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3 de mayo de 2026

Lavalle: diez concejales y 6 bloques legislativos

  •   Por Juan Burba
           

Con nuevas bancas y viejas discusiones, el Concejo Deliberante inicia una etapa marcada por la dispersión política. Entre contradicciones, identidades en disputa y discursos medidos, la búsqueda del consenso será clave.

El pasado jueves, en una sesión especial, el Concejo Deliberante de Lavalle puso en marcha una nueva etapa institucional con el juramento y asunción de los y las cinco concejales electos. La renovación parcial del cuerpo, que tiene 10 bancas, dejó una foto política más fragmentada: seis bloques conviviendo en un escenario que obliga a negociar más que nunca.

 El acto, encabezado por la presidenta del cuerpo, Guadalupe Parés Martino, junto a ediles en funciones, contó con la presencia del intendente Edgardo González, autoridades, muchos familiares y vecinos. Tras la jura, cada concejal ocupó su banca y quedaron formalmente constituidos los bloques: el Justicialista “María Eva Duarte de Perón” (Parés Martino, Sifuente, Jaime y Baeza), Cambia Mendoza UCR (González y Castro), el Justicialista “Carlos Masoero” (Quiroga), Libres del Sur (Del Castillo), Provincias Unidas (Fiore) y La Libertad Avanza (Groselj).

 La “evolución” del legislativo departamental no es un dato menor. Hace dos años habían sólo 2 bloques: el Justicialista y Cambia Mendoza (en el marco de la alianza mendocina con Libres del Sur). El justicialismo se partió en 2 (bloques Eva Perón y Masoero), y luego, por la alianza de Cornejo con Milei, Libres del Sur dejó el Bloque para convertirse en monobloque con nombre propio. Luego de la asunción del jueves aparecen LLA y PU, llegando a los 6 bloques actuales.

 Esa evolución, más que orden, expresa mayor fragmentación. Si la democracia se nutre de diversidad, también exige mayor capacidad de acuerdo para que esa diversidad no se traduzca en parálisis. En un cuerpo de apenas diez bancas, cualquier votación relevante requerirá conversaciones previas, acuerdos puntuales y, probablemente, concesiones cruzadas.

En ese contexto asumieron los nuevos concejales, con discursos que dejaron ver no solo prioridades, sino también tensiones internas y contradicciones que probablemente marquen el pulso de los próximos meses. Más que definiciones cerradas, lo que se vio en la jornada fue un mapa en construcción.

Conversamos con cada uno y cada una

Uno de los desembarcos más observados fue el de Carlos Groselj, representante de La Libertad Avanza, que por primera vez logra una banca en el Concejo local. Su planteo se inscribe en la lógica del ajuste y la eficiencia del gasto, con críticas a los eventos y festivales como prioridades presupuestarias. Propone revisar asignaciones y “optimizar” recursos en un contexto que reconoce como crítico.

Sin embargo, en su propio diagnóstico aparece una tensión difícil de esquivar: reconoce la necesidad de obras de infraestructura (como caminos rurales o incluso la Ruta 40) que difícilmente atraigan inversión privada. En ese punto, el discurso libertario del “Estado ausente” encuentra un límite práctico. Groselj lo resolvió apelando a un equilibrio difuso, confiando en que los distintos niveles del Estado “harán su parte”, aun cuando su espacio político cuestiona ese mismo rol. La incógnita es cómo traducirá esa tensión en posiciones concretas cuando lleguen proyectos que impliquen financiamiento público.

 Desde otro lugar, David Fiore llega con Provincias Unidas, pero con una identidad que él mismo se encarga de remarcar: “soy peronista”. Fue por muchos años un destacado funcionario público del gobierno de Roberto Righi. La definición no es menor en un contexto donde decidió correrse del espacio tradicional. Fiore intenta pararse por fuera de las lógicas rígidas: “ni oficialismo automático, ni oposición automática”, según sus propios dichos.

 Según expresó en la entrevista, apuesta al diálogo y a la construcción por temas, con una agenda donde el agua aparece como preocupación central, junto con un posicionamiento firme contra el proyecto minero San Jorge. También plantea la necesidad de discutir la autonomía municipal, una idea que recorre a más de un espacio pero que todavía no encuentra traducción concreta.

Consultado sobre la percepción popular respecto al rol del Concejo y los ediles, cuestiona tanto los alineamientos automáticos como la falta de reconocimiento social al rol legislativo. Incluso desliza que el problema no es solo de comunicación, sino también de prácticas. En ese punto, su desafío será sostener ese equilibrio entre identidad propia, una incómoda negociación con el oficialismo del que fue parte, y la construcción de acuerdos.

 En el oficialismo, Juan Jaime vuelve al Concejo después de dos décadas en el Ejecutivo, en un movimiento que no pasa desapercibido. Con experiencia de gestión y un discurso que combina autocrítica y proyección, se posiciona como una figura con aspiraciones a futuro: más de una vez expresó querer ser intendente.

Pone el foco en temas estructurales en los que se siente cómodo, como el agua, el resarcimiento histórico a Lavalle y sus comunidades originarias y la necesidad de modernizar el Estado, incluyendo mayor transparencia en la labor legislativa. También introduce un eje interesante: la necesidad de simplificar el entramado normativo, reconociendo que muchas ordenanzas existen pero no son conocidas ni aplicadas.

Jaime también deja entrever una preocupación por el contexto económico nacional y su impacto en las finanzas municipales. Habla de caída en la recaudación y de un escenario donde los municipios absorben responsabilidades que no siempre les corresponden. En ese marco, insiste en la necesidad de discutir recursos y competencias si se avanza hacia una mayor autonomía.

Su discurso, más que rupturista, busca ordenar y proyectar. Pero también deja pistas de posicionamiento político: cuestiona las expectativas generadas en campaña por otros espacios y advierte sobre la necesidad de sostener un rumbo con base en la gestión. No corre con el caballo del comisario, en virtud de no tener mayoría automática, pero son el bloque más numeroso del cuerpo, con 4 bancas.

Natalia Castro, de la Unión Cívica Radical, llega en un escenario complejo para su espacio, que perdió 2 bancas y quedó reconfigurado tras alianzas que no terminaron de consolidarse en el recinto, ya que Groselj, su compañero de fórmula, hizo rancho aparte. Su discurso es técnico, moderado y enfocado en la gestión: habla de datos, planificación y modernización como ejes centrales.

 Plantea la necesidad de construir políticas públicas basadas en información y de fortalecer la transparencia, dos puntos que también aparecen en otros discursos, lo que podría abrir un terreno común. Sin embargo, evita definiciones políticas fuertes sobre posibles alianzas, priorizando una idea de diálogo amplio sin nombres propios.

En un Concejo fragmentado, su postura aparece más como una estrategia de cautela que de confrontación. Habla de “coherencia” y de proyectos antes que de alineamientos, pero no termina de explicitar con quiénes podría construir mayorías.

Castro fue la única que no juró «por Dios y los Santos Evangelios», sólo lo hizo “por la Patria”, y señaló que cree en “un Estado que nos represente a todos por igual, más allá de las creencias individuales” reivindicando que entiende a la función pública como algo amplio, inclusiva y para todos los vecinos “y profundamente democrática, para mí la Patria es el punto en común que nos une”.

Por su parte, Sabrina Baeza renueva su banca dentro del oficialismo (recordemos que completó el mandato del concejal/médico Maxi Rivera tras su renuncia) con un perfil más consolidado. Sin grandes giros discursivos, plantea continuidad en su trabajo y pone el acento en fortalecer el sector cooperativo, una línea que conecta con políticas históricas del espacio.

Su juramento, que incluyó referencias a su madre, a Eva Perón, a Juan Domingo Perón, al pueblo, la justicia social y los derechos conquistados, marcó una identidad política clara, en contraste con otros discursos más despojados de referencias ideológicas. En un escenario de fragmentación, esa definición también funciona como anclaje dentro del bloque oficialista.

 La fragmentación, lejos de ser solo un dato, será una condición permanente. Obliga a negociar, a construir acuerdos y también a exponer con mayor claridad las propias posiciones. En un Concejo sin mayorías automáticas, cada proyecto requerirá construcción política previa. En ese juego, cada concejal deberá definir no solo qué propone, sino también con quién está dispuesto a hacerlo. Y, sobre todo, hasta dónde está dispuesto a ceder.

El desafío no es menor: en un contexto social y económico complejo, la política local tiene la oportunidad, y la responsabilidad, de demostrar que la diversidad puede transformarse en respuestas concretas, y que el Concejo Deliberante tiene un rol que debe visibilizarse para romper con la percepción de la inacción. En su defecto, quedarán atrapados en sus propias tensiones, en un recinto donde sobran las voces, pero todavía está por verse si alcanzan los acuerdos.


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