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El diario del Oasis Norte de Mendoza

Alegorías
Arte y Parte

18 mayo, 2021

Los hombres no lloran: un relato sobre la vida y la muerte en Gustavo André

  •   Por Juan Martin
           

“…Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente,
enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si
podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que
cuando estuviera por morir, descubriera que no había vivido…”

THOREAU, Henry David (La vida en los bosques)

Dedico este cuento a mi padre, con
profundo respeto y cariño.

Era  un sábado del  mes de mayo del año 1962.

La mañana se presentaba hermosa, soleada.

El canto de los pájaros acompañaba la alegre excursión. Cinco hombres cuyas edades oscilaban entre treinta y cuarenta años caminaban con la gravedad y alerta de los cazadores, pero sintiendo íntimamente la excitación y alegría de niños que van en busca de aventuras. Todos ellos vestían, con ligeras variaciones, el uniforme de los hombres de campo durante la época de los sesenta. Las alpargatas habían sido suplantadas por botines de cuero patria” que cubría hasta sus tobillos, pantalones y camisas caqui, pardas o verde-oliva y sombreros de tramado vegetal de ala corta y colores claros o gorras de algodón. Llevaban cinturones de cuero con innumerables estuches erizados de cartuchos y escopetas de calibre doce o dieciséis de uno o dos caños, apuntando invariablemente hacia el suelo húmedo y cubierto de pasto irregular.

Tres perros acompañaban a los cazadores, que constituían el orgullo de sus propietarios: “Tango” un perdicero renegrido noble y obediente que pertenecía a Juan, el menor de los hombres. Su dueño se jactaba del animal, pues aunque nadie se lo confesara abiertamente, todos coincidían en que este perro era el más inteligente y apto para este tipo de lides. Reconocía siempre la voz de su amo y era capaz de traer y depositar a los pies de su dueño una perdiz baleada, sin otro daño que el causado por las municiones. “Top” que no pertenecía a una raza definida, pero su apariencia delataba tal vez a un antepasado collie, probablemente varias generaciones atrás, lo cual desmerecía  su linaje, pero esta circunstancia era suplantada por una obediencia ciega hacia su amo, Enrique, quien trataba a su perro con cariño y consideraciones únicas. Por último, husmeaba y correteaba “Linda” una perrita pequeña y blanca,  incansable y muy movediza, tal vez la más simpática, que tiempo atrás había adquirido el mal hábito de comerse los huevos. Mala costumbre solucionada por Antonio, su amo, con el antiguo y brutal método de obligarla a comer un huevo hirviendo. Desde ese día “Linda” abandonó su mala conducta. De haber continuado, seguramente su vida hubiese durado poco, acabando baleada por algún vecino cuyo gallinero hubiese sufrido la visita de la simpática perrita.

Santiago, Juan, Enrique, Pedro y Antonio caminaban en silencio, mirándose de reojo y expectantes. El cielo azul, alguna nube muy, muy blanca colgada en lo alto, la estela dejada por un avión a chorro pequeño y lejano, y el sol radiante, los acompañaban.

Hacia el sur, como a doscientos metros, se extendía una trinchera de álamos criollos, arabios y acacias. Al norte, un cañaveral espeso e impenetrable los flanqueaba; adelante, al oeste, el viejo potrero cuadrado se interrumpía con unos cuantos árboles secos y troncos caídos, y más allá, lejana, difusa, la línea azul de la cordillera.

Todos aguardaban de un momento a otro el aleteo trepidante y el silbido de la perdiz. La detonación sería entonces algo seguro.

Santiago, en silencio, encendió un “imparcial” y comentó a los demás:

-¿Que les parece si cuando lleguemos a la laguna tomamos un desayunito?

– ¡Meta! Contestó Enrique.

Juan sonriendo pensó: “¡Que excelente compañero es el gringo!”

Enrique era el único hijo de italianos, los padres de los otros cuatro provenían de distintos lugares de España.

Pedro desvió su mirada a la derecha y se entretuvo un momento mirando a lo lejos una yegua mora que pastaba tranquilamente acompañada de su potrillo bayo. Esta distracción lo perjudicó.

Tres silbidos, tres aleteos, tres explosiones que retumbaron en la paz del extenso potrero y se perdieron entre los árboles lejanos. Santiago, Juan y el bromista Antonio habían elevado en silencio sus escopetas, acompañando con la punta de los caños el vuelo de la presa, y en el preciso momento, ni antes ni después, habían apretado el gatillo.

¡Se volcaron nomás! Exclamó entusiasmado Enrique.

Todas habían caído.

Santiago y Antonio caminaron rápidamente a recoger las suyas. Juan no, éste era el momento que más le satisfacía, quizá más aún que el hecho de cazar el ave. Se limitó simplemente a exclamar con voz imperativa ¡Tango!, y el animal, rápido y concentrado, oliendo entre la maleza, apareció orgulloso, depositando a los pies de su amo una perdicita baleada.

Top, atemorizado por las explosiones, se refugiaba entre las piernas de Enrique, el cual, comprensivo y cariñoso le recriminaba amablemente:

¡Este maricòn de mierda!

El animal sentía pánico a las detonaciones y su dueño no había podido remediarlo.

El olor seco y acre de la pólvora invadió el lugar. Los caños de tres escopetas vomitaban un humito agresivo y satisfecho.

Cargaron en sus morrales de cuero delgado sus presas y continuaron, amables y complacidos, la marcha por la pradera. Caminaban contra una suave brisa del Oeste que les traía un lejano olor a jarilla. Eso hizo recordar a Santiago el exquisito costillar que guardaba, envuelto en papeles de diario en el fondo de una alforja roja y amarilla que colgaba de su hombro. Por eso él no cargaba morral. Su presa la guardaba su hermano Juan.

Atravesaron un viejo alambrado caído y se acercaron a los matorrales de algarroba donde había algunos árboles secos y troncos viejos esparcidos en el suelo. En ese momento tres hurones, pequeños y delgados, salieron del lugar, y semejantes a canguros huyeron a saltitos y en fila. Santiago, solamente, apuntó con su arma, pero luego de un momento a otro, la bajó sin disparar. Pedro comentó:

– Lástima, bichos tan simpáticos y tan dañinos… no valen un cartucho.

Rodearon hacia la izquierda atravesando el sitio. Los perros, entusiasmados, habían intentado una persecución, pero las voces de sus amos los llamaron, con lo cual meneando sus colas, se reunieron con los hombres.

– ¿Paramos un momento?- Preguntó Antonio.

Se sentaron en unos troncos secos, encendieron cigarrillos negros y acomodaron cuidadosamente las armas.

Enrique sacó un botellón verde de vidrio forrado en arpillera, todavía húmeda, y tomó un buen trago, luego lo pasaron de boca en boca y todos, a su turno, aplacaron la sed.

-Un día -comentó jocosamente Antonio- el Panchito Jofré, me pidió la escopeta para tirar un tiro, se la di y le advertí que tuviera cuidado, que pateaba. ¿Fuerte? Me preguntó extrañado. ¡Uf!, tan fuerte que si te agarra mal parado te voltea, y después te agarra a patadas en el suelo.

Esta última frase la remató con una sonora carcajada.

Pedro festejó complacido la broma de su hermano.

El sol había ascendido en el cielo, y lejos, alto, muy alto, uno cuantos jotes volaban en círculos. Por un momento todos callaron, solo se escuchaba la respiración jadeante de los perros. La suave brisa del oeste refrescaba los cuellos colorados de los cazadores.

De a poco, fueron incorporándose, cargaron sus morrales, empuñaron sus armas y comenzaron a abrirse en una especie de abanico. Torcieron su marcha hacia la derecha, al norte, en dirección a la laguna. Allí, se detendrían, dentro de una hora, a desayunar. En realidad no era un desayuno, pues al salir de sus casas, en las fincas de la Colonia Francesa, antes del amanecer, habían tomado cada uno, sendos tazones de café negro, bien cargado, con pedazos de pan.

Siguieron su camino, con la línea de la cordillera ahora a la izquierda. Todos iban atentos.

Trrrrrrr-tri-tri-tri- ¡Pum! Una perdiz cayó abatida por el arma de Pedro. Casi al mismo tiempo, dos más morían en los negros caños de las escopetas de Enrique y Juan. Las guardaron y siguieron.

Todos tenían más de dos ojos, pues los caños asesinos miraban y mataban.

Hacia el sur-oeste se divisaba un ranchito, semi derrumbado, flanqueado por dos gigantescos eucaliptos.

El rancho de la carancha.

Así lo llamaban todos, pues en otros tiempos, allí había vivido una viejita, que llevaba ese mote infamante.

Hoy ya era una tapera.

Hacía rato que caminaban en silencio, cuando divisaron, lejanos, los pajonales de la laguna.

Sin darse cuenta, apuraron sus pasos, a esa altura de la mañana todos estaban hambrientos. Enrique había llevado productos del carneo, y sabían que sus embutidos eran exquisitos.

Ya despreocupado de la cacería, Antonio empezó a silbar “El rancho de la Cambicha” y comentó entre risas:

-Puta, gringo si te bolearía con las tiras de salamines.

Mientras llegaban, iban descargando las escopetas y guardando los cartuchos en las bandoleras.

-Podríamos haber tratado de bajar algunos patos- dijo Santiago.

Como si las aves hubiesen escuchado, voló una bandada de patos de entre los pajonales, lejos del alcance de las armas de los cazadores.

-Tarde, además, tendríamos que haber empezado a arrastrarnos desde más atrás- Comentó Enrique.

-Que trajiste Gringo? Preguntó Juan.

-Queso de chancho y algunos salamines.-Contestó Enrique.

Pedro, instintivamente, palpó la bolsa donde llevaba una bota “Pamplona” de cuero, llena de vino tinto, áspero, seco y rojo,”como sangre de toro”.

Comenzaron a sentir un olor mezcla de humedad, barro y pasto mojado. Ya estaban muy cerca de la laguna.

Se sentaron formando una especie de círculo, a la sombra de un pimiento y sacaron cuchillos afilados. Enrique desempaquetó unos envoltorios que contenían las deseadas vituallas y una tablita redonda y oscura que mostraba cicatrices de tajos hechos a cuchillo. Los salamines eran duros, lo cual demostraba su estacionamiento; y una barra generosa de queso de cerdo.

Antonio puso sobre un trapo un pedazo de pan casero, blanco y pesado.

Métanle nomás- Invitó Enrique.

Todos fueron sacando gruesas lonchas de queso de cerdo y trocitos de salamín cortados a bisel sobre la tabla redonda.

Los perros husmeaban y chapoteaban entre el agua y la maleza, no molestaban la comida de sus amos, pues estaban muy bien alimentados.

Comían en silencio.

Se oyó el canto de una calandria, y el pertinaz zumbido de un moscardón que se posaba en el pan. Enrique lo apartó con el trapo. Luego de comer un bocado generoso, Pedro tomó la bota entre sus manos, la suspendió a quince centímetros de su boca, echó su cabeza hacia atrás, apretó el vientre de cuero, y un chorrito oscuro de vino viajó hasta su garganta. Fue pasándola de mano en mano, y todos repitieron la operación. El vino era exquisito, fresco, y acompañaba perfectamente la comida.

Luego de comer se levantaron y comenzaron a rodear la laguna, caminando nuevamente hacia el norte. Fueron, de a poco, apagando los cigarrillos que habían encendido y los perros los rodearon alborozados, presintiendo excitados la continuación de la cacería.

Los hombres marchaban gozando íntimamente del momento tantas veces vivido.

A lo lejos, una columna delgada de  humo blanca trepaba hacia el esplendor del cielo limpio. El sol se alzaba casi a plomo sobre sus cabezas, y ya sentían algo de calor.

Miraban a la naturaleza como algo propio, algo familiar que los había acompañado desde niños, cuando en vez de escopetas, cazaban con hondas de cuero y elástico colgando de sus cuellos. Las manos de todos eran fuertes, duras, callosas y curtidas por el trabajo rudo del campo. Esas manos se habían forjado haciendo fuego en invierno, jugando al truco en las noches, y trabajando siempre.

Eran simplemente campesinos.

Buena gente de trabajo, que, a su manera, practicaba un deporte ancestral.

Pedro descubrió una martineta, que parecía enferma o herida en el suelo. La señaló al resto.

No podían matarla así.

Era mal visto que un cazador cobrara una presa indefensa, que ni siquiera intentaba huir. Santiago le arrojó un cascotazo, tratando de que el ave volara, entonces sí, Juan, que ya estaba listo podría dispararle. El cascote de tierra se molió al caer cerca, pero el animal no se movió.

-Debe estar enferma o herida- dijo Enrique.

En silencio continuaron caminando.

La propia indefensión salvó la vida del animal.

Cuando habían caminado unos cincuenta metros, oyeron que la martineta volaba rápidamente.

-¡Pero la gran puta…!- rió a carcajadas Antonio.

Caminaron siempre hacia el norte, una hora aproximadamente, fueron cazando en el trayecto algunas perdices, incluso hasta una liebre. Ya cerca del mediodía, divisaron una trinchera de álamos.

Debían atravesar una viña vieja arrancada, donde la chepica, verde y amarilla se extendía por todos lados. Había troncos de cepa esparcidos por doquier, fueron recogiéndolos para usarlos como leña. Por fin llegaron a la trinchera, los árboles bordeaban una acequia por la cual circulaba agua color chocolate. El agua y la sombra de álamos y acacias brindaban una agradable frescura. Descargaron las armas, bajaron las bolsas y morrales y Juan tomó los frutos de la cacería, abrió con presteza los vientres y los desembarazó de las vísceras. Ahora sí, aguantarían sin corromperse hasta el regreso, por la tarde. Luego con sumo cuidado lavó sangre y municiones en el agua de la acequia y tiró a los perros los desperdicios. Pedro encendió el fuego y Santiago comenzó a expandir sal gruesa sobre el costillar rojo y con capitas de grasa. Antonio cortó una gruesa vara de álamo, rápidamente le quitó la corteza y apareció lisa y húmeda de un color verde-agua, casi blanca. El asador estaba fabricado. Luego se sentaron en el bordo arenoso y fresco y miraron las llamas.

Después, encendieron cigarrillos con tizones y comenzaron a charlar. Hablaban de viñas, de uvas, de caballos, de la cacería, de gente conocida.

Al rato, Santiago se incorporó y colocó las costillas ensartadas en la vara de álamo sobre las brasas.

Entonces Juan se recostó sobre el bordo de arena, echó su sombrero sobre sus ojos y disfrutó de la frescura del lugar. Sintió en lo alto el canto de un hornero, pensó en su esposa y su pequeño hijo. La primavera seguramente vendría linda este año, si no caía granizo la cosecha sería buena. El olor agradable del humo y de la carne asada insinuaban un exquisito almuerzo. ¿Qué más podía pedir un hombre?

¡Era tan linda la vida…!

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El viejo, de a poco, se estaba marchando.

Su respiración entrecortada y un ronquido peligroso así lo hacían prever.

Me hallaba yo sentado al lado de su cama, de esa cama de hospital inmerso en el cemento de la ciudad.

Muchas veces, a mi pesar, había imaginado la muerte de mi padre. Hoy que por fin se aproximaba, me sorprendía como algo nuevo.

Miré su frente rugosa, sus canas, y sus manos curtidas… y lo recordé muchos años atrás.

En una oportunidad, siendo yo niño, y al ir a la mañana a la finca, habíamos descubierto una liebre entrampada. Mi papá le había puesto la trampa por que el animal comía los brotes tiernos de las habas. La mató con un palito, de un solo golpe en la cabeza. Luego hizo algo que me sorprendió: después de muerto el animal, la tomó de las largas orejas y le frotó el estómago, entonces la liebre se orinó.

-Esto se hace para que la carne después no tenga olor fuerte- me explicó.

Yo entonces había pensado con admiración que mi papá sabía un montón de cosas muy importantes.

Era desagradable el fuerte olor a limpieza y medicamentos de la habitación.

De pronto, abrió sus ojos, me miró fijo con mucho cariño… y abandonó este mundo.

Quedé sin saber qué hacer, como si hubiese recibido un fuerte golpe en la cabeza.

Tengo cuarenta y siete años, un hijo, y he pasado la mayor parte de mi vida en la ciudad, rodeado de papeles, clientes y escritorios; pero en ese momento sentí que el niño que aún quedaba en mí, se había ido.

La única persona para la cual yo todavía lo era, ya no estaba.

Entonces lo advertí.

Fue solo un instante.

Un lejano olor a alfalfa recién cortada, bosta y sudor de caballo, cuero viejo, tierra húmeda y pólvora, penetró en mi nariz.

En ese momento comprendí el gran secreto.

Dios premia a los hombres regalándoles, al partir, momentos de gloria ya vividos.

Mi viejo ya no estaba allí. Seguramente, andaría por el campo, con la escopeta, en algún potrero, gozando de esa naturaleza a la cual nunca dejó de amar y pertenecer.

Mis lágrimas, caían, sin darme cuenta, sobre mi pantalón.

Entonces recordé la primera vez que él había disparado su escopeta en una cacería, delante de mí, siendo yo muy pequeño. La explosión me había asustado, y yo, con mis cuatro o cinco años, había llorado.

Y me pareció escuchar su voz entre recia y cariñosa:

-¡No llore mi amigo, los hombres no lloran!

 

  Fin.

Gustavo André, Agosto de 1997.


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