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El diario del Oasis Norte de Mendoza

Arte y Parte

16 de octubre de 2025

El hombre espejado: un cuento de Brian Samjurjo

  •   Por Brian Sanjurjo
           

El ser humano es un enigma difícil de descifrar y todo aquel que lo intente está destinado al fracaso. Desde los comienzos de la civilización hasta la actualidad, una larga generación de filósofos, psicólogos, antropólogos, arqueólogos, biólogos y artistas han procurado en vano develar sus claves, el cosmos de sus contradicciones. Porque, aunque a muchos no les guste, no es una novedad decir que hay una limitación en el camino del conocimiento; un velo que no nos permite llegar a la verdad absoluta, al entendimiento pleno. Es por eso que este escueto texto es una mera conjetura; es un fracaso más, que busca explicar el origen de la conducta de una persona que a lo largo de su vida e incluso después de su muerte despertó habladurías que no temieron caer en el absurdo.

Desde los días remotos y casi olvidados de mi infancia, el nombre Pedro Fetch ha resonado como un burdo rumor, como una vieja leyenda cargada de misterios y entresijos. Hoy hace más de cuarenta años que ha muerto y sus herederos han desertado de la patria por causa de una de las tantas crisis económicas que la han flagelado.

Es por eso que sus extensas tierras, sus fincas, su prolífico ganado, su solitaria mansión, perdida en los interminables campos de Costa de Araujo, y su renombrada fábrica de ladrillos, fueron vendidas al mejor postor, terminando así con la fortuna de un hombre que desde que dio sus primeros pasos por el mundo se lo creía destinado al fracaso debido a su comportamiento retraído y a sus problemas con el habla.

Se dice que de chico sus padres temían que sufriera de alguna discapacidad intelectual, ya que no profería palabra alguna a diferencia de otros niños de su edad. Si lo aquejaba la sed o el hambre, sólo se comunicaba con escandalosos ademanes acompañados de agudos berridos. Es evidente que por temor a la deshonra y por alguna superstición de la época no recurrieron a un médico, y creyeron que jamás lo necesitarían, cuando a los ocho años, sin que lo esperaran, le oyeron decir su primera palabra. En aquel entonces no existían escuelas para discapacitados y, nuevamente, por no atreverse a enviarlo a un colegio público, su educación estuvo a cargo de Leticia Guzmán, una maestra particular, una desconocida, una citadina joven recién recibida a la que le pagaban un dinero extra para que no comentara sobre la situación de su hijo a nadie, ni aunque fuera presionada por los curiosos de siempre.

Los vecinos y sus familiares cercanos, con los que compartían almuerzos y cenas en los días festivos, daban por hecho que a los Fetch los acuciaba una desgracia. Las pruebas eran obvias. Al comienzo, con meses de nacido, salían juntos a pasear como cualquier familia, orgullosos, sin embargo, a medida que Pedro fue creciendo dejaron de asistir a los eventos y, en los últimos casos excepcionales en los que aparecieron los tres, por puro compromiso, disimularon el mutismo del niño aclarando que era por causa de su timidez, propia de la edad. Pero la verdad era otra: se avergonzaban de Pedro.

Se cuenta que su padre, un individuo ambicioso, falto de imaginación e ignorante, cegado por la crueldad y el desprecio, abominó de él; negó que fuera un vástago de su sangre; excusándose con la prueba irrefutable, de que, a lo largo de la historia, su estirpe nunca concibió «un idiota».

Su madre lo tomó como un castigo divino que le trajeron sus pecados inconfesos. Es por eso que, amargados, impotentes, decidieron apartarlo del mundo para que no conocieran su deshonra.

Sin embargo, a pesar de sus dificultades, Pedro demostraba ser inteligente. Realizaba sus tareas con éxito e ingeniándoselas ante cualquier impedimento. Además, según lo que escribió su maestra al final de la libreta de calificaciones, aprendía entusiasmado, con facilidad, cualquier disciplina que le impartiera. Y cuando comenzó a darle lecciones para que se comunicara con la lengua de señas, fue innecesario, porque Pedro comenzó a balbucear palabras, luego, mientras avanzaba en su educación, a pronunciar oraciones cortas, hasta que al llegar a los diez años hablaba, con cierta dificultad, con mayor fluidez, limitándose a hacerlo solo en su casa. En otra de sus observaciones, Leticia anotó que la primera frase larga que dijo fue la inscripción del oráculo de Delfos que leyó en su libro de mitología griega: «Conócete a ti mismo».

Asimismo, por lo que he investigado, no es desacertado decir que esa fue la época en que comenzó a internarse en la naturaleza y a acentuarse su actitud de solitario. No se sabe quién le enseñó a cabalgar por los campos, (quizá aprendió observando a los peones de la finca) y, en ocasiones, si eran pocos los que merodeaban, salía de su casa para alimentar a los cerdos o arrear a las cabras, pero nadie recuerda haberlo visto acercarse a la fábrica de ladrillos. Alguna vez mi bisabuelo Bernardo me comentó que Pedro se entendía mejor con los animales que con las personas. Dejando de lado esas extrañezas, sus padres se reconciliaron con él. Porque, por más que les incomodara su tartamudez, su recelo al contacto físico y su obsesión de mantenerse siempre aseado, en el fondo albergaban la posibilidad de que su hijo, a medida que fuera creciendo, aprendiera a comportarse como cualquier otro adolescente. Fue así que, esperanzados, aguardando un segundo milagro, a los doce años lo inscribieron en el colegio secundario. Para Pedro ese fue un golpe duro, ya que sentía afecto por Leticia. Ese cambio lo amargó, consolándose de la ausencia de ella a través de las breves cartas que le escribió. De las decenas que redactó, tres se atrevió a enviar.

El resto seguro que las quemó, en vergüenza de sus sentimientos. Lo grave es que hubo un retroceso en su crecimiento, porque se fue recluyendo aún más en su soledad.

En esa nueva etapa de su vida no se hizo de ningún amigo y, a pesar de su comportamiento retraído, sus compañeros no se atrevieron a molestarlo porque su tamaño sobrepasaba al de cualquiera y la visible fuerza de sus brazos, curtidos por el frecuente trato con las bestias, intimidaban a cualquiera. (Aunque si alguien le hubiera querido pegar, lo habría hecho sin problemas, ya que él no se habría defendido. Era manso como los potros que cabalgaba.) Tampoco se le conoció algún romance. Aquellas jovencitas que se le acercaron con una evidente intención amorosa terminaron por odiar su timidez, su patética docilidad. Es por eso que se cree que llegó virgen a la edad de treinta y cinco años y sin siquiera haber besado a nadie. Si le hablaban, le costaba mirar a los ojos a su interlocutor. Incluso le intimidaba su propia mirada. Por eso rehuía de los espejos, con un recelo patológico, por lo cual su madre tuvo que peinarlo hasta el día en que ella murió junto con su padre en ese trágico accidente del que tanto se habló en el pueblo. De mayor, era costumbre verlo andar cabizbajo, casi encorvado, respondiendo con monosílabos cuando alguien lo increpaba buscando conversación o si no, guardando silencio con su cara enrojecía de vergüenza…; una conducta inesperada, bochornosa, en un adulto. Su padre, aun antes de morir, le reprochó su actitud medrosa. Era un Fetch, le decía, que pertenecía a una familia de hombres gallardos, exitosos, que tenían fama de mujeriegos que dejaron bastardos desperdigados por cada rincón del distrito, a los que no reconocieron, ni siquiera a aquellos en los que se conjugaban los genes característicos del clan.

Aun así, sin que nadie lo esperara, los cambios fueron sucediendo de manera paulatina, a las semanas, a los meses de la fatídica muerte de sus padres. Pedro Fetch, como único heredero, se vio obligado a hacerse cargo de la fábrica de ladrillos. No fueron pocos los que, semanas después del funeral, se acercaron con la intención de comprársela a un modesto precio. Lo veían fácil, como sacarle un dulce a un niño. «Nada es más sencillo que engañar a un idiota», se recuerda que se burlaban ciertos compradores sin siquiera importarles si él andaba cerca.

Es por eso que, antes de que se cumpliera un año de ser nombrado dueño, le llegaron inúmeras ofertas. Los obreros y la fiel secretaria que por décadas trabajaron para su padre no dudaban que la vendería, que al fin el codiciado patrimonio de los Fetch pasaría a otras manos. Sin embargo, Pedro se negó. Rechazó cualquier ofrecimiento de dinero, por más elevado que fuera. Poco a poco, ante el estupor de todo el pueblo, su personalidad fue mutando.

Otro de los cambios sucedió un viernes a la noche, que apareció un poco desarreglado en el Club, para jugar uno de esos partidos amistosos donde los equipos se van formando al azar, con los jugadores que van llegando uno tras otros sin la necesidad de conocerse. Por lo que me dijeron, sé que jugó mal, pero que como arquero detuvo varios pelotazos. Y desde esa vez no dejó de asistir. Luego hizo presencia en los bailes; un poco mejor vestido, con un peinado a la moda. Algunos muchachos, quizá por curiosidad, por conveniencia (ya que de muy joven poseía un caudaloso dinero, tierras y tenía bajo su mando una próspera empresa), o porque fueron compañeros en el colegio, se le acercaron; se amistaron con él. Le enseñaron a fumar, a aguantar los embates del alcohol; es decir, iniciándolo a la vida nocturna del juego y del placer.

No hubo mucho que esperar. De temeroso y tartamudo, se volvió vivaz y elocuente. Con la cabeza en alto, caminaba seguro, saludando a cualquiera que pasaba cerca, hasta haciendo bromas a los conocidos sin caer en el patetismo. La empresa prosperó mejor que nunca. Al pasar una década, fue abriendo fábricas en otras provincias, exportando ladrillos a otras regiones, generando ganancias que duplicaron el legado económico de cuantas generaciones de Fetch la dirigieron en el pasado. Pedro sabía regatear en los negocios, llevándose, increíblemente, la mejor parte.

Algo que celebraba brindando en un bar o realizando una fiesta en su casa en la que terminaba borracho sin perder la compostura.

Nadie entendía esa metamorfosis en su carácter. El pueblo decía con unanimidad que era otra persona o alguien que imitaba con exageración la forma de ser de su padre. No podían creer que el hombre que mentía con virtuosismo en las partidas de truco, que se llevaba cada dos por tres a una mujer diferente a su casa o que peleaba, humillando a cualquiera que buscaba rebajarlo diciéndole que ya era hora de que se hubiera avivado porque todos siempre lo habían tomado por un idiota, fuera el mismo hombre miedoso, al que hasta unos meses le costaba sacarle una palabra, ni siquiera bajo amenazas.

Sin prestar atención a los comentarios, Pedro Fetch se casó a los cuarenta con quien fue su maestra en la infancia, Leticia Guzmán, catorce años mayor, la cual era madre soltera de dos gemelos a los que él adoptó como suyos; dos jóvenes que lo amaron como si fuera su verdadero padre y a quienes, si les inquirían por el extraño pasado de Pedro, lo daban por habladurías sin fundamento. A decir verdad, con el paso de los años, el pueblo se habría olvidado de él, si no hubiese sido porque, más allá de su repentina «normalidad», notaban algo raro en su comportamiento. Por más que lo quisiera disimular o lo hiciera a escondidas, cualquiera que estuviera cerca de él se daba cuenta que Pedro miraba fijamente el reflejo de su rostro en los vidrios de las ventanas, en los charcos de agua, en las pantallas de los televisores apagados o en el pequeño espejo que llevaba consigo a donde fuera, escondido en el bolsillo interno de su saco. En su oficina, a los días de asumir como jefe, mandó a colocar un espejo de cuerpo entero en una de las paredes. Y si entraba a algún lugar y no encontraba nada que lo reflejara, se miraba en las pupilas de la persona que tuviera enfrente, por más que la incomodara, o se iba al baño cada dos por tres o algún lugar apartado a mirarse en su pequeño espejo. Al principio pocos lo notaron. Hasta que con el tiempo fue evidente esa extraña manía.

Sus amigos llegaron a hacerle bromas indefensas, regalándole en sus cumpleaños o fechas especiales espejos con marcos de plata. Otros lo tomaban como un acto de vanidad, una nociva admiración a su propia imagen, murmurando a sus espaldas que era un nuevo Narciso que terminaría con un final aciago.

Jamás se supo la verdad. Y los que le preguntaban por tal actitud, él, dependiendo de las circunstancias, lo negaba, como un invento de pobres contra un rico, o lo afirmaba, acorralado por la evidencia de los testimonios, diciendo que era un obsesivo al que nunca le gustó andar desarreglado. En parte era cierto, ya que su enfermiza pulcritud era famosa. Por más que se ensuciara en el campo, andando con caballos y perros que lo seguían o se acercara a los cerdos o las cabras, procuraba andar limpio, bañándose cinco veces al día. (Otra explicación, quizá la más lógica, era que su constante aseo se debía al afán de evitar que el olor agrio del humo que despedían los hornos de ladrillos no se adhiriera a su cuerpo. Como los hornos se encontraban cerca de la casa, eso justificaba que ésta permaneciera cerrada y en las ventanas se veía que tenían doble persianas).

Sin importar cual fuera la causa, Pedro se mostraba con sus ropas impecables, sin ni una arruga, perfumadas con aromas traídos del exterior.

Sin embargo, sus justificaciones o negativas no fueron convincentes. Esa perversa necesidad de mirarse casi todo el tiempo era algo anómalo, que inquietaba a quien lo viera. Aun así, contra el deseo de la mayoría, jamás se dilucidó el verdadero motivo de su actitud.

Las conjeturas proliferaron, pero la más verosímil es la que me contó mi bisabuelo Bernardo Maureira meses antes de que lo terminara de consumir un cáncer de esófago. Según él, que era un renombrado baqueano, a principios de los años ochenta acompañó a Pedro Fetch en la búsqueda de unos cuatreros que una tarde de invierno se robaron una cabra que estaba preñada. Fue una persecución improvisada, que no les dio tiempo de guarecerse de los elementos necesarios por si surgían inconvenientes. Cada uno sobre un caballo, iban siguiendo los rastros, con una escopeta atada a sus espaldas. Sin embargo, la noche y la inminencia de una tormenta les impidió que continuaran avanzando. Cansados, dando por perdido al animal, se apearon al pie de un médano e hicieron una fogata con ramas de algarrobo para enfrentar la crueldad del frío y recuperar las fuerzas para luego emprender el camino de regreso. En ese momento a mi bisabuelo le extrañó que Pedro hurgara desesperado los bolsillos de su pantalón y de su campera. No le preguntó qué se le había perdido hasta que, ambos sentados alrededor del fuego, mi bisabuelo lo increpó al sentirse incómodo porque el señor Fetch no dejaba de mirarle los ojos con una intensidad exasperante.

Intimidado por la situación, Pedro le dijo que había olvidado su espejo o que lo había perdido en la persecución, y que para él, por más que sonara raro, era indispensable mirar su reflejo y, al ver que sus palabras no eran convincentes, le confesó que ese extraño hábito lo adquirió la ominosa mañana en la que se tuvo que preparar para asistir al velorio de sus padres. Nunca se había peinado por su cuenta. Amaba bañarse, elegir la ropa para vestirse, pero le costaba enfrentarse a su imagen. Fue a la habitación de sus padres donde estaba el armario con el enorme espejo en una de sus puertas. Para demorar el encuentro se sentó en la cama matrimonial mientras jugaba con el peine, pasándolo entre sus dedos; el mismo peine que utilizó su madre tantas veces. Cuando comprendió que se acercaba la hora en que sus parientes lo pasarían a buscar, se levantó y, empuñando el peine, se miró por primera vez, detenidamente. Fue así que, estupefacto, al reparar en su barba, en su pelo desarreglado, en las facciones de su rostro imponente, comprendió que era el vivo reflejo de su padre (por un momento creyó que era su padre). Avergonzado, reconoció su patética postura; se peinó como pudo, como lo guió el instinto y armándose de confianza, al oír los bocinazos provenientes de afuera, salió sin ningún tormento.

Ese día de tanto dolor, fue de un crecimiento enorme para él; comprendió que mirar su reflejo, algo que nunca había hecho antes, le ayudaba a relacionarse mejor con los demás. «Si no me miro, es como si me olvidara de la edad que tengo y me comporto como un niño», le dijo a mi bisabuelo Bernardo esa noche; agregando que, aunque no lo comprendiera, creía ser dos personas: Una que se liberaba en la soledad o acompañado de animales, donde emergía su verdadero yo, y otra que se contenía en sociedad, que era aplacada; concluyendo que para que su personalidad desinhibida predominar en cualquier momento, sin importar dónde estuviera ni con quién estuviera, era indispensable que mirara su rostro, (el rostro de su padre), con cierta constancia.

Fue por eso que se entregó sin resquemor a la idolatría de los espejos, cambiando su vida radicalmente.

Yo no sé si el testimonio de mi bisabuelo es verídico y si se ajusta sin problemas a lo que en realidad pasó. Pero de las diversas teorías que corrieron por el pueblo es la más aceptable en mi opinión.

Porque, aunque los avances en la neurociencia son admirables, el cerebro sigue presentado incógnitas irresolutas. Es fácil encontrar en la historia de la ciencia miles de casos curiosos. Un ejemplo es el de Phineas Gage que en 1848 sufrió un accidente en el que una barra de hierro le perforó el cráneo, provocando cambios en su conducta; de ser un caballero cauto, educado, se volvió descuidado e irascible. Es decir, el cerebro es un órgano complejo, tan vasto como la inmensidad del mar, lo que hace que, ante cualquier modificación que sufra o falta de desarrollo, ninguna personalidad sea imposible.

Quince años después de que muriera su esposa Leticia, Pedro Fetch dejó de salir a la calle, negándose a recibir a sus hijos y nietos, perdiendo casi todo contacto con el exterior si no fuera por la enfermera que lo cuidó hasta que falleció a los noventa y seis años.

Ese recelo que mostró al final de sus días despertó nuevas habladurías. «Volvió a ser el niño de antes» decían los más viejos que lo conocieron. A las nuevas generaciones no les importó; solo lo veían como un rumor, una burda ficción con la que se entretenían antes de que existiera el internet. Por mi parte, yo creo que Pedro dejó de salir de su mansión por fatiga, tan propia de la vejez y porque, quizás, sus cansados ojos ya no podían mirar el reflejo de su canosa barba.

 


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