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30 de noviembre de 2025

El Archivo Sonoro de Música Popular de Mendoza abrió su capítulo lavallino con un encuentro participativo

  •   Por Juan Burba
           

La tardenoche del 22 de noviembre asomó con ese sol cayendo, que en la primavera lavallina no pide permiso. En la Biblioteca Pública de Villa Tulumaya, las puertas, mejor dicho los jardines, se abrieron como si respiraran hondo de nuevo: la pérgola con sus mesas y bancos, cables sobre el piso, un pequeño equipo de sonido, y un aire de expectativa que se acomodaba en cada rincón. En ese paisaje sencillo pero cargado de intención, el primer Archivo Sonoro de Música Popular de Mendoza se presentaba por primera vez ante la comunidad lavallina, en un encuentro que buscaba algo más que informar: quería escuchar.

El proyecto, financiado por la Fundación Cultural Latin Grammy, está integrado por cuatro músicos, estudiantes de la UNCuyo, que vienen trabajando desde hace meses en la identificación, digitalización y conservación de registros de la música popular mendocina. Su material «de base» proviene del histórico estudio de grabación Zanesi, donde grabaron referentes indiscutidos como Tito Francia, Armando Tejada Gómez o Félix Dardo Palorma.

Pero el trabajo que se han propuesto no se trata sólo de reunir grabaciones dispersas, sino de tejer un mapa que permita reconocer tradiciones, genealogías, voces y movimientos culturales que muchas veces quedan fuera de los archivos oficiales. En Lavalle como primera posta, que continurá por otros rincones de la provincia, la apuesta tuvo un ingrediente extra: incluir desde el inicio a quienes forman parte viva de esas memorias.

Eugenia Luján, de la Agencia Aguar, encargada de la logística, abrió la actividad con una bienvenida breve, casi ceremoniosa, que habilitó el clima para lo que siguió. La gente llegaba de a poco: músicos locales, escritoras, medios de comunicación, vecinos que habían escuchado la invitación en la radio, y algunos curiosos atraídos por el eco de la palabra archivo, que en los pueblos suele tener más aroma a papeles que a canciones. Pero aquí la cosa iba por otro lado.

Fue el cantautor lavallino Pablo Luján quien inauguró el encuentro con una selección de sus composiciones. El silencio bajo el algarrobo se acomodó como si hubiera encontrado su sitio. Luján, acostumbrado a tocar en patios y festivales del departamento y la provincia, desplegó un repertorio que conversa con el paisaje: cuecas con aire de callejón, tonadas que resguardan historias familiares, melodías que atraviesan generaciones. En un momento invitó a una de sus alumnas, Guadalupe, a tocar junto a él. La joven entró tímida, pero el instrumento le dio una seguridad natural. Entre ambos se creó un pequeño puente que marcó el espíritu de la jornada: tradición y aprendizaje conviviendo en el mismo gesto.

Tras esa apertura musical, Luján compartió una reflexión que quedó dando vueltas entre los presentes. Habló de la tensión que muchos artistas sienten entre el deseo de crear y la presión del «mercado», esa maquinaria invisible que obliga a correr detrás de festivales, algoritmos, tendencias o métricas que poco tienen que ver con la profundidad del proceso artístico. «A veces parece que no hay tiempo para lo que uno quiere decir de verdad», lanzó, dejando una de esas frases que se quedan flotando aunque cambie el tema.

Luego llegó el momento de la presentación del Archivo Sonoro. El equipo trajo varios materiales para mostrar: cintas abiertas que parecían objetos salidos de otra vida, cassettes con caligrafía familiar en las etiquetas, vinilos que conservan marcas del uso y el paso del tiempo. Cada soporte es una puerta hacia voces ilustres que ya no están o hacia músicas que aún respiran en los festivales de barrio. La explicación técnica incluyó cómo se realiza la digitalización, cuáles son los criterios de catalogación y qué desafíos se presentan cuando se trabaja con registros deteriorados o sin información clara sobre su origen.

La Agencia Aguar, que acompañó la logística de la actividad, fue clave para el armado general. No solo gestionó el espacio y la difusión, sino que articuló con la Municipalidad de Lavalle para disponer del sonido necesario. Cada detalle ayudó a construir esa atmósfera de encuentro comunitario, donde lo profesional y lo afectivo se cruzan sin pedir permiso.

Después de la presentación, la actividad giró hacia el conversatorio. Los jardines de la Biblioteca quedaron en una especie de círculo ampliado y la conversación fluyó con naturalidad. Según contó luego Valentina Monti, integrante del equipo del archivo, participó un lindo grupo de personas, todas con perspectivas distintas. Algunos hablaron desde su experiencia en la música, otros desde la historia barrial, otros desde la comunicación o la literatura. Entre todas las voces se fue armando una pregunta central: cómo construir colectivamente el capítulo lavallino del archivo.

Monti lo explicó luego en una evaluación que realizó tras la jornada: «fue nuestra primera consulta popular para integrar a la comunidad lavallina al archivo. Escuchamos propuestas, opiniones, formas de ver la música y su pasado. Nos nombraron muchos referentes para incluir. Este será el primero de varios encuentros». Su tono transmitía entusiasmo, pero también la responsabilidad de un proyecto que se apoya en la memoria viva de los territorios.

Los nombres que surgieron durante el conversatorio son parte del patrimonio afectivo de Lavalle: Domingo «el Negro» Camalla, inevitable referencia del requinto a nivel nacional, con décadas de escenarios; «el Cefe» Gómez, referente y autor local cuya voz resguarda historias y presentes lavallinos; Juanita Vera, nuestra calandria; Cacho Montenegro, animador de larga trayectoria con amplio conociemiento que podría aportar al archivo. La lista fue creciendo a medida que las y los presentes recordaban anécdotas, festivales, peñas, grabaciones caseras que podrían nutrir el archivo.

También hubo quienes hablaron de la importancia de involucrar a las nuevas generaciones, no solo como público sino como protagonistas. En ese sentido, la participación de Guadalupe en la apertura tuvo un eco simbólico: la transmisión no solo ocurre en los relatos, sino en la práctica compartida, en el ensayo, en la guitarra que pasa de mano en mano. Se hizo un apartado especial en la definición de lo «popular», y se coincidió que no sólo se limita la folklore, el rico rock mendocino como ejemplo.

Monti destacó que la charla quedó grabada y será incorporada al archivo como primer registro del proceso en Lavalle. La decisión de incluir ese material no es menor: reconoce que la construcción del archivo también es una práctica cultural en sí misma, donde la forma de escuchar y debatir cuenta tanto como las grabaciones históricas.

El cierre del encuentro dejó una sensación de comienzo. No hubo un aplauso final estruendoso ni una foto de grupos rígida: hubo conversaciones que siguieron afuera, intercambios de contactos, promesas de acercar materiales guardados en casas de familia. El archivo empezó a expandirse en directo, como un organismo que se alimenta de los gestos cotidianos.

El proyecto seguirá con nuevos encuentros en distintos puntos de la provincia, siempre con el mismo objetivo: construir una memoria sonora que no quede encapsulada, sino que viva en diálogo permanente con la comunidad.


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