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13 octubre, 2020

La historia del gaucho pobre

  •   Por El Despertador

           

“…He conocido muchas tierras; he visto una mujer

y dos o tres hombres…”

                                                                JORGE LUIS BORGES (“Mi vida Entera”).

                                                          La  distinción de un hombre es algo interior.

 

CAPÍTULO 1.

Inocencio Fernández era guitarrero y zapateador, incluso cantor si la ocasión lo exigía. El hombre gozaba además, de fama bien merecida como asador de chivos; y nadie como él para preparar una ternera con cuero. Por algo, doña Teresita Triviño, Directora de la Escuela “Joaquín Costa”, lo mandaba llamar cada vez que se acercaba el nueve de Julio.

-Señor Fernández ¿estas fiestas vamos a tener el gusto de contar con su ayuda para preparar la ternera con cuero?

-Como usté mande señora Diretora– Contestaba Inocencio respetuosamente con el sombrero en la mano.

No había nada que lo hiciera sentir más orgulloso. Él decía que era “el dueño ‘e la ternera con cuero en la escuelita ‘e la finca ‘el quince”.

Chocolate caliente para los chicos, carrera de sortijas, palo enjabonado, carrera de embolsados, y la banderita pobre y desteñida meciéndose bien alta y orgullosa en el palo que hacía de mástil, tal como lo exigía la Directora. Pero la fiesta no era completa sin la taba, y la ternera con cuero. Y era allí donde se lucían las dotes gastronómicas de Inocencio, claro está, mientras el hombre se encontraba bueno y sano, es decir sin haber probado ni una sola gota de tinto.

En eso era muy estricto Inocencio.

Luego de finalizada su labor como asador, allí sí, le daba el gusto al cuerpo como le gustaba decir, y era el primero en tomar y “pagar” cada tonada o cueca que le dedicaban.

En la Colonia Francesa, más precisamente en la finca “El Quince”, era conocido por el cómico apodo de “El Gaucho Pobre”. Le venía el mote de una ocasión en que el hombre había asistido a la fiesta de la Virgen en el pueblito de “La Asunción”, engalanado y estrenando un hermoso atuendo de gaucho. Pero ya fuera por falta de recursos, descuido, o lo que fuese, no calzaba botas, sino un par de alpargatas azules muy viejas y rotas. De tal manera que no faltó el ingenioso bromista que lo bautizó para el resto de su existencia.

El Gaucho Pobre.

En verdad Inocencio Fernández era un hombre pobre.

Trabajaba como “obrero al día” en las fincas de la Colonia Francesa, y vivía solo en un ranchito que había construido con sus manos. No tuvo hermanos, y a su padre no lo conoció. Su madre fue para él motivo de cariño y veneración, pero la viejita había fallecido hacía unos años, dejándolo solo en el rancho.

Como dije, nunca supo quien fue su padre, cuando alguien le preguntaba, contestaba: “yo soy hijo ‘el viento nomah”.

Dios lo había bendecido otorgándole una hermosa concepción de la vida. Inocencio era un disfrutador inveterado. Tal vez un poco dado a la bebida, pero no a la mala bebida. Cuando en alguna farra el vino se le subía a la cabeza le daba por cantar, zapatear y tocar la guitarra.

El hombre era un bon vivant.

Se adivinaba algún descendiente de europeos en quien fuese su progenitor. Así lo delataban el azul intenso de los ojos de Inocencio. Por lo demás, era criollo de pies a cabeza, por su físico, sus costumbres, sus preferencias, en fin, por la forma en que el hombre vivía.

Sin embargo, y aunque les parezca mentira, Inocencio Fernández había viajado a Europa y el norte de África.

¿Cómo es esto?

En oportunidad de hacer el Servicio Militar, le tocó servir en la “Marina”, como se decía por aquellos tiempos. Entonces había tenido que viajar a Buenos Aires a incorporarse a la Armada Nacional el conscripto clase mil novecientos dieciséis Inocencio Elpidio Fernández.

Allí nuestro héroe conoció la gran ciudad, y hasta tuvo que subirse a un buque, e incluso navegar.

Pero, como Dios a veces se comporta como un niño travieso, en el año de mil novecientos treinta y seis, observamos al Presidente de la Nación, General Agustín P. Justo, despidiendo en su viaje a la Fragata “Sarmiento”, con su dotación de Cadetes y Conscriptos; y… parafraseando a unas coplas que le gustaba cantar; luego al referir sus andanzas, diría Inocencio Fernández: “entre todos iba yo”.

Liverpool, Amberes, Hamburgo, Marsella, Río de Janeiro, Dakar, eran algunos de los nombres que con un lápiz había anotado nuestro hombre en una libretita gastada, que guardaba en un baúl en su rancho. Algunos toscos apuntes y viejas monedas de países que, con franqueza, le resultaban desconocidos, eran sus objetos más preciados y que atestiguaban que efectivamente él había estado allí.

De todas maneras, no olvidaba Inocencio escribir a su madrecita desde cada lugar que podía. La pobre Doña Marquesa, que no sabía leer ni escribir, y debía pedir que le leyeran las cartas de su hijo; cuando alguien le preguntaba, contestaba con candor e ingenuidad que su hijo “andaba en la bragueta ‘e Sarmiento”.

Además de los recuerdos y “souvenirs” de la época de su servicio militar, había traído de Europa un objeto que era todo un lujo y que había conseguido estando anclado en Marsella. Allí les habían pagado con dinero del país, y el hombre que nunca fue zonzo, salió de compras y adquirió algo que le fue útil toda su vida: una flamante bicicleta de paseo negra, con dínamo, luz, y frenos con cables metálicos, marca “Peugeot”. Hermoso artefacto y toda una rareza que cuidaría con esmero durante el resto de su existencia.

Y así pasaba sus días y envejecía en la Colonia Francesa Inocencio Fernández, “El Gaucho Pobre”.

Hasta que un día, cuando ya contaba sesenta años…

 

CAPÍTULO 2

 

Corría un viento helado esa mañana de agosto. Ni el fuego de sarmientos y cardos rusos secos, ni el yerbeado caliente que les había hecho repartir el patrón, habían logrado calentar el cuerpo de Inocencio.

Enmaderar una viña suele ser una tarea de precisión que requiere paciencia y conocimientos. Había que hacer los hoyos para los cabeceros en forma inclinada, de manera tal que el palo al ser tirado por el alambre “hiciera fuerza” contra la tierra. Luego había que tener mucho cuidado con el desvanador, pues un latigazo del alambre acerado podía sacar el ojo de una persona. En fin, una serie de secretos y trampas que Inocencio manejaba a la perfección. Era conocido en la Colonia Francesa como hábil “enmaderador”, pero como todo el mundo en la zona, no solo hacía ese trabajo, sino que podaba, desorillaba, incluso era capaz de amansar un animal. Esto último lo había aprendido en su niñez en el puesto; del “Tata viejo”, como llamaba a su abuelo materno.

Hacía rato que el hombre rubio observaba callado la labor desde el lujoso automóvil rojo. No se decidía a acercarse a los trabajadores, así es que se aproximó al capataz y cambió algunas palabras con este. Entonces, Ángel Morales, capataz de la finca “Santa Amalia”, se acercó a la cuadrilla de obreros.

-Inocencio, lo busca aquel gringo que está parado al lado del auto rojo. No se le entiende muy bien lo que dice…

-¿Don Ángel, está seguro que es a mí a quien busca?

-Sí, hombre, vaya, no lo haga esperar, ¡vaya a saber que quiere!

El criollo de alpargatas viejas, pantalones remendados y sombrero desteñido se acercó al inglés y le tendió su mano derecha, mientras que con la izquierda se descubría.

Mayor gusto señor, Inocencio Fernández, pa’ servirlo.

– Encantado, Patrick O’Conell

El visitante era un apuesto hombre de aproximadamente cuarenta años, y con una expresión incómoda y algo de timidez, observaba atentamente a ese hombre de campo de sesenta años que tenía enfrente.

Usté dirá señor en que puedo servirle…- Inocencio se preguntaba de donde vendría este “gringo” a hablar con él. Por un momento muy fugaz, le pareció que lo había visto en otro lado.

-Verá caballero, me resulta muy difícil decirle lo que va a escuchar… (El rubio hablaba de una forma extraña, de un modo que hacía como cuarenta años que Inocencio no escuchaba); pero…es que yo soy su hijo.- Dijo esto mientras le entregaba un papelito amarillento muy viejo.

Allí, no sin algo de esfuerzo, y reponiéndose a la sorpresa, el “gaucho pobre” leyó:

Inocencio Fernández, Fragata Sarmiento, Argentina”

Sí, era su letra.

Entonces hizo memoria, recordó y comprendió todo.

Liverpool, la palabra “Dock[1], escrita por todas partes, el bar de prostitutas, la rara sensación de tomar cerveza caliente, la gente blanca, muy blanca, las cabezas de pelo amarillo… El placer del conocimiento tardío del sexo en brazos de una hermosa muñequita rubia…

Él, en un rapto de presunción había escrito su nombre y procedencia en el papel, con el mismo lápiz en que anotaba en su libretita.

No sabía que decirle a ese extraño parado enfrente suyo.

El inglés se dirigió a él en un tono de amable complicidad.

-Siempre fui curioso, y pregunté a mi madre por mi origen. Ella me contó los errores de su juventud, y averiguando, incluso con las autoridades, llegué hasta aquí.

-Su madre tenía el pelo muy rubio. Usté perdone…mij… joven…pero no tengo mucho pa’ofrecerle.

El inglés le explicó que no deseaba molestarlo, solo conocerlo, que vivía muy bien, en las afueras de Londres, que tenía esposa y dos hijos, que nadie sabía de su viaje a la Argentina, que su madre había muerto hacía poco.

Se despidieron con cortesía, sabiendo que nunca más volverían a verse.

Patrick O’Conell, recibió, antes de irse, de manos de su padre, ese cumplido caballero, al que apodaban “El Gaucho Pobre”; un hermoso regalo.

Una muy antigua bicicleta “Peugeot” viajó embalada a Londres para quedarse allá para siempre.

 

FIN

                                                                  Juan Edgardo Martín

                                                        Gustavo André, julio de 2009

 

1- En inglés: Muelle

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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