El Gatito de Papel no es solo un personaje ni un proyecto educativo más. Es una experiencia que camina, juega, narra, escucha y se deja tocar por las comunidades que visita. Nació en noviembre de 2022, casi en puntas de pie, como una idea familiar que al principio iba a vivir únicamente en el mundo digital. Hoy, tres años después, recorre jardines, escuelas primarias y secundarias, institutos, ferias del libro, obras de teatro, caminatas nocturnas y encuentros culturales, con un objetivo claro: volver a acercar la literatura, el juego y la creatividad a personas de todas las edades.

«El Gatito de Papel es un proyecto educativo cultural que apunta a trabajar tres ejes fundamentales: literatura, juego y creatividad. Cada uno se va relacionando entre sí y en algunas ocasiones hacemos más foco en uno u otro, pero siempre están presentes en nuestras propuestas», explica Laura Barrera, fundadora e integrante del equipo, en diálogo con El Despertador.

El personaje que da nombre al proyecto no es casual. Se trata de un gato hecho de papel, construido simbólicamente con historias, que va dejando mensajes positivos allí donde aparece. El gato, animal independiente, curioso, atento a su propio ritmo, funciona como un espejo posible de las infancias y juventudes actuales. «Si trazamos un paralelismo con las nuevas generaciones, vemos que no tienen los mismos perfiles que hace 50 años atrás. Hay otras búsquedas, otras formas de habitar el mundo», plantea el proyecto en algunos de sus documentos fundacionales.
Un diagnóstico y una respuesta
El Gatito de Papel nace también como respuesta a un diagnóstico compartido por muchos docentes y trabajadores de la cultura: se lee cada vez menos en papel, se juega menos a los juegos tradicionales y, al mismo tiempo, se exige creatividad en un mundo que cambia a gran velocidad. Frente a ese escenario, la propuesta no es nostálgica ni moralizante, sino vivencial.

«No buscamos imponer la lectura ni hacerla obligatoria. Tratamos de que se acerquen a los libros desde el disfrute, desde la curiosidad, desde un lugar distinto», señala Laura. En los talleres para nivel inicial y primario, el gatito llega siempre con una valija cargada de libros, muchos de ellos donados por particulares, bibliotecas e instituciones. Hay un momento específico dedicado a la literatura: se narran cuentos, se exploran los materiales, se conversa sobre las partes del libro y se invita a elegir libremente qué leer.

El juego ocupa un lugar central, no como relleno sino como herramienta pedagógica y expresiva: «el juego es una forma de aprendizaje y desarrollo. Cuando alguien juega, baja defensas, se anima, se expresa», resume Barrera. Y la creatividad aparece como consecuencia natural de ese clima: crear, escribir, actuar, imaginar, sin la presión de hacerlo «bien».
De lo digital al territorio
En sus inicios, el proyecto iba a limitarse a la producción de contenidos digitales. Pero algo pasó en el camino: «empezaron a aparecer docentes, actores culturales, invitaciones a eventos, ahí dijimos: bueno, animémonos a hacer otras cosas. Ese es también nuestro lema, animarnos a lo nuevo», recuerda Laura.
Ese animarse implicó tejer redes, aceptar desafíos y correrse de la zona de confort. El Gatito de Papel comenzó a circular por escuelas de Lavalle y zonas aledañas, ferias del libro, espacios culturales como la Nave Cultural en Mendoza y la lavallina Casa de la Cultura, encuentros en otros departamentos, como el de escritores en San Martín, actividades teatrales y propuestas para públicos adultos.
Incluso hubo experiencias con turistas, en las famosas caminatas a la luz de la luna, donde los personajes del Gatito narran leyendas locales como la del Mandinga o la de la Viuda de los Médanos. «La idea es que la gente se sienta parte, que no sea algo rutinari, que despierte curiosidad», explica.
Adolescencias, emociones y escucha
Uno de los grandes desafíos del proyecto fue ampliar la propuesta hacia el nivel secundario. A partir del vínculo con la Supervisión 8 de escuelas secundarias de Lavalle y Las Heras, el equipo comenzó a trabajar con adolescentes, detectando otras necesidades.
«Nos dimos cuenta de que los jóvenes traen muchas cuestiones emocionales, mucho para decir. Ahí el trabajo es más introspectivo», cuenta Barrera. De ese proceso surgieron talleres como «Brindamos», pensado para estudiantes que están por egresar, donde se invita a reflexionar sobre el recorrido transitado, lo logrado y lo que vendrá.
«Es un momento muy emotivo, ellos y ellas se escuchan a sí mismos, comparten, se habilitan a decir cosas que a veces no aparecen en la rutina escolar», relata Laura. En otros casos, las escuelas piden trabajar temas específicos como emociones, vínculos o problemáticas como el bullying. «Son temas delicados. Nosotros tratamos de crear un entorno de respeto y cuidado. Hay dinámicas como la ‘caja del dolor’, donde escriben anónimamente algo que les hizo mal, a veces lo que aparece nos impacta mucho».
Cada nueva temática implica estudio, búsqueda, consulta y preparación: «cada propuesta es un desafío interno, nos nutrimos mucho, aprendemos todo el tiempo», asegura.
Un proyecto familiar, sostenido por la comunidad
Una de las particularidades del Gatito de Papel es que está sostenido íntegramente por una familia. Laura Barrera vive en Costa de Araujo, y junto a ella participan sus padres, Raquel Lara y Eduardo Barrera, ambos jubilados. Raquel cose y diseña los trajes; Eduardo colabora con la escenografía y la movilidad. También forman parte su hermano Nelson Villegas, escritor aficionado y obrero rural; su sobrina Aldana Villegas, auxiliar de jardines maternales; y otros integrantes de la familia que actúan, narran y acompañan.
«Somos un grupo de locos lindos que le damos vida al gatito», dice Laura entre risas, «lo disfrutamos mucho. Nos ha unido como familia y nos volvemos un poco niños otra vez. Eso también nos nutre como personas».
El proyecto se sostiene con aportes propios, donaciones de libros y materiales, economía colaborativa con las escuelas y el cobro de algunos talleres específicos para docentes, empresas u obras de teatro. «Muchas veces no tenemos recursos, ni movilidad, pero la misma red que vamos construyendo nos sostiene», destaca.
Una casa para el Gatito: del andar nómade a un espacio propio
En estos últimos meses, El Gatito de Papel dio un paso largamente soñado: la inauguración de su propia casa. Un espacio físico que no reemplaza el carácter itinerante del proyecto, pero que lo potencia y le da anclaje territorial.
«Hace muy poquito, el mes pasado, logramos inaugurar la casa del Gatito de Papel», cuenta Laura. «Como somos nómades y vamos de una escuela a otra, nos iban donando muchísimos libros y ya teníamos cerca de 4.000 ejemplares guardados en cajas».
La solución surgió, una vez más, desde lo familiar. Los padres de Laura decidieron poner a disposición una casa que habían construido para alquilar, ubicada en una finca. «Mis viejos dijeron: ‘¿por qué no ocupan esa casa para seguir impulsando lo del Gatito y tener un espacio propio?'», recuerda. A partir de ahí, comenzó un trabajo colectivo: pintar, arreglar, acondicionar y llenar de sentido ese lugar.
«Con mi hermano, mis sobrinos y mis padres empezamos a ponerla bonita y hace muy poco logramos abrirla para que los chicos puedan venir, visitar y vivenciar experiencias diferentes», relata. La casa ya empezó a latir: al poco tiempo de inaugurarse, albergó una muestra pictórica de la escuela «Presidente Derqui» de Costa de Araujo, vinculada a un proyecto sobre emociones trabajado junto al Gatito de Papel.
El espacio también abre nuevas posibilidades hacia adelante. «Estamos largando los talleres de verano para chicos y chicas de 3 a 13 años, con actividades que potencian la literatura, el juego y la creatividad», adelanta Laura. La ubicación suma un valor extra: la casa está emplazada en una finca con olivos, lo que permite realizar actividades al aire libre, picnics y propuestas en contacto con la naturaleza.
Lejos de cerrar el movimiento, la casa funciona como un nuevo punto de partida. «Invitamos a quienes quieran conocerla a que nos sigan en las redes, donde vamos avisando días y horarios para acercarse a la casa del Gatito de Papel», dice Barrera. Un lugar que guarda libros, historias y experiencias, y que confirma que los sueños colectivos, cuando se trabajan, también pueden tener paredes, ventanas y puertas abiertas.
Un sueño que camina
Desde su nacimiento, El Gatito de Papel reunió esos casi 4 mil ejemplares bibliográficos donados y sigue creciendo. «No teníamos dinero, ni recursos, ni siquiera un lugar donde trabajar. Pero teníamos ilusión y ganas de hacer algo por los niños y los adultos», recuerda el documento fundacional.
Para Laura, el proyecto también tiene una raíz profundamente personal. Antes de despedirse, comparte una historia íntima: «Mi hermana Jaquelina murió a los siete años. Ella también fue un impulso para devolver algo a las infancias, para tratar de hacer feliz a una criatura».
El lema que guía al Gatito de Papel, tomado del gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, resume su espíritu: «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». En Lavalle y más allá, ese cambio ya empezó a caminar, con forma de gato, hecho de papel y de historias compartidas.

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