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De viaje por el mundo

8 septiembre, 2022

Otro orden, o el fracaso de los procesos moderados

  •   Por El Despertador
           

¿Qué es lo contrario de orden?

Otro orden.

Waldo Ansaldi, historiador.

Por Carlos Almenara

No ocurre sólo en Argentina. Fuerzas que llegan al poder político por vía electoral con programas de reparación social, ampliación de derechos y distribución de ingresos se ven jaqueadas por una derecha intransigente que, de inmediato, intenta desestabilizar sus gobiernos.

Para ello cuenta con un novedoso arsenal de medios de comunicación dispuestos a inventar cualquier mentira bajo sofisticados guiones semióticamente diseñados, y políticos y jueces que actúan bajo un pacto mafioso.

Casos como los de Chile y Perú, además de Argentina, parecen replicar una especie de “ir al centro”. Aceptan la capacidad de veto de esa entente y morigeran o cancelan cualquier iniciativa que canalice la indignación de ese sector (eso es, indignación, odio, que construyen con falacias aterrorizantes).

Estos gobiernos tampoco tienen un arsenal preparado para utilizar los métodos de Esteban Bullrich cuando fue ministro de Educación de Macri: “Hay que lanzar varias iniciativas al mismo tiempo, le abriste 12, el gremio focaliza en una y las otras 11 avanzan». No tienen una “metralleta” de iniciativas, sino que las mismas son, más bien, escasas.

Así, los “vetos”, las derrotas, la “falta de firmeza” se vuelven un mazazo a su propia base electoral. Fuente de frustración, transmite la sensación de que nada puede hacerse.

 

¿Es así? ¿Nada puede hacerse?

 

Quien da la respuesta es Macri, con sus hechos. A cuatro días de asumir nombró dos jueces de la Corte por decreto, cooptó (vaya a saber con qué medios) a opositores para que se los votaran, derogó por decreto (en los hechos) la Ley de Medios en su primer mes, armó una SIDE que le sirvió para hostigar con amenazas a la hija de la procuradora Alejandra Gils Carbó hasta que hizo renunciar a su madre, algo análogo ocurrió en Provincia de Buenos Aires, extorsionó al presidente de la Auditoría General de la Nación, cargo opositor, hasta que lo obligó a renunciar… en fin, la lista del terrorismo macrista podría llevarnos un año entero.

Macri pudo “cambiar” las reglas, aún en instituciones en que se encontraba en minoría

Como los ancestros del macrismo, la dictadura genocida, cambian las reglas, redistribuyen la riqueza (para ellos) y una vez retornada la institucionalidad siguen controlando los resortes económicos, cuentan para ello con una protección judicial que no tuvieron los despojados.

Se dirá que es incomparable, que Macri representa el poder y eso le da facilidades, que un gobierno popular no puede aplicar los mismos métodos, que “no somos lo mismo”, y otras argumentaciones descalificando la comparación. Seguramente todos razonamientos y sentidos éticos plausibles. Sin embargo deben mencionarse dos cosas:

– Se reconoce a “El Príncipe” de Maquiavelo como hito fundante de la “ciencia política” porque expone, sin ambages, el objeto del campo disciplinar: el poder, independiente de la ética. El secretario florentino para nada fue una persona con conductas contrarias a las leyes o a la moral pública, simplemente, identificó un campo de problemas con objeto propio. Trayendo la cuestión a nuestro tema, si se quiere sostener políticamente un proyecto político popular, enfrentando una derecha brutal como nunca se ha visto, con un comportamiento mafioso, con jueces, con medios, con embajadas, pero amén de eso se quiere manifestar una superioridad ética en el actuar político, lo menos que se esperaría es que esa cuestión sea el corazón del discurso de la fuerza ética. Debería estar “sobre la mesa”, todos los días, el contraste de los “honestos” con los “atorrantes”. Ciertamente sería sorprendente para los anales actualmente existentes llegar a tal conclusión en Argentina. Ni propios ni ajenos identificarían de tal modo al peronismo.

– Lógicamente, si hay tal superioridad ética, ella debería manifestarse en el conjunto de las conductas, cosa que siempre es difícil. Nada garantiza lo impoluto de las fuerzas populares, casi por definición, aluvionales. Cualquier defección (y es casi inevitable que alguna ocurra), en tales condiciones de disputa, implicaría una derrota en todo el frente de batalla.

Está por verse la suerte de estos procesos políticos. Pongamos como casos típicos Perú, Chile, Argentina.

Un miembro de la familia es México, aunque allí el balance parcial parece bastante más exitoso. López Obrador cuenta con dos elementos a considerar: ganó con mayoría abrumadora y eso le dio cierta comodidad legislativa y, según parece, tiene coraje.

El caso de Colombia es, quizás, la incógnita que más incertidumbre genera. País de una complejidad increíble, con mucha violencia y con la presencia, siempre desestabilizadora, de los yanquis, lo único que se puede observar al momento es que quienes llegan al gobierno no son cuadros improvisados.

Cada uno de estos gobiernos enfrenta el mismo problema: cómo mejorar la distribución del ingreso en un contexto de enorme condicionamiento, enfrentando a una derecha capaz de cualquier cosa y con casi todo el poder. Las respuestas no son idénticas.

Si hubiera que arriesgar una conclusión tentativa, que no estamos en condiciones de demostrar, sujeta a las contingencias de cada historia y cada país, diríamos que los procesos de “moderación” fracasan de modo rotundo. Sólo aquellos que sean capaces de radicalizar la confrontación, con enormes problemas porque no hay salida sencilla, serán los que puedan sostenerse y sosteniéndose preservar un Estado nacional atacado por las derechas y por Estados Unidos.

Ni aquí, ni nunca, podrá alegarse que “no hay alternativas”. No puede aducirse que es imposible transformar la realidad. Ya vimos que desde la conducción del Poder Ejecutivo, poder, se puede. Lo que no es semejante es la convicción, la decisión y el coraje. Quizá allí radique el nudo de los diferentes resultados.

Como señala Waldo Ansaldi en la cita del comienzo, no es cierto que estemos condenados a un camino indefectible, hay otro(s) camino(s), no son el caos, son caminos distintos. La pregunta no es si existen, existen, la pregunta es si los conductores quieren recorrerlos o están relativamente cómodos en el camino que, al fin y al cabo, así sea con problemas, los depositó en posiciones de mucho poder.

 

 


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