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El diario del Oasis Norte de Mendoza

La región hace escuela

3 agosto, 2021

50° aniversario de la biblio Pujadas: Un descubrimiento maravilloso

  •   Por El Despertador
           

Mariela Traslaviña

Observar las hormigas siguiendo su recorrido con esa carga que muchas veces doblaba el tamaño de su cuerpo, oír al amanecer el canto de los pájaros o el graznido de los patos y los gansos que reclamaban sus granos de maíz para comenzar su día, mirar desde la alta copa de un árbol el mar verde formado por los parrales que rodeaban todo el espacio de la finca donde crecí. Esos son algunos ejemplos de placenteras actividades que me brindaron mis primeros conocimientos del mundo. Más adelante en el tiempo, aprendí a leer la palabra escrita y mi búsqueda de conocimientos se extendió al mundo de los libros.

El proceso para adquirir la lectura y escritura de las palabras no fue sencillo. No hubo jardín de infantes para mí en aquellos años. Con cuidado y asombro, fui colocando sobre el pupitre esos elementos extraños (lápiz, goma, colores, cuaderno) que mi madre había comprado y guardado para aquel momento donde iniciaría el primer grado de la escuela primaria. La maestra fue mi guía. En el aula, ese nuevo lugar, la pizarra representaba para mí un gigantesco mundo oscuro que se podía iluminar con el blanco de las tizas.

Un día fue el «Día del libro». Tenía siete años. Mi maestra me eligió para obsequiarme un libro nuevo de tapa dura. Esperanza Álvarez de Torres, se llamaba ella, pero le decían la señorita «Chispa». ¡El regalo fue sorprendente! Sentí su olor y su peso en mis manos, lo abrí, y cuando descubrí sus letras y sus dibujos el pecho se me inundó de alegría, una alegría que se parecía mucho a la que experimentaba cuando descubría en alguna parte del parral, en la primavera, un pequeño nido de jilgueros con sus huevecillos blancos.

El título de aquel libro era «La Cenicienta». «Érase una vez…», comenzaba narrando. ¡Lo amé! Lo leía en todas partes: en mi cama, sobre mi árbol favorito, a la orilla de la acequia mientras oía el ruido del agua cayendo en forma de cascada en la compuerta… En pocas semanas, lo aprendí de memoria y quise compartirlo. Entonces, invitaba a todo el mundo en la escuela para que me escuchara: a mis amigas, principalmente, a la señorita Tita, nuestra bella celadora rubia, y a las maestras. Los varones, por lo general, jugaban al fútbol en los recreos, transpirando sus guardapolvos blancos en la enorme cancha de tierra de la escuela José Andrés Díaz.

El tiempo transcurrió entre viajes en bicicleta a la escuela, nuevo hermanito y veranos increíbles en la enorme pileta de la finca. Cumplí diez años y recibí la noticia más hermosa del mundo: en Villa Tulumaya existía una biblioteca denominada «Biblioteca Popular José Adriano Pujadas». Mi maestro Ignacio nos hizo llegar una invitación de esa biblioteca para participar en un concurso literario. ¡Qué emoción sentí! Pronto comencé a imaginar una historia en mi mente que luego volqué en un papel. Cuando estuvo escrito el cuento, se lo di a mi maestro para que lo acercara a ese lugar maravilloso. No gané, pero me quedé con la alegría de saber que ese mundo existía.

En una de las visitas que hicimos a nuestros familiares en Villa Tulumaya, en el Barrio Santa Cecilia, pedí a mi prima que me acompañara hasta la biblioteca porque deseaba conocerla. Ella ya era socia y accedió a mi pedido con todo gusto. Cuando llegamos, nos recibió Blanca Santini, la señora bibliotecaria que guiaba a los lectores en su búsqueda. Recuerdo las estanterías repletas de libros, la serenidad del ambiente, el sol iluminando la sala de lectura a través de las ventanas. Si pudiera ver hoy a la niña que fui, creo que la vería con esos ojos verdes tan abiertos y asombrados como los de Hiram Bingham, el explorador estadounidense, cuando descubrió la ciudad de Machu Pichu el 24 de julio de 1911, o Heinrich Schliemann, un arqueólogo y aventurero alemán que en 1871 encontró las ruinas de la antigua ciudad de Troya, o Zhao Kangmin, el arqueólogo chino que mostró su hallazgo al mundo un día de abril de 1974: Los Guerreros de Terracota de China. ¡Así de grande era mi asombro!

En el transcurso de los años, he visitado la «Biblioteca Popular José Adriano Pujadas» en varias ocasiones. Muchas veces lo hice para recrear mi imaginación con los personajes de los libros: Gulliver, Hansel y Gretel, Don Quijote de la Mancha, Madame Bovary, José Arcadio Buendía, Martín Fierro, Segismundo y su vida hecha de sueños, Odiseo y su bella Penélope y muchos más. Otras veces, he acompañado a mi hija para participar en alguno de los talleres propuestos para el crecimiento artístico e intelectual de niños, niñas, adolescentes, jóvenes y adultos.

La biblioteca popular es un espacio cultural al que puede acceder cualquier ciudadano, es la oportunidad de ampliar los conocimientos sin discriminación de género, nivel social o económico, raza o religión. Así lo siento, y así también lo sintió Juana Paula Manso, educadora, escritora, periodista y una de las grandes personalidades de la educación y la cultura argentina del siglo XIX. Fue ella quien fundó la primera biblioteca popular en el interior del país, quizás motivada por los principios de los fundadores de nuestra patria, como don José de San Martín que cierta vez afirmo: «La biblioteca destinada a la educación universal es más poderosa que nuestros ejércitos».

Nuestra querida «Biblioteca Popular José Adriano Pujadas», fundada un 19 de julio de 1971, además de representar para mí un maravilloso descubrimiento en mi infancia, es también, para el pueblo de Lavalle, un espacio que promueve la participación democrática, la expresión de diversas ideas, el acceso al conocimiento a través de los libros y el apoyo a la educación de las comunidades de nuestro departamento por medio actividades que rescatan sus tradiciones o crean nuevos bienes culturales por medio del arte, principalmente. Hoy alcanzo a imaginar con orgullo que esta es la biblioteca popular que soñó alguna vez Juana Paula Manso.


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