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3 de mayo de 2026

Cuatro enemigos: la voz de un veterano de Malvinas

  •   Por Enrique Gomez
           

El dolor que significó Malvinas nunca se apagará. No es un hecho que se limite al 2 de abril: Malvinas debería interpelarnos todos los días de nuestra vida, como herida abierta y como memoria colectiva.

Para comprender lo ocurrido es necesario abordar múltiples aristas. En primer lugar, el contexto nacional: una dictadura genocida que, en sus últimos estertores, buscó perpetuarse en el poder utilizando una causa profundamente sentida por el pueblo argentino, como la legítima reivindicación de la soberanía sobre las Islas del Atlántico Sur. A ello se sumó una utilización propagandística de la guerra, basada en un culto al heroísmo y al valor abstracto, que invisibilizaba el sufrimiento humano, la muerte y la destrucción inherentes a toda conflagración bélica.

Para Silvio Katz, Veterano de Guerra de Malvinas, el enemigo no fue uno solo. Fueron cuatro: “La guerra, las tropas inglesas, parte de los oficiales y suboficiales del Ejército Argentino y, finalmente, la posguerra: el ostracismo, la falta de apoyo estatal y el olvido”.

¿Dónde te encontró el 2 de abril de 1982, día del desembarco de tropas argentinas en las islas? “Yo estaba cumpliendo los últimos días del Servicio Militar Obligatorio en el Regimiento de Infantería Mecanizado 3, en La Tablada, provincia de Buenos Aires. Nos despertaron de madrugada, nos llevaron al playón del regimiento y allí nos comunicaron la noticia. A mí me causó un inmenso dolor, porque siempre entendí —y sigo entendiendo— lo que significa una confrontación bélica. El amor por el país no se discute, pero la guerra duele”.

¿Qué situaciones comenzaron a vivir al llegar a Malvinas?

“Llegamos el 11 de abril. Nos decían que íbamos a ser solo un ‘ejército de ocupación’, que todo iba a terminar pronto. Había un negacionismo absoluto: aseguraban que los ingleses no llegarían. El ‘radio pasillo’ decía que en un mes nos reemplazarían porque no resistiríamos el frío. Pero el viento era brutal, las lluvias constantes y la ropa escasa e inadecuada. Pasamos hambre: no se puede sobrevivir con una manzana y un sándwich por día. El armamento era obsoleto, anterior incluso a la Segunda Guerra Mundial. Estábamos a cargo de un ejército negacionista y antipatria. Yo hubiera querido integrar el Ejército de los Andes, pero nos tocó una institución que arrojaba personas vivas al mar y se apropiaba de niños. Ese ejército no cuidó a jóvenes de 18, 19 y 20 años, y cuando desembarcó el enemigo, se escondió detrás de nosotros”.

 La vida bajo los bombardeos

¿Cuándo comenzaron los ataques ingleses?

“Después del hundimiento del Crucero General Belgrano, a partir del 3 de mayo, la isla comenzó a ser bombardeada incesantemente, sobre todo de noche. Al hambre, el frío y la falta de abrigo se sumó la vigilia permanente. Los días de combate fueron menos de lo que parece, pero aun así resistimos. A los ingleses les costó avanzar porque, incluso en condiciones totalmente desiguales, les hicimos frente”.

¿Cómo era la vida en las trincheras?

“Absolutamente inhumana. Dormíamos sentados sobre la tierra, con frío, hambre y agotamiento. A eso se sumaban los maltratos y las torturas de nuestros propios superiores. Fui castigado por mi color de piel y por profesar una religión distinta de la católica. Ese castigo fue, en esencia, un delito de lesa humanidad”.

El periodista  Hernán Dobry  recoge estos hechos en su libro Los Rabinos de Malvinas (2012). En el capítulo 5, Silvio relata los abusos antisemitas sufridos por parte del subteniente Eduardo Sergio Flores Ardoino, hechos que motivaron una denuncia judicial:

“Me castigó todos los días por ser judío. Me congelaba las manos en el agua, me tiraba la comida en la mierda y tenía que sacarla con la boca. Me insultaba, decía que los judíos éramos cobardes. Disfrutaba viéndome sufrir. Les decía a los demás que a ellos les hubiera pasado lo mismo si fueran judíos como yo”.

 La odisea de un regreso sin gloria

Tras la rendición, la dictadura continuó en el poder durante un año y medio más. En ese tiempo, la tortura siguió, ahora en el plano psicológico. Se responsabilizó a jóvenes de apenas 20 años por una guerra que quienes mandaban no supieron —ni quisieron— conducir. Nos ocultaron, nos negaron, nos silenciaron. Como Veteranos de Guerra no recibimos apoyo alguno. El llamado “regreso sin gloria” no fue una metáfora: lo vivimos en carne propia.


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