy cruel y desalmado, tanto con su familia, como con los animales. Castigaba todo el tiempo, y sin miramientos a los caballos que utilizaba.

Un pobre huérfano había tenido la mala fortuna de ser recibido en la casa de Estanislao como “entenao”, tal como se llamaba entonces a los chicos que eran criados por una familia extraña, ante la falta de sus progenitores.

Don Estanislao castigaba ferozmente al huérfano por cualquier motivo, y nadie salía en defensa del pobre infeliz.
“Anoche le i pegao al Catulo con un cabresto doblao y se me ha réido nomah”

Lo cierto es que al llegar a la juventud, Catulo (es probable que su nombre verdadero haya sido Cástulo), cayó presa de una rara enfermedad. Comenzó a deambular por las calles solo, con un palo en el hombro, se tornó sucio y descuidado. Pero en honor de verdad, nunca fue agresivo ni hostil.

Los vecinos atribuían a las golpizas de Estanislao la enfermedad de Catulo. El pobre había sido víctima de la esquizofrenia, y terminó muriendo, demente, tal vez en la ciudad de Mendoza.
Algunos refieren haberlo visto pidiendo limosna en las cercanías del Hospital Central, en los últimos años.

Pero, volvamos un poco atrás.

Antes de la muerte de Catulo, pero cuando éste ya comenzaba a extraviar el sentido, una noche oscura, oscura, en que corría un zonda muy fuerte, su tutor lo llevó a buscar leña. Al otro día, sólo aparecieron en el puesto de Esanislao las dos mulas con el carro, y un perro galgo que siempre lo acompañaba. Al pobre loco lo encontraron dos días después caminando cerca de Costa de Araujo…
El cadáver del viejo Estanislao fue hallado en las inmediaciones de donde luego erigieron el nicho. Al parecer, algunos perros habían tenido festín…

La Policía concluyó informando que probablemente el hombre había resbalado del carro, y al caer se había desnucado. Catulo, cuando le preguntaban, sólo decía que lo había matado “la muerte”.
Obviamente, nadie tomó en serio sus declaraciones.
Al poco tiempo, alguien armó en el supuesto lugar del hecho, un pequeño recordatorio de ladrillos, y le puso una cruz.

Después comenzaron a decir que en las noches en que corría viento zonda, se escuchaba cómo el látigo del viejo castigaba sin piedad a los animales, y al infeliz demente. Incluso algunos aseguraban escuchar los gritos del desdichado muchacho.

CAPÍTULO IV

El Ruso llegó al viejo Carolino, y escuchó cómo las ramas crujían en lo alto del árbol gigante. Se sentó en cuclillas sobre una pierna flexionada, y dejó descansar su cuerpo, sacó una vieja guayaca de cuero gastado, y armó un cigarrillo. Lo encendió de un solo intento, cobijando la llama en el hueco de la palma de su mano, y esperó.

Recordaba, de niño, haber visto en alguna oportunidad al loco pasarse horas enteras parado al sol en el pueblito. Sin que le molestasen las moscas golosas que lo rodeaban por la mugre de sus harapos, ni el calor. Incluso una vez en un carneo, en casa de su padrino, había visto cómo su padre apiadándose había regalado a Catulo un par de morcillas recién sacadas del tacho hirviendo. Pero eran imágenes muy fugaces. Hacía mucho de eso, y él era muy chico en ese tiempo.

Fumaba el hombre, pero algo indefinido lo inquietaba, no era como otras noches que había pasado por el lugar sin prestar importancia a los comentarios.
Había un raro sentimiento que lo preocupaba vagamente, pero no acertaba a descifrarlo.

No podía dejar de mirar en dirección al recordatorio.

Le pareció distinguir unas sombras que se acercaban. Por las dudas, escondió la brasa del cigarrillo detrás del revés de su mano, se persignó y con la mano sobre el puñal, y de pié, esperó.
-Lorenzo…Santiago… ¿Benito?
-¿Bravo el zonda, Amancio?- Su amigo de la infancia, Benito Barona, siempre lo llamaba por su nombre de pila.
-Así es nomás, pues-

Por alguna razón, habían olvidado las bromas habituales, y todos se encontraban algo incómodos e intimidados.
-Bueno, Ruso, no hay necesidad de hacer nada, mejor no provoquemos al finadito, y vamos a lo de don Carmen a tomar una cerveza- Lorenzo hablaba muy serio.
-No Lorenzo. Hago lo que tengo que hacer, y después usté se paga la vuelta en La Cantina.- Contestó calmadamente el Ruso.

El hombre apagó el cigarrillo, palpó su puñal, como para asegurarse que lo tenía, se envolvió pecho y cuello con la manta colorada y caminó resueltamente en dirección a la cruz.
-Espérenme que enseguidita vuelvo- Fue su saludo.

Los tres amigos lo vieron irse, y a los pocos metros su figura se perdió entre la oscuridad y las ráfagas de viento.

El Ruso se acercó al recordatorio, inexplicablemente sintió un escalofrío y una sensación desconocida, se erizaron los pelos de su cuerpo. Aún así, tomó con decisión el puñal que llevaba, lo desenvainó y lo hundió con fuerza en el pequeño montículo de tierra.

Parecía que la noche se había vuelto más oscura en ese momento. Solo murmuró para sus adentros:
“Que Dios le de paz, y a mí me guarde”

Giró su cuerpo para regresar, pero no pudo, algo se lo impidió.

Algo le impedía moverse de donde estaba. Un extraño poder lo tenía apresado y no lo dejaba regresar con sus amigos. La fuerza invisible le aprisionaba el poncho. Una ráfaga fuerte de viento le voló el sombrero.

El hombre tiró desesperado por zafarse, y sintió un ruido de como algo que se desgarraba.
Se sintió desfallecer.

Por fin logró liberarse, y corrió…corrió como nunca había corrido en su vida.

Lorenzo, Santiago y Benito esperaban ansiosos su regreso, pero observaron al hombre que corría despavorido hacia donde estaban ellos, y lo vieron caer unos metros antes.
-Me agarró…me agarró de atrás.

Amancio González estaba lívido, había muerto en ese instante.

El médico al que lo llevaron en el pueblo dijo que había fallecido de un ataque al corazón…

EPÍLOGO.

Al otro día amaneció frío y nublado. Era “la vuelta” del viento zonda.

El ciego Zacarías y el niño que lo guiaba, su sobrino nieto, el “Catingo”, muy temprano, cuando empezaba a clarear, pasaron por la calle de Las Cortaderas, frente a la cruz.
-¿Sabe una cosa agüelo? Toy viendo algo muy raro en la cruz, a la orilla ‘e la calle.
-¿Usté dice en la cruz del viejo Estanislao, m’ijo?
-Si, agüelo, no me lo va a creer, pero hay un cuchillo clavao hasta el mango, en la tierra ‘e la cruz, pero también han clavao en la punta ‘el cuchillo un pedazo ‘e lana colorada, y algunas hebras ‘e lana las ha volao el viento hasta las ramas ‘el carolino grandote. ¿Se lo traigo agüelo?

El viejo, por un momento, pensó, y respondió muy despacio.
– No m’ijo, el hombre prudente no se alza con las cosas ‘e los muertos, más vale dejarlos en paz.

Ambos se persignaron y siguieron su camino…

FIN.

Gustavo André, octubre de 2008.

Nota del autor: Faltaría a la verdad si pretendiera atribuirme la autoría de este relato. La idea original sobre la que se ha construido el cuento, corresponde a una vieja tradición oral que aún se relataba en los años de mi niñez en la Colonia Francesa. Por lo tanto, desconozco a mi benefactor intelectual.


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