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5 noviembre, 2020

La última carrera del Colamora

  •   Por El Despertador
           

Decíase de Conrado Villegas, que el único afecto en su vida lo constituía el caballo de su propiedad que esa tarde corría en la calle Piovera. Un nuevo y excelente relato de Juan Edgardo Martín sobre los pagos de la Colonia Francesa.

Dedico este cuento a mi querido e inolvidable tío Florencio (Cholo) Martin, que seguramente estuvo aquella tarde imaginaria.

 “…Le tocó un rosillo moro marca de Hilarión Contreras que había ganao más carreras que el colorao sangre e’ toro…”

EL DESAFÍO (Milonga)

 

CAPÍTULO 1

El gentío se amontonaba esa tarde de enero de fines de los sesenta a orillas de la calle Piovera. Era la hora de la siesta y el calor sofocaba.
Ni las cervezas heladas que sacaba y vendía Alberto Zangrandi del fondo de un tacho de hojalata de doscientos litros, cubiertas de hielo, y protegidas con bolsas húmedas de arpillera; ni la sombra de los álamos y arabios, ni la suave brisa que de a ratos llegaba del sur, aplacaban el bochorno de la tarde.

Llegaba y llegaba gente de todos lados.

No existía hombre en la Colonia Francesa y sus alrededores que no quisiera asistir al duelo entre “El Capitán” de César Talet y el “Colamora” de Conrado Villegas.

Era una tarde de hombres y de caballos. Por que los caballos han sido, y siempre serán, en cualquier lugar del mundo, cosas de hombres.

De Costa de Araujo, de la vecina Colonia Estrella, de Colonia El Carmen, de La Asunción, aparecía gente esa tarde; incluso de Nueva California se habían hecho presente los hermanos Pelegrina, para ver la carrera.

Camionetas, rastrojeros, sulkys, bicicletas, y caballos de silla se amontonaban a orillas de la calle arbolada.
Rostros cobrizos de puesteros inmutables, acostumbrados al calor del desierto, a quienes parecía no incomodar el sol de fuego ni el aire caliente. Siempre graves y serios, y siempre, siempre, cubiertos con un saco corto o una fina manta. Pieles coloradas y sudorosas de los hijos y nietos de la lejana Europa, dueños de fincas la mayoría, cubiertas las cabezas con sombreros de trama vegetal y chupallas amarillos con finas cintas azules.
Todos.

Obreros, patrones, puesteros y comerciantes formaban un grupo abigarrado.

Esa tarde de domingo había carreras cuadreras en la Colonia Francesa.

Zumbidos de moscardones cargosos llenaban el aire pesado de ese día ardiente, y cantos de pájaros que allá en lo alto, en el cielo limpio y azul se burlaban de las pasiones de los hombres.

-¿Y mi amigo? ¿No le juega unos pesitos al tordillo de los Talet?, dicen que larga de sobreparao.
-¿Pero usté de verdá se cree que el Colamora no le va a ganar al mancarrón ese?
-Cállese hombre, ¡que va a ganar el matungo ese! si el pobre bicho ya está tan viejo que no debe servir ni pa’ sacar agua del balde en algún puesto.
Sabino Alvarado y Carlos Quiroga conversaban animadamente, mientras a escasos metros, Pedro, de quien nadie sabía el apellido, pero que todos apodaban “grapa”, luciendo un saco muy viejo, y una corbata negra y desteñida, más vieja aún, dormía una borrachera del día anterior tirado en la acequia de riego que bordeaba la calle. Las moscas zumbaban a su alrededor y el sol de la tarde le estallaba en el rostro.
El ciego Zacarías Barros, acompañado de su nieto, el “Catingo”, saboreaba una empanada jugosa, y cuando alguno lo saludaba, contestaba inocentemente.
-Aquí andamos m’ijo i venido a ver la carrera.

-¡Hay dos mil quinientos pesos a las patas del “El Capitán”!- Sin ningún tipo de remordimientos, el “negro” Irineo, obrero en la finca “El Quince” arriesgaba el pago de una quincena.
-¡Hecho!- le contestó un sujeto alto rubión y corpulento que lucía bombachas, botas, sombrero de paño, y llevaba un rebenque en la mano, venido de Nueva California.
Las opiniones se dividían entre los dos caballos.
El Tordillo de César Talet, a quien llamaban “El Capitán”, esbelto, altivo, con la gallardía de su sangre joven y poderosa. Venía precedido de buena fama. Descendía de noble raza, por los dos padres.

Sus movimientos eran exactos, eficientes, se diría de él que era un soldado prusiano. Siempre lo montaba un jovencito de apellido Caldentey, a quien apodaban el “Tato”. Tenía una rara costumbre: se sacaba las alpargatas para subir a su cabalgadura en las cuadreras. Pícaro y ventajero en la largada como pocos, conocía su oficio a la perfección.

El color de “El Capitán” era heredado de “Amanecida” su madre, una yegua de pelaje lustroso y ojos brillantes, ligera como el viento, que según contaban, una vez había ganado en una polla de potrancas.

Y del padre, el brioso “Pincén”. Los Talet lo habían traído de la provincia de Buenos Aires. Igual de bravío que el cacique que le daba nombre.
Y el otro, su adversario de esa tarde calurosa.

El viejo “Colamora”.

El veterano, el caballo que ya tenía algunas mañas y “mataduras”. Su propietario, Conrado Villegas, un puestero que siempre había vivido en las soledades del desierto cercano; homónimo sin saberlo del famoso “Toro” de las luchas de otros tiempos contra el indio; era un hombre humilde. Vivía solo en el desierto, no tenía familia, decíase de él que el único afecto en su vida lo constituía el caballo de su propiedad que esa tarde corría en la calle Piovera.

El hombre se ganaba la vida con unas majadas de chivos en un puesto cercano a los “Altos Limpios”.

Corría el rumor que se había traído al “Colamora” desde San Luis, ganado en buena ley en una partida de monte criollo.

Nadie sabía montarlo y conducirlo a la victoria como su propio dueño.
El “Colamora”, ya en el fin de sus tiempos, ostentaba un récord extraño: jamás había perdido una carrera en la Colonia Francesa. Sin embargo, como no hay “plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague”, como afirmaba el célebre gaucho por todos conocido y admirado; y como la única certeza que tenemos los seres humanos es la del final de las cosas, esa tarde existía la sensación general en la concurrencia que frente al caballo de César Talet, el viejo alazán de Conrado Villegas encontraría su medida.
Solamente la testarudez y mezquindad de su dueño, opinaban muchos, habían impedido que en sus esplendores lo llevaran al hipódromo de la ciudad.
Había sido una pena que tan buen animal se malograra perdido entre las arenas y espinas del desierto.
“No don Antonio, no lo vendo, ¡es lo único que tengo! ¿Cómo voy a venderlo?” Le había contestado Conrado a Antonio Pelegrina, una vez que éste había ido por los arenales con el camión de Enrique Rodríguez y una buena suma a traerse al caballo para su finca.

CAPÍTULO 2

Una noche, charlando en la “cantina” de Carmen Polvercich, Conrado Villegas y César Talet, habían formalizado una apuesta que sólo ellos conocían. Si la carrera la ganaba el “Colamora”, César cedería a Conrado dos hectáreas de alfalfa que tenía cercana al paraje al que llamaban “Los Lotes”. Ello permitiría al puestero llevar a cabo un viejo sueño: tener, aunque pequeña, su finquita propia. Por otro lado, si ganaba el tordillo, el “Colamora” pasaría a ser propiedad de Talet, Era una concesión a su orgullo que éste pretendía permitirse: ver pastar tranquilo en los potreros de su finca al viejo animal. Tal vez utilizarlo de padrillo con alguna yegua, y darse el gusto ¡cómo no! de montarlo con lujoso apero plateado algún domingo en alguna cuadrera.
Ambos, a solas, habían discutido hasta tarde las condiciones de la carrera. Talet pretendía que corrieran los ciento cincuenta metros a los cuales “El Capitán” estaba habituado. Sabía que en ese caso su tordillo era una flecha, más joven y brioso, era imposible que el caballo de Conrado lo venciera. Por su parte, el puestero se había mostrado intransigente.
-No don César le corro únicamente si largamos frente al chalé de don Antonio Rei, atravesamos las cuatro calles, y terminamos de nuevo llegando al lugar de largada.

Astuto, Villegas sabía que en la tirada larga, aumentaban sus posibilidades.
Finalmente, cedió Talet, pues el caballo de Conrado, más allá de la apuesta, era dueño de algo que todos los dueños de caballos de carrera codiciaban: su récord y fama de invencible.

Luego de muchos tire y afloje los hombres llegaron a un acuerdo. Talet renunció a sus ciento cincuenta metros, y Villegas consintió en acortar un poco la carrera: ésta finalizaría frente al canal de desagüe de la calle Moyano.
Se correría una gigantesca vuelta de manzana por las calles Piovera, Gustavo André, Cortaderas y Moyano.
Cuando César comunicó al “Tato” Caldentey las condiciones que había acordado, éste le dijo simplemente:
-Quédese tranquilo don César, y vaya encargando montura nueva para el “Colamora”.

Eso fue todo.

César Talet se hallaba convencido que dentro de muy poco vería pastando en su finca al caballo de Conrado Villegas.

Sin embargo, algo muy, muy adentro suyo lo apenaba…

Esa noche no pudiendo dormir se había levantado de la cama, y saliendo a la galería descubierta de su casa, mientras fumaba un cigarrillo, descubrió, que a él también lo entristecía un poco presentir que el veterano caballo del desierto finalmente perdería una carrera, aunque fuese contra un animal suyo.

“Hay famas que nos pertenecen a todos” había pensado sentado solo en el sillón de madera y totora, escuchando el viento de la noche entre las hojas de los álamos.

Conrado, por su parte, al regresar a su casa, se sentía tranquilo y satisfecho. Él sabía que su caballo no perdería.
El “Colamora” de Conrado Villegas, en la Colonia Francesa, jamás perdía.

CAPÍTULO 3

Con Mariano Rosales, alias “El Bataraz Tuerto” haciendo de abanderado, y don Gabriel Quesada como Juez, aquella tarde de enero, frente al chalet de Antonio Rei, y luego de varias mañereadas y demoras, largaron.

Caldentey, dando razón a su prestigio, picó en punta. Muy pronto no se los vio más. Ambos caballos fueron una nube de polvo corriendo hacia el sur, flanqueados en el sendero de tierra por álamos criollos y arabios. Donde finalizaba la calle, doblaron a la derecha, con “El Capitán” aventajando al viejo alazán por un cuerpo.

Frente a la casa de don Gustavo André, el viejo, sentado a la orilla de la calle, en un cómodo sillón de caña a la sombra de un frondoso eucalipto, mientras observaba con unos prismáticos franceses, vio pasar a un mozo descalzo guiando a un potro veloz y a un hombre delgado y canoso montado en un alazán tostado con la cola mora, que no se le despegaba.
“¡Qué hermosa es la vida!” pensó al verlos correr.

Al llegar a la calle Cortaderas, frente al almacén de don Antonio Di Chiara giraron nuevamente a la derecha, con dirección al norte. Mientras corrían, ambos jinetes levantaron la vista, y al cruzar frente a la escuela “Ramón Arrieta” divisaron el gentío en la “esquina”. Caldentey sintió que la piel se le erizaba, Conrado, más experimentado, se concentró en la carrera. Allí era la última curva hacia la derecha, en dirección al río, luego quedaban los últimos ciento cincuenta metros por la calle Moyano hasta llegar al final y cruzar por sobre el viejo puente, en el canal de desagüe. Frente a la cancha del Club “El Centro”, al llegar a la esquina, y cuando “El Capitán” era sujetado un poco por su conductor para poder girar, Conrado aprovechó y corriendo gran riesgo de dar una rodada, apuró al “Colamora”, que giró a la derecha emparejando a su adversario.

-¡Ah chino lindo este Conrao, baquiano y jinetazo el hombre como pocos! Exclamó exaltado Pancho Romero que había jugado una platita, como él decía, a las patas del “Colamora”.

Por último pasaron parejos, sin sacarse ventajas, frente a la Sala de Primeros Auxilios.

César Talet, luego de presenciar la largada, había salido en su camioneta hacia el punto de llegada haciendo el camino opuesto al de los jinetes, y allí los esperaba.

-¡Puesta, señores, puesta!, vociferaba Gabriel Quesada.

Había terminado la carrera. “El capitán” de César Talet y el “Colamora” de Conrado Villegas no habían podido vencerse.

La fama de éste último estaba intacta.

Se oían gritos e incluso algunos aplausos. Caldentey recién pudo sofrenar al inquieto tordillo frente a unos tamarindos que sombreaban un ranchito donde vivía una viejita a la que apodaban “La Carancha”.

Conrado Villegas presintió que su viejo compañero abandonaba este mundo.
Se tiró de la cabalgadura antes que ésta detuviera su marcha por completo y cayó parado al lado del animal.

El “Colamora” de a poco fue interrumpiendo su andar, anduvo vacilante, al paso de unos metros; y se desplomó en el medio de la calle. Cogoteó dos o tres veces, y dando un último bufido, se marchó para siempre.

La gente lo rodeó en respetuoso silencio.

César Talet se acercó y sacándose el sombrero le dijo a Conrado Villegas, que, arrodillado al lado del animal, acariciándole la tuza, miraba al cielo.
-Una lástima mi amigo, se ha perdido el mejor caballo de la Colonia Francesa.

Lo llevaron en un tractor con un acoplado, y su dueño, llorando, lo enterró en el puesto, a la orilla de la huella con una cruz de palo de chañar y una herradura vieja clavada a la misma.

 

EPÍLOGO

Algunos años después, Eusebio Quiroga caminaba una calurosa tarde de domingo hacia la casa de Roberto Morales, por la calle Piovera, cuando advirtió que se habían desatado sus alpargatas.

Era una hora de paz, sólo se escuchaba el canto de los pájaros, ni un alma circulaba por esas soledades.

Se agachó a atarse los cordones, y sintió de golpe algo que lo sobresaltó. Un caballo a todo galope pasó al lado de él.

Cuando levantó la vista observó que se trataba de un potro alazán tostado con la cola mora, conducido por un sujeto delgado y canoso que se perdía hacia el sur.

En esa misma hora triste, en su puesto cercano a los Altos Limpios, Conrado Villegas moría mansamente mientras tomaba mate sentado bajo la enramada de su rancho.

FIN.
Mendoza, 15 de noviembre de 2010.

 


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